TERRITORIAL.

En el 2006 asistí en Concepción a un encuentro sobre Territorio e Identidad Regional organizado por Moira Délano. Nada más que para poner en duda la dominante interpretativa de Luis Cuello en torno al eje Huachipato-Talcahuano, dediqué mis esfuerzos a instalar la importancia del eje secano-costero. En su afán de hacer validar su interpretación industrialista, Luis Cuello era apoyado por la hipótesis de Fernando Melo, sostenida a través de un trabajo de investigación plástica centrado en los huertos de las poblaciones obreras que se formaban al alero de las industrias de Lirquén. Era otro eje, evidentemente, pero que quedaba conectado con Talcahuano por una carretera nueva que cruzaría la memoria inquietante de un histórico humedal.


En dicha carretera, el MOPT realizó un concurso de obras de arte para alhajar una obra pública. En verdad, la propia carretera era desde ya una violenta intervención sobre un paisaje desautorizado por la ciencia ministerial. En dicha lógica, las obras de arte no podían sino ser insuficientes insumos balsámicos destinados mantener un poder comprador que desde el Estado diera la sensación de que existía una preocupación por el paisaje. !Y de qué modo!, si la carretera de acceso, debiendo acoger la obra de un artista, no pudo hacerlo porque el muro que debía servir para ello se desplomó después de un par de lluvias como las de antes. Se desmoronó el cerro y hubo que cambiar los términos de referencia. De modo que mi bronca con el eje de borde costero tenía suficiente asidero. Además de otras razones que se remontan a los efectos discriminatorios que en mi propia historia personal tuviera las Higueras, como el nombre de una población ligada a la usina paradigmática para el desarrollo regional.

De este modo, defendí la hipótesis de la necesidad de girar hacia el secano costero como emblema identitario local. Había que ingresar por el Bio-Bio y enfrentar el fantasma de los cueros para llegar a Nacimiento y saber que allí había una gran industria de su tratamiento. Esta mirada tendría que ser sostenida por los recuerdos paternos que hacían del “valdiviano” un complejo mecánico y cultural que había definido la socializacion del interior. Pero ese ramal ya no funcionaba. De modo que había que sostener la hipótesis desde el modelo que ya había sido invertido para sostener mi teoría de las escenas locales, tomando como ejemplo el viaje que en enero de 1957 realizan a San Sebastián de Yumbel, un grupo de intelectuales comunistas -artistas y arquitectos-, para tomar contacto con una de las manifestaciones más características de lo que ellos estaban montando bajo el concepto de “cultura popular”. Con este solo hecho pretendía yo desplazar el argumento de Luis Cuello y Fernando Melo, industrialistas-obreristas, para validar la invención de la categoría de “campesinos pobres” que ocuparía la escena discursiva de la década siguiente, en la misma zona.

Todo lo anterior está rigurosamente ligado a la determinación del humor en la teoría social de pacotilla con que funcionamos para sostener nuestras intervenciones. Finalmente, la teoría de los huertos, en Melo, posee un potencial analítico al que no le hemos sacado suficiente provecho. La circunstancia del viaje a Yumbel no hacía más que confirmar la validez programática del Mural de la Farmacia Maluje, realizado por Julio Escámez, en esa misma coyuntura. Digamos, el mural encuadró la coyuntura intelectual penquista.

Luis Cuello me decía: “me tenís podrido con el mural de la farmacia”. Estaba en lo cierto. !Le he sacado tanto partido! Ha sido un privilegio contar con este emblema constructor de paisaje cultural. Esta ha sido la manera de cómo un biografema ha permitido montar mi teoría de las escenas locales.

En abril del 2009 me dirigí nuevamente a Concepción y solicité un encuentro con la gobernadora para exponer el plan que había diseñado para la implementación de la “trienal”. Sin embargo la gobernadora estaba en terreno, fuera de la oficina y fui atendido por su jefa de gabinete, la que me saludó haciendo de inmediato referencia a la polémica levantada por mi hipótesis sobre el eje del secano costero. El punto no era que mi hipótesis fuese verdadera, sino tan solo verisímil, en cuanto a manifestar su utilidad en el montaje de programas de acción susceptibles de desarrollar unas iniciativas que permitían pensar lo patrimonial, la planificación territorial y la gobernabilidad local.

Bastó este recibimiento para que mi acompañante santiaguina, agente de servicio parasitario, comenzara a poner todas las trabas posibles, obteniendo que el gobierno regional terminara no participando del proyecto. Todo esto terminaría a finales del 2009 con la visita colonial de artistas e intelectuales santiaguinos “al chiflón del diablo”, para asistir a una intervención de arte público al interior de la mina. Los visitantes jamás supieron que el modelo reparatorio del chiflón, en su diagramático impostura, desmontaba conceptualmente el propósito de la visita.

Este relato apunta a declarar que la “trienal” en Concepción, en la trama de sus iniciativas originales, montó hipótesis que se habían generado en la propia escena, desde que en el 2005 se desarrollara el Polo de Desarrollo de arte contemporáneo de la región del Bío-Bío.

En la actualidad, la escena penquista se ha visto tensada por la cuestión territorial. No es un fenómeno exclusivo de Concepción. Las escuelas de arquitectura y unidades de estudios sociales de Talca, Temuco, Valdivia y Punta Arenas han hecho que los estudios territoriales instalen una necesidad teórica que debe ser sistematizada a la hora de pensar, por ejemplo, en políticas públicas en Cultura. Importante y significativa situación que afecta las condiciones de producción de conocimiento local en esta materia, para hacer efectiva una demanda teórica y política relativa a la “gobernabilidad, el diseño y la sostenibilidad” de dichas políticas.

La frase entre comillas proviene de un artículo que aparece publicado en el cuarto número de la revista de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Talca, de agosto de este año. El número entero está dedicado a trabajar sobre Paisaje. José Román, su director, escribe en su editorial: “el terremoto acelera de manera descomunal el proceso de cambio que la ciudad normalmente experimenta en el tiempo, y que el terremoto, con los procesos que se generan a partir de la caída de muros y techumbres, altera la forma de la ciudad hasta el punto de constituirla en un paisaje: a la estética de la destrucción le sigue la estética de la demolición, para, una vez retirados los restos y barridas las calles y las veredas, consolidar -aunque sea por unas semanas- un paisaje en que la comparecencia de lo íntimo en lo público dilata un espacio de desconcierto”.

Lo íntimo se revierte en lo público, al modo como el saqueo pasó a ser la expresión de una ausencia de ciudadanía que habilitó la sensación de destrucción del vínculo social específico. La línea de la fachada representa la primera línea de defensa del yo. Esta es una paráfrasis de la definición de Anzieu para Piel: primera línea de defensa. La profundidad es un asunto de superficie.

Historias como éstas, con que comienzo este relato, podemos encontrar en todas las regiones del país; solo que este esfuerzo editorial debe ser considerado un hecho político que atañe a la reconstrucción del discurso, ya que de modo gráficamente pertinente, reproduce un texto visual que debe ser entendido como un ensayo sobre el derrumbe de la Hacienda Chilena, como emblema de la habitabilidad de la Oligarquía.

Si hay algo que ha sido severamente afectado, el 27F, en las condiciones de reparación de su socialidad, ha sido la memoria hacendal que, desde los años noventa en adelante había logrado recomponer su unidad simbólica gracias a la recuperación de edificaciones civiles y religiosas que habían sido severamente dañadas por la memoria de la reforma agraria.

En esta revista, tres artículos exhiben una utilidad inmediata para el debate en que estamos enfrascados: “Dimensión ecológica del paisaje cultural en el siglo XX” (Juan Gastó y Diego Subercaseaux), “El territorio, el hombre y las marcas que los conectan” (Jimena Martignoni) y “Topofobias: la construcción del paisaje provinciano en la narrativa chilena” (Mario Verdugo). No descalifico el resto de los textos señalados en el índice, sino que pongo en relevancia estos títulos por la eficacia directa en relación a la preocupación que ya he señalado, sobre la inevitable necesidad de considerar las relaciones entre Territorio y Cultura en el diseño y renovación de políticas públicas en Cultura. Ni tampoco deseo declarar una mirada inaugural sobre estos temas, sino solo advertir el modo cómo se conectan algunas iniciativas, en un tiempo más o menos largo, comprometiendo la participación de numerosos agentes que trabajan por producir consistencia local.

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