DESARROLLO DE ESCENAS LOCALES.

La presentación del libro América es la casa, de los autores Luis Arias, Fidel Torres y Rodrigo Vera, el sábado 2 de abril en la biblioteca de la Escuela México, encuadrada por los murales de Siqueiros, fue la ocasión de un gran acto de la comunidad política y cultural de Chillán.

La sala estaba repleta de un público que bordeaba las trescientas personas, envuelta por el mural de Siqueiros, recientemente restaurado. En la escalera de acceso al segundo piso de la escuela, la parte pintada por Xavier Guerrero sufrió algunos daños en el terremoto del 27 de febrero. Sin embargo, el público no tuvo dificultad alguna para ubicarse, porque tenía la certeza de que ese día tendría lugar un encuentro significativo para la ciudad. De este modo, la excusa para el encuentro -lanzamiento de un libro- fue completamente sobrepasada. El objeto era otro.

Así las cosas, al acto asistieron el alcalde Chillán, el director de cultura de la Octava región, algunos parlamentarios de la zona, concejales y visitas de otras ciudades. Sin embargo, no había lugar para la parodia. En especial, Eduardo Meissner y Osvaldo Cáceres, figuras fundamentales en el desarrollo de la escena cultural local de la región, desde los años sesenta en adelante. Eduardo Meissner es premio Bicentenario en la Octava Región y Osvaldo Cáceres es el arquitecto que proyectó y construyó la Casa del Arte de Concepción, en 1962.

En la mesa que presidía el acto, estaban los autores del libro, quien escribe, y dos personalidades políticas: Mariano Fernández (excanciller y candidato a presidente del PDC) y Eduardo Contreras (abogado de DDHH, ex diputado por Chillán, miembro de la dirección del PC). Este último dato es muy importante, porque el libro que se presentaba, pone particular énfasis en la reconstrucción fotográfica del mural de Julio Escámez, realizado en la sala de sesiones de la municipalidad y que fue destruido por los militares en septiembre de 1973. Primero lo cubrieron con una capa de alquitrán, pero luego lo destruyeron a golpe de picota. En este libro, entonces, se documenta el destruido mural y se reproduce una fotografía de la inauguración, en la que aparece junto al presidente Allende, el propio Eduardo Contreras.

Mariano Fernández se refirió en su discurso a una conversación que había sostenido con el ministro Joaquín Lavín, para convertir la Escuela México en un Centro Cultural de la ciudad de Chillán. El ministro Lavín le habría manifestado que estaba al tanto de una recomendación que ya le habría dejado en tal sentido la ministra Mónica Jiménez. La recomendación tiene que ver con el hecho de que para que se comience pensar en un centro cultural en este sitio, lo primero que hay que hacer es desafectar la actual escuela y trasladarla a un lugar que tenga condiciones similares a las actuales. Así mismo, Eduardo Contreras, en su discurso, apoyó la misma hipótesis.

Lo que importa rescatar de este acto es la certeza que tienen los artistas e intelectuales de Chillán de contar con un mito pictórico internacional que pone a la ciudad en el mundo del arte. No se puede hablar de Siqueiros en el mundo sin tener que pronunciar la palabra Chillán y conocer las condiciones de factura del mural. De modo que Escuela México es una plataforma de inscripción de Chillán en el mundo. Todos los participantes en el acto coincidían que se había señalado un objetivo político general, que contaba con apoyo transversal. De modo que el CNCA no podrá no considerar esta situación, que se está planteando con mucha fuerza en la ciudad.

La hipótesis de trabajo sobre la conversión de la Escuela México es una, que no puede dejar de ser pensada en relación a otra situación fallida que existe en la ciudad de Chillán; a saber, el estado de inconclusión de las obras del teatro municipal. Sin embargo, solo hubo mención pública para abordar la situación de la Escuela México. En parte, porque el mural de Siqueiros inscribe a Chillán en el mundo del arte y de la cultura. No es común disponer de un mito local de esta envergadura, vinculado a la memoria telúrica del país.

En el acto intervino Juan Eduardo King, director de cultura de la Octava región, quien se refirió al apoyo otorgado por el CNCA a los autores del libro, a quienes reconoció como un equipo de trabajo de gran relevancia para la ciudad. En verdad, resulta saludable que exista en Chillán una masa crítica que se ha propuesto reconstruir el imaginario plástico local, y al mismo tiempo, sostenga el proyecto del Museo de la Gráfica. Este museo ha sido un proyecto que, a partir de la iniciativa de Hernaldo León, artista local, se ha consolidado como una necesidad para el desarrollo de la escena. Proyecto que ya tiene diez años y que ha sido apoyado finalmente por la municipalidad, la que le ha destinado un lugar en unas dependencias vecinas a la propia Escuela México. De modo que la mención al centro cultural no diluye la existencia de este museo, que en términos de la estampa, es único en el país, con un acervo de seiscientas piezas de artistas nacionales.

El anterior es un dato que el área de artes visuales del CNCA debe tomar en cuenta, porque se trata de un emprendimiento privado que ha conquistado legitimidad institucional y se ha convertido en una entidad que conduce la escena plástica de la ciudad. En el entendido que en esta ciudad no existe enseñanza superior de arte y que esta se realiza más que nada en Concepción. Pero en el terreno del muralismo, entre Chillán y Concepción, es posible recabar una decena de obras que han pasado a constituir una tradición plástica regional bastante definida. Entre estas es posible reconocer los murales de la Estación de Ferrocarriles, el mural de la Pinacoteca, el mural de la Farmacia Maluje, solo en Concepción. Luego, en Chillán, están los murales de Rubio Dalmati en la catedral, de Siqueiros en la escuela México, de Carreño en la Mutual, de León en el hotel Quinchamalí, de María Martner en Chillán Viejo, etc.

Todo lo anterior apunta a señalar que Chillán posee su propia dinámica y que las distinciones poéticas acerca de su imaginario inscrito en la cuenca del Itata, nos obligan a no subordinar la complejidad de su escena cultural a la escena penquista. Las singularidades del territorio y su determinación en la configuración de los imaginarios locales así lo exigen.

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