EL CONTEXTO DEL ARTE CHILENO CONTEMPORÁNEO (2).

En el análisis de contexto de la entrega del 9 de julio me referí a la ruinificación como escenografía de la nueva decoración pública y a la residencia como un protocolo de inicio acelerado de carrera. Ambas actividades se remiten a las crisis complejas de la musealidad y de la construcción de carreras. Se trata de dos objetos diferenciados de análisis, ya que abordan cuestiones institucionales y de inscripción que operan en campos sobre puestos. Si bien, es preciso entender que las cuestiones inscriptivas son también instituyentes.


A lo que voy: la ruinificación como escenario es una estrategia de “la alternativa” como espacio de acumulación de fuerzas en zonas fragilizadas; mientras que la residencialización acelerada está referida a experiencias de construcción rápida de redes destinadas a dinamizar las estrategias de inscripción inicial en el mercado.

Todo lo anterior introduce un “ruido” significativo en el análisis de contexto. En Valparaíso, donde no existe musealidad consistente, la ruinificación espectatorial es una trampa, y las residencias, una experiencia de posicionamiento rápido pensada para su reconocimiento en redes extranjeras. Son operaciones montadas para obtener reconocimiento eficaz en circuitos externos. En el plano interno esto se traduce en la rápida obtención para los sujetos de “la alternativa” de lugares en la administración local de cultura. Resulta desolador constatar que todos los fondos destinados a sostener proyectos independientes en la región del cono sur, se ha traducido -en Chile al menos- en recursos de conversión de artistas en funcionarios de gobierno. Quizás debieron haber extendido los plazos y haber hecho –al menos- la tentativa de ingresar a ligas medianas de rápida movilidad.

En la noche de año nuevo de 1999 asistí a la caída de la pasarela de Caleta Portales. Incluso conduje en mi camioneta a heridos atendidos por enfermeras voluntarias, que viajaban en la plataforma, sosteniendo la bolsa de suero en la mano. En caravana, conducidos por un motorista de carabineros, me dirigí al Hospital van Buren. Todo comenzó cuando me acerqué a un oficial y le dije que tenía una camioneta estacionada en dirección del hospital. En sentido contrario se había formado un taco descomunal. Me señaló con firmeza a un doctor que dirigía la clasificación de los heridos, que de inmediato me preguntó por el tipo de vehículo que disponía y ordenó que subieran a determinados heridos. Le pregunté qué prevenciones de conducción debía tomar y me respondió “rápido y seguro”. Así fue.

Escuché por la radio al entonces alcalde Pinto, que acusaba a los usuarios y los hacía responsables de la destrucción de la pasarela. Según sus informaciones, el público se había puesto a saltar sobre la pasarela como una banda de vandálicos. No tuvo una sola palabra de aliento para los heridos. Estaba furioso. El accidente ponía en peligro la candidatura de la ciudad al reconocimiento de Patrimonio de la Humanidad. Si ni siquiera poseía la humanidad para preservar el mobiliario urbano, si no era capaz de asegurar la vida cotidiana de sus ciudadanos, ¿con que cara iba a presentar un plan de manejo del Patrimonio?. Este es, dicho sea de paso, el mismo alcalde que canceló la realización de la Bienal de Valparaíso, por si a alguien le interesa el dato.

El alcalde mintió. Al punto que las víctimas interpusieron una demanda que fue acogida y por la que el municipio fue considerado culpable de negligencia criminal. Antes de estar con sus ciudadanos, el alcalde ya estaba castigando, desentendiéndose de su responsabilidad como autoridad. Así le ha ido. Acaba de desestimar su candidatura a diputado por la región: es que ya no tiene cara. Al menos ha tenido la dignidad de no presentarse.

Esa noche, lo único que funcionó fue la gestión inmediata de la catástrofe, por parte de los equipos del SAMU y de las urgencias regionales. Fue emocionante estar allí y constatar la prolijidad, la calma, el manejo de los tiempos, la precisión y delicadeza con que eran tratados los heridos, en plena calle. De ese esfuerzo, del trabajo de esa gente, nadie habló. Puedo decir: hicieron su pega. Me enorgullece y me emociona haber sido testigo de eso. Pero sobre todo, de haber asistido a la manifestación de unos afectos profesionales en un espacio social afectado. Porque la ciudad es una articulación de afectos y dolores instituidos por la impostura de las negociaciones mafiosas.

Maffiosa ha sido la decisión de colocar el consejo nacional de cultura en Valparaíso, porque es una abierta risotada en la cara de la inviabilidad proyectual de la imagen de la ciudad. Cuando la ruina se instala, solo queda tratar a la ciudadanía como ciudadanos inviables. Lo cual ha significado promover la desafección dos veces, la primera como tragedia ministerial, la segunda como farsa de gabinete.

En esa medida, el Congreso y el Consejo en Valparaíso, lugar de falla patrimonial, no hace sino encubrir la figura de que ante la des/industriosidad zonal, solo cabe la impostura monumental de la gobernabilidad local de las vulnerabilidades. En eso consiste el trabajo maffioso de un ministerio especializado en gestión de la miserabilidad subjetiva de las masas. Eso debiera ser penado con la cárcel; habría que someter a juicio a la ministra por ser responsable de la estupidez delictiva de la industria cultural concertacionista.

Ante semejante catástrofe institucional, la escenografía y las residencias explotan el caudal estético de la reparación de baja intensidad, bajo condiciones de gestión inmejorable de la crisis de representación de las instituciones locales. Lo único que falta es que las universidades abran un diplomado en gestión de ruinas y reconversión turística de averías simbólicas, con la garantización compartida de Matucana 100 y la división de artes visuales del consejo nacional de la cultura.

¿Qué tiene que ver la caída de la pasarela con la intervención de las prácticas artísticas?

Hay que recordar el rol del SAMU. ¿Es posible pensar en las prácticas de arte como una relocalización de los servicios de urgencia hospitalaria? La ruina de la ciudad se desplaza hacia el malestar de la corporalidad. Los ciudadanos debieran encausar judicialmente a las autoridades de cultura por manifiesto abandono de deberes. Valparaíso no es Rosario ni Cartagena. Esta ciudad es inviable. Un Congreso de la Lengua no podrá activar más que la recalificación de zonas de gentryficación.

La ciudad se cae como la pasarela. Es una buena imagen. Las prácticas de arte, ¿dónde se localizan? ¿En la posición del SAMU? ¿En la posición del alcalde? En un contexto precarizado en extremo y amenazado por el fantasma de la malversación, ¿qué le pueden exigir, los ciudadanos, a las prácticas de arte? En el entendido que éstas saben cuáles, simbólicamente, son esas demandas. De modo que para disolver el fantasma administrativo de la escenografización gentrificante y la residencialización rápida como política de carrera, lo que hay que formular es un plan de residencia dura, que permita montar, mediante proyectos de mediano-larga duración, situaciones de reconstrucción de vínculos sociales destinados a fortalecer la producción de ciudadanía.

Remito a los lectores locales a la lectura de Fuera artistas del barrio. “Clases creativas” y segregación social, un texto de Rafael Pinilla Sánchez, recuperado en salonkritic.net del 14 de mayo del 2009, para que en las cercanías del consejo de cultura no terminen haciendo gala de su desinformación. Esto que he señalado a propósito del contexto del arte chileno contemporáneo posee un estatuto en un debate crítico que ya se ha instalado desde hace mucho. Este es un texto que hay que leer en la discusión de hoy, porque si algo puede ser planteado, es la necesidad de radicalizar ética y metodológicamente la noción de residencia de artistas.

No puede ser que la irrupción de avanzadillas con “fines creativos” promueva el mejoramiento de un área determinada para la posterior irrupción de equipamientos culturales en forma, galerías de arte, locales de ocio, y demás “espacios dinamizadores”. Es en este terreno que señalo el carácter maffioso de las autoridades culturales, demasiado satisfechas de su rol recién asumido de agentes de directos de la explotación simbólico-material de los espacios destinados a definir la nueva segregación social.

Entonces, ¿cómo poder montar experiencias que no signifiquen estatización alguna de la realidad? La única posición susceptible de ser realizada es la denuncia del abuso de la cultura y el desmontaje de la carnavalización gubernamental. Todo esto es muy pertinente al momento de pensar en cómo las prácticas de arte, a juicio de Rafael Pinilla se han “aliado con el poder en un sentido tan sutil, que muchos siguen creyendo (ingenuamente) en el supuesto potencial crítico de esas prácticas artísticas sin querer ver el destacado papel estratégico que el arte ocupa en la economía global”.

Y agrega: “Algo de ello no pasó desapercibido a quien puso en una pared un papel con la frase que encabeza este artículo. Su “fuera artistas del barrio”, vendría a expresar un creciente malestar ante una especie segregación social “blanda” que se está dando en tantas y tantas ciudades con la coartada del arte. Seguramente, planteado en unos términos tan tajantes pueda resultar excesivo –sobre todo, porque ese sujeto-artista también necesita vivir en algún sitio-; sin embargo, tras esa contundencia sin matices se encuentra cierta conciencia de clase que sabe ver de dónde provienen unas desigualdades que ya no enfrentan al proletario y al burgués. Hoy día de hoy esas desigualdades presentan un rostro tan agradable que convendría estar alerta. Y por eso, por si acaso: “fuera artistas del barrio…”

No quiero terminar esta entrega sin antes plantear esta pregunta: ¿de qué manera podemos montar residencias duras destinadas, entre otras cosas, a problematizar lo que anteriormente ha sido señalado, como parte del mismo síntoma?

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