LA TRIENAL NO ES UN TIGRE DE PAPEL.

En la entrega de ayer, cuando escribí que a la Trienal de Chile, le cabe, en el papel,  unos roles determinados, justamente, el propósito era dejar un cabo suelto para seguir hoy día forjando un relato sobre los roles que le cabe a los dispositivos temporales de esta naturaleza. Una bienal es lo que puede ser, en la tolerancia que le permiten sus agentes de habilitación, más allá de las cuestiones propias del financiamiento.  Los conceptos tienen un costo de producción que no suele ser reconocido por quienes ponen en jaque los sistemas de circulación de las palabras escritas, justamente, sobre papel, para poder hablar del descrédito que significa encriptarlas en un soporte que se consume a si mismo en la noción de chiffon de papier; es decir, papel mojado, para referirse a un texto acordado, que en un momento determinado se convierte en perjurio, en perjuicio, en persecución, lo que sea,  materia prima devaluada que designa la disolución de pactos en provecho de la razón de estado.

No había que recurrir a una cota derridiana para poder reconocer aquellas situaciones en las que todo pacto se vuelve papel mojado. Me refiero a la necesaria lectura de la página 212 de Papel máquina, en que Derrida hace una distinción entre papel mojado, tigre de papel y giros devaluados.  En el primer caso, el acuerdo programático es convertido en un trapo que solo sirve para limpiar los pasillos de la regencia ministerial. En el segundo caso, la mención resulta de un arcaísmo político inconmensurable, que no manejan los actuales agentes de espectáculo, porque carecen de una cultura que ya es anterior a la dictadura. Corresponde a la época de lectura de la frase “el imperialismo es un tigre de papel”, que habilitaba el pronunciamiento de esta otra frase, marcando el ritmo de marcha de los contingentes de estudiantes que ocupaban la Alameda: ¡Ho, Ho, Ho-Chi-Minh, lucharemos hasta el fin!.

Derrida señala con humor que la frase “tigre de papel” denuncia un simulacro, una apariencia engañosa, como toda la política cultural del ministerio en cuestión, que apenas puede sostener en el papel lo que ya ha escrito que va a sostener, en los diversos protocolos que ha puesto en circulación.  Es decir, en el manejo de la noción de papel, lo que se escurre es la función del crédito o el descrédito que se expresa en el enunciado impreso.

Mal que mal, el Bloque de Archivo de la Trienal de Chile reconstruye el crédito de los documentos que dan cuerpo a una historia narrable, recuperándose de la devaluación analítica que había experimentado en estas últimas décadas. Hay historias que no podían ser conocidas porque ello significaba escribir unos nombres que no podían ser escritos. La devaluación de los nombres estaba directamente ligada a las condiciones de represión del papel atribuido  a esos nombres.  Esa es la importancia de la puesta en escena de unos documentos, de unos papeles que sostienen la fortaleza de un impreso que no ha sido convertido ni en papel mojado ni en tigre de papel.

“Bajo la apariencia de una superficie, el papel tiene en reserva un volumen, unos pliegues, un laberinto cuyos tabiques remiten los ecos de la voz o del canto que al mismo porta, pues el papel tiene también el porte, el alcance de un portavoz” (Papel máquina, Derrida).

En un proyecto de arte y política, como la Trienal de Chile, las cosas adquieren importancia, además, por las omisiones o devaluaciones de que son objeto algunos enunciados.  La dimensión del valor del proyecto se juega también en aquellas cosas que han sido “bajadas”, evacuadas, deslegitimadas, devaluadas, fragilizadas. Pero no por ello se les ha podido rebajar el eco de los enunciados puestos en juego, por ejemplo, en el caso del libro de Sergio González Miranda,  Pampa escrita. (Cartas y fragmentos del desierto salitrero, Fuentes para la historia de la República, Volumen XXVI. Selección y estudio preliminar. Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, 2006).

¿Qué es Pampa  escrita? Cito textual la reseña que aparece en la página web del Instituto de Estudios Internacionales de la Universidad Arturo Prat, de Iquique:  “Pampa escrita. Cartas y fragmentos del desierto salitrero, no sólo es un libro sino, también, un archivo histórico, pues contiene una propuesta para un programa de investigación histórica sobre el desierto salitrero chileno e incluye una compilación de cartas privadas rescatadas desde los basurales de campamentos y pueblos abandonados de la pampa, que nos abren la puerta al mundo de la ida cotidiana en los campamentos y pueblos del nitrato. Cartas que nos permiten conocer la filigrana social de una sociedad compleja, donde se cruzan pensamientos, esperanzas y dolores del desarraigo. (. . .) Este libro también habla del desierto, de cómo influye en el pensamiento de todos sus habitantes. Podríamos decir que hay un misticismo y una ética del desierto que se expresan en la vida privada. La pampa es la construcción social y la hipóstasis del desierto que realizaron los hombres y las mujeres que lo habitaron, desde el amanecer del siglo XIX hasta el ocaso del siglo XX”.

Pampa escrita, no solo un libro, sino un archivo histórico, pudo haber sido una magnífica exposición.

En términos del crédito y de la legitimación de los roles de la historiografía contemporánea y del arte contemporáneo,  esta garantía valía lo que un papel firmado entre la universidad y la trienal. Sin embargo,  debo lamentar que no haya habido firma.

La Trienal de Chile debe paradojalmente aceptar convertirse en portavoz de una dinámica   discursiva  para la que no existe soporte de enunciación ni de inscripción de una práctica relacional correspondiente. Siendo éste el tipo de iniciativas que permanece, marcando su necesidad como demanda efectiva de una comunidad determinada.

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