LECTURAS ENCADENADAS (12).

En el universo de la mercadolexia medial, la novela de viaje fue reemplazada por la novela del pacto. Ahora, la novela del pacto es condicionada por la novela de la recaratulación de un proceso, que acarrea consigo la novela del lanzamiento de una candidatura, con la consecuente constitución de los equipos cuyos nombres debieran indicar un sello distintivo, en el terreno comunicacional, que en las actuales circunstancias ha devenido en espacio programático. Halpern y Tironi cubren todo. Pero más que nada, acarrean consigo el imperativo del éxito. La novela fue modificada. La tentativa que el joven analista Navarrete interpuso en su columna del 22 de febrero en La Tercera tuvo como resultado aquello que él mismo anticipó con temor. No pudo abrir el debate que deseaba, porque tanto desde su partido como desde el sector denominado sarcásticamente como extra-parlamentario, lo descalificaron de inmediato. Era lo que buscaba. Ya lo sabía.

¿Qué ocurrió los días 23, 24 y siguientes? ¡Esto ya es historia! En Chile,  el debate se diluye a una velocidad vertiginosa. Latorre le llama la atención a Navarrete para que no haga uso de la prensa abierta para recuperar el terreno perdido en la lucha partidaria interna. En este sentido, Navarrete no era un analista político sino un operador programático que usaba sus prerrogativas de analista para hacer  por fuera una movida que buscaba tener un efecto interno. Previsible. Latorre lo trató como inspector general de liceo. ¡Lo llamó al orden, por la misma prensa que había hecho “estado” de la rebelión de los Príncipes!

¡Qué mal designación aquella! Los sindicados jamás han recusado el empleo de una metáfora que los crucifica en el lenguaje. Eso es grave porque quiere decir que no logran revertir los efectos de una denominación que los aniquila en sus pretensiones de credibilidad y autonomía relativa. De ahí que venga Arrate y los recalifique mediante  el uso   del vocablo “monárquicos”, para identificar  una referencia demasiado fuera de lugar. ¡Uf! Si fuera por ello, al menos apelaban a un sentimiento totalmente legítimo: si hay “príncipes”, es porque existe un “señor” referencial. De eso, Arrate sabe algo, si aspira a re-calificarse como articulador de un mito de arrastre: el partido como aquel “príncipe moderno” que vendrá a re-gramscizar un espacio político, en que sus administradores ya han disuelto los textos dependientes.

Navarrete hacía una pregunta que semanas más tarde, Carlos Peña, desestima totalmente y remite el argumento a la necesidad de un cálculo político, que no comprometería las “esencias” partidarias. Navarrete habría quedado “picado” con las declaraciones de Teillier, pronunciadas en el marco de la novela de viaje a la que ya me he referido. Es el propio viaje a Cuba el que impone este juego entre “oficial” y “oficioso” frente al que Navarrete responde con un recurso retórico de una transparencia proyectiva, a través de la cual nos permite leer su programa implícito de regeneración de la teoría y práctica social-cristiana. Lo que no tolera, con toda razón, es que el carácter oficioso de la votación comunista, cuya diferencia ha permitido la elección de todos los presidentes de la Concertación, pase a adquirir un carácter oficial, que la fuerza de los hechos impedirá negar.

En este sentido, ante los hechos cuya persistencia producen legitimidad, al menos en el deseo de un pacto instituyente, Navarrete responde con una advertencia ideológica mediante la que delata cual es el origen de la Concertación de su conveniencia. Aquí es cuando se precisa detenerse en la conveniencia de los textos. Es aquí que la cuestión del pacto deja de tener sentido, porque Navarrete apuesta a otra cosa, corriendo un gran riesgo por ello. Un riesgo que es preciso saludar, porque ha tenido que ser audaz para formular un argumento al que simbólicamente pocos han recurrido, por temor a enfrentarse con la “tradición partidaria” actualmente subordinada al discurso accional de Frei Ruiz-Tagle. Situación que no se hubiera hecho visible sino por el planteo de Navarrete, que en tiempos programáticos y electorales, hace un intento por instalar el peso de un congreso ideológico que designa el nombre Tomic y lo señala como una fuente para la probable refundación  del partido a partir de una operación discursiva de regreso al origen: “somos la síntesis entre la justicia y la libertad”.

La conveniencia de la Concertación se desarma cuando su corta tradición textual es puesta en relación  con textos de origen que unos agentes han encubierto para llegar a serlo que son, alcanzando hoy día unos niveles de inquietante des/concertación crítica. Siendo éste el contexto en que debe ser atendida la furia de Navarrete hacía el obsceno relativismo de Teillier. Aunque Navarrete sea operar involuntario del olvido que Frei Montalva hace del texto de Tomic, al construir su complicidad con una lectura que pone la justicia y la libertad en una situación de regresión.

La utilidad que ha tenido la reposición de este fragmento tomiciano está orientada a relativizar, a su vez, el no menos obsceno intento de blanqueo freísta que apuesta a  convertir el Caupolicanazo en escena primordial de la Concertación. Hay que estar  atento para ver hasta dónde conduce la operación de tomicización discursiva iniciada por Navarrete, y sobre todo, si posee algún efecto  programático en esta carrera presidencial.

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