TINTURA, PINTURA Y CIUDADANÍA.

Trasladar lodo. Llevar lodo a Venecia. Ese es un trabajo cuyo diagrama debe ser recuperado de la teoría del duelo. Poner en función, el polo antagónico: la sequedad y la desertificación de la memoria. Se supone que en Venecia hay demasiada memoria. Imposible desertificar. La humedad de los flujos económicos que han construído la riqueza mítica de la Señoría se relocalizan en las guerras locales de proyección global, sobre territorios que sostienen la producción de estados de excepción política. Necesidad de recordar, desde este trabajo de Teresa, que Venecia significa, además, la bienal de la guerra, pero sobre todo, la resistencia antifascista. Es decir, otro estado de excepción de cuya complexión emergió la república italiana. Cuestión que todos desean pasar bajo silencio en la era berlusconizada del espectáculo público. De ahí que en la frontera del norte se plantee una polémica, por decir lo menos, que pone el acento en las condiciones de gobernabilidad del propio Estado mexicano.

Pues, si: ¿de qué otra cosa podríamos hablar? La corrida de viviendas sociales a medio terminar, en la fotografía de la acción de preparación de Sangre derramada, es la que marca el fin de la habitabilidad en un momento decisivo de su crisis de  representación. En cambio, en Venecia, en el palazzo venido-a-menos, lo que sobra es la representación de la historia que encubre el efecto del lodo en la conciencia defectuosa de la pintura contemporánea, puesta a buen recaudo por la presunción duchampiana del maestro de tintura  que no se mueve un metro de su local instalado en el centro de la ciudad.

Teresa Margolles acarrea consigo la sombra espectral de los extra-muros, como zona de distinción entre Estado y abandono del encuadre que sostiene la tasa mínima de ciudadanía. Como ya se sabe, el funcionalismo arquitectónico termina siendo el insumo básico de los planes ministeriales destinados a poblaciones vulnerables, mientras que el barroco reproduce la histeria de la inseguridad por exceso.

Porque finalmente, esta es una muy católica historia, que consiste en recoger el lodo en sitios donde se ha ejecutado personas en la frontera norte. ¿Cuál sería, por ejemplo, la frontera norte de Venecia? Sí, sí, la memoria de los ajusticiamientos alemanes durante la retirada, después de la insurrección de los partisanos. Cada Señoría posee su propia frontera del norte, como índice de señalamiento de los restos; de los cuerpos como restos; de los restos de una historia de fracaso político. ¡Vamos! Hasta aquí ha llegado la inconsecuencia historiográfica de la revolución institucionalizada por la traición thermidoriana. Siempre hay un momento thermidoriano, en las luchas. Lo sabemos. En todo caso, la narco-guerra destruye la noción que permite sostener las ficciones de un momento thermidoriano que  desplaza a un momento jacobino. La historia de las luchas de clases en Francia no permiten interpretar las luchas por la recuperación de las representaciones identitarias en la frontera del norte como bastión de la exclusión fundamental. Baste con mencionar la ocupación de Veracruz por los infantes de marina. Las diplomacias de Argentina, Brasil y Chile se plegaron al pabellón de los Estados Unidos en la gran bienal de las relaciones multilaterales para limitar los efectos locales de la revolución mexicana. Por eso, Teresa tomó un par de telas impregnadas en el lodo referencial y se dirigió al mausoleo americano de los giardini, para convertirlo en una capilla de pueblo durante semana santa. Lo cierto es que no era el jardín de Getsemaní, sino el huerto cerrado para la defensa de la oligarquía  citadina, destinada a conjurar la amenaza de la peste; es decir, la existencia de una Revolución. Es decir, la existencia de la propia obra de Teresa Margolles como peste negra, en Venecia, puesta al recaudo de la literatura y de la cinematografía. No lo duden: pienso en Muerte en Venecia.

El pabellón de los Estati Unite di America fue convertido en un mausoleo de líneas calvinistas para contrarrestar el efecto expansivo del palazzo venido-a-menos, que exhibía la falta de (su) cuidado. En dicho pabellón, semanas más tarde, Bruce Nauman instaló su topología minimalista encubridora. Ni Guilbault hubiera estado más certero. De ahí, entonces, que sea necesario releer el párrafo de Cuauhtémoc Medina en el políptico impreso por el pabellón de México para poder conectarlo con esta acción de intervención del otro pabellón.

El minimalismo mantiene lejos la defectuosidad material de los humores de los cuerpos. La profilaxis del arte de concepto ha puesto el acento en la fascistización del enunciado político destinado a reemplazar la política del Departamento de Estado, para hacer con el minimalismo el negocio que ya hizo con el expresionismo abstracto.

A propósito del gesto de Teresa, en este trabajo en particular, Cuauhtémoc señala: “Su acometida radical a “la vida del cadáver” con el grupo SEMEFO a principios de los  años noventa, que la llevó más tarde a desarrollar toda una gama de métodos abstractos y evanescentes para invadir con sustancias corporales la estética post-minimalista del arte contemporáneo dominante, ha sufrido una nueva mutación para trabajar a partir de los residuos materiales de las ejecuciones  provenientes de la calle”. Dejémoslo hasta ahí. Recuperemos: el método abstracto y evanescente es acometido por el cuerpo; por sustancias corporales que introducen la suciedad en el arte contemporáneo dominante, cuya principal estrella acaba de obtener el premio de la bienal; con la salvedad de que después del trabajo de intervención fotográfica de Teresa, sobre el pabellón americano, la obra de Nauman se da a ver como lo que siempre fue: topología decorativa de nuevo tipo. La foto de Margolles, en el políptico desplegable, es la pieza que define el contexto formal en el funcionan las piezas del palazzo.

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