PRESENTACIÓN DEL LIBRO “BALMES, EL PAPEL DE LA PINTURA”, MUSEO NACIONAL DE BELLAS ARTES, 30 DE JUNIO

José Balmes, Gracia Barrios, amigos míos, amigos nuestros, esta tarde me corresponde presentar el libro Balmes, el papel de la pintura.

La portada del libro reproduce el detalle de una pintura, que incluye otra pintura.

La obra se titula Homenaje a van Gogh y está fechada en 1990.

Es una pintura en la que encontramos una afirmación autobiográfica. Balmes escribe en la misma tela, como si fuese la página de un cuaderno de notas, el siguiente fragmento: verano del 44 / Llolleo en lo alto / el camino conducía a los trigales y la conversación a Vincent van Gogh / ¿recuerdas Enrique Lihn?

Sobre este fragmento de texto escrito-pintado, en esta pintura de gran formato realizada en 1990, Balmes pegó otra pintura, de pequeño formato, ejecutada en 1944, que consistía en un paisaje realizado a plein air, de factura completamente vangoghuiana.

La pequeña pintura juega el papel de una ventana abierta hacia el interior de su propia obra. De eso no hay duda. Pero declara el regreso a su origen: es decir, su deuda respecto del pintor que va a venir a poner orden en su vertiginoso impulso. Ese señor se llamaba Pablo Burchard. En el fondo, lo que vino a hacer Balmes fue inventar a Burchard como su propia escena de origen en la pintura chilena.

Todos ustedes saben que Balmes venía de otra parte y que pudo haber sido un pintor mexicano. Solo que el barco que le tocó, fue enviado a Chile. El fragmento de texto en esa pintura, ¿recuerdas Enrique Lihn? Hace evidente alusión a Federico, te acuerdas / debajo de la tierra, / te acuerdas de mi casa con balcones en donde / la luz de junio ahogaba flores en tu boca?

Así son las cosas: Neruda, además de escribir esos versos, escribe los formularios de embarque en el Winnipeg.

No habían pasado seis años y Balmes andaba recorriendo el interior de Llolleo, de la misma manera que lo hacía siguiendo a los pintores impresionistas catalanes de antes de la guerra.

Quiero hablar de las guerras de Balmes.

Quiero hablar de sus trincheras en la pintura.

Quiero hablar de sus duelos; de su pintura como trabajo del duelo; del papel de su pintura en la construcción chilena de una historia del cuerpo, sostenida po la trazabilidad de los contornos que señalan un vacío. Ese es el hueco de los nombres que flotan, todavía, como la dimensión irrecuperada que nos devuelve el sentido del olvido.

En este instante, no deseo olvidar la falta que nos hace, aquí, Juan Carlos Castillo.

Lo recuerdo, sentado en una silla, en la sala Matta de este museo, dirigiendo nuestro montaje en la exposición de Gracia Barrios. El había definido el montaje, en ese mismo sitio, de la exposición de José Balmes en 1995. En esa exposición, esta pintura de la portada del libro ocupaba un lugar privilegiado.

Era una pintura que reproducía la imagen del borde de un camino, en que la percepción de la densidad del paisaje estaba sujeta al peso cromático de árboles caídos, mutilados, como sustitutos de cuerpos desfallecientes.

Este libro intenta restituir el papel de esas letras pintadas, porque al parecer, Balmes es un gran letrista.

Es un pintor, al pie de la letra.

De eso habla Francisco González Vera, amigo, que ha realizado el gran trabajo de editar este libro, en la colección pintores de Chile, de Editorial USACH, porque al fin y al cabo, no hace más que hilvanar la filiación que le corresponde, poniendo en forma este enunciado gráfico, mediante el cual ordena y proyecta la hipótesis de su realismo crítico.

Vigila los hechos y escucha los ruidos.

Esta frase proviene de la presentación que Milan Ivelic hace de este libro.

Es bajo su dirección, en el Museo Nacional de Bellas Artes, que han tenido lugar las más importantes exposiciones de Balmes, desde que regresara a Chile, en 1985, después de su segundo exilio.

No podía ser de otro modo: debíamos presentar este libro, aquí mismo.

Porque estamos en casa, donde la luz de junio ahoga nuestras voces.

Aquí mismo, Balmes ha expuesto, ha intervenido, ha pintado, ha presentado otros libros, otros catálogos, otras huellas gráficas de su combate pictórico, en guardia, vigilando el siglo.

Hoy dirige el Museo Salvador Allende.

Salvador Allende era subsecretario de salud cuando fue a recibir a los refugiados del Winnipeg.

Treinta años después, Balmes condujo hacia la oficina de Salvador Allende, cuando este era presidente, a un grupo de artistas e intelectuales que le iban a comunicar la decisión de organizar una gran campaña de recolección de obras, que serían donadas al pueblo de Chile, como un gesto de la solidaridad internacional con el proceso de transformaciones que él encabezaba.

Los artistas representaban a sus pueblos.

Representar: ese es el papel de la pintura.

Representar, poniendo en jaque las propias leyes de la representación.

Han pasado más de treinta años desde esa fecha y Balmes dirige la estructura que acoge estas obras.

El Museo Allende es la extensión programática de la anomalía histórica sobre la que se ha edificado.

El papel de Balmes, en el Museo Allende, garantiza la legitimidad del papel que le corresponde al propio museo en la memoria activa del arte chileno.

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