política bloguera. Justo Pastor Mellado
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Entrevistas The Clinic y Radio Zero.

Radio Zero, 22 de enero 2010.

http://www.radiozero.cl/podcast/desde_zero/JUSTO.mp3

“El triunfo de Piñera es un golpe a la intolerancia”.
The Clinic, 21 de enero 2010.
ver artículo en el sitio web de The Clinic


					

January 28, 2010   No Comments

EL ARGUMENTO ENCUBRIDOR.

Sorprendente, el argumento inicial de Marco Enríquez-Ominami para dar cuenta de sus diferencias inconciliables con Piñera. El propio nombre compuesto, en su enunciación, es más fuerte que cualquiera de los argumentos vertidos, porque los supera, los inscribe y los reproduce en una memoria activa y contradictoriamente actual. Enríquez es la huella parcial expandida que sostiene el emblema y la enseñanza de Marco.
De este modo, el argumento inicial empleado por Marco, desvía la atención sobre sus propias inconciliabilidades con el freismo, cuyo programa reproduce la corrupción del sistema de gobernación imperante. La noche del 14 de enero, Lagos ironizó mediante inversión comparativa la fórmula expresiva de Marco Enríquez-Ominami, declarando como trofeo discursivo que el “candidato del veinte por ciento” estaba presente, a pesar suyo, en el acto de proclamación del Innombrado.
El argumento empleado es una operación ostentatoria que señala un aspecto regresivo en lo que fue su estrategia argumental en el trato con la historia y su autobiografía. La introducción al discurso de apoyo requería pinochetizar en extremo a Piñera, para hacer evidente el rechazo al endoso de la derrota, que ha operado como un significante extorsivo decisivo en su decisión.
Cuestión discursiva: hay que volver a leer los textos que escribía Tironi a comienzos de los años ochenta, cuando reconocía las virtudes de la “democracia burguesa”. De algún modo, la izquierda debía re-democratizarse, en términos sistémicos, para hacerse creíble en una política de renovación.
¿No sería posible reconocer la existencia de una renovación discursiva y política en el extenso e intenso campo de la derecha chilena? Es decir, valga este chiste cruel: la derecha también tendría sus propios Tironi. Lo cual, por cierto, no es ninguna garantía. Pero vale el argumento comparativo, que sostiene la pregunta: ¿sería posible advertir la existencia de una derecha despinochetizada? Si se piensa en Fontaine o en Gallagher, resulta evidente que han sido sujetos de dicha renovación. Entonces, Marco Enríquez-Ominami debió haber sido consecuente con su método de hacer distinciones y no meter a todo el mundo en el mismo saco.
Repito: su solo nombre es portador de una memoria distinguida, distintiva y diferenciada. Si Piñera está ligado a la noche oscura que llenó de luto a nuestro país, entonces será preciso deslizarse por la pendiente del apellido y sus proximidades socialcristianas para indagar en las complicidades del luto.
El Innombrado fue golpista, como su padre, y en esa línea de recuperación de los cómplices del luto, posee una responsabilidad que la venalidad política del socialismo le permitió blanquear.
Lo que dice Marco Enríquez-Ominami, por omisión, es que a pesar de todo, su distancia con el Innombrado es, en otro registro, inconciliable e incompatible. Marco Enríquez-Ominami tuvo la osadía argumental, durante la campaña, de recordarle al candidato oficialista cierta donación, realizada en una fecha que era próxima al asesinato de Miguel Enríquez.
Esta campaña ha sido una escena en que han salido a flote los argumentos que siempre estuvieron cubiertos por la necesidad política de asegurar, a como diera lugar, el índice concertacionista de la gobernabilidad. Nunca antes se había recordado tanto el compromiso de la democracia cristiana con el golpe militar. Sus operadores solo conversaron con el socialismo cuando vieron que el poder no les sería restituido. De modo que bien se puede pensar que los socialistas blanquearon a quienes condujeron a Allende a la muerte, para poder disponer de un gobierno.

January 16, 2010   No Comments

EL DEBATE COMO RITO DE INICIACIÓN.

El hábito hace al monje. Las corbatas rojas en los trajes de Frei y Piñera señalaron el inquietante peso que en el debate ejerció el fantasma de Marco Enríquez-Ominami. El vestuario es un discurso complejo y los votantes marquistas debían percibir en las corbatas un guiño incandescente que se congeló en el momento de iniciado el intercambio de propósitos diferenciadores, como si se tratara de una discusión de patio escolar, en que poco faltó para que alguien gritara “!tócale la oreja!”.
Esta fue la noche en que la televisión produjo su propio homenaje, haciendo ostentación de su poder en el diseño del espacio público. Para ejecutar el cometido sometió a los dos candidatos a un ritual de iniciación en que la estructura de las preguntas correspondía a una sesión de indagación parlamentaria, en que los sujetos fueron presentados como sospechosos de un acto alevoso; por ejemplo, el haber manifestado el deseo de ocupar la primera magistratura.
Sin embargo, la odiosidad teatral de los periodistas aparece como un intento eufórico de su parte, que hace pensar en una independencia que no tienen. El poder del medio no pasa por el poder de los periodistas, sino que éstos solo se verifican como agentes operativos de una estructura de enunciación que los supera.
Siendo nulo el efecto del debate en el electorado ya confirmado a estas alturas, solo quedaba realizar esta ceremonia discursiva mediante por la que la industria expone la regulación de un dissenso regulado que está destinado a asegurar la continuidad de su carácter.
En definitiva, esa noche no fue la noche de los candidatos sino la noche de los periodistas. A tal punto, que uno de ellos se convirtió en figura nacional por haber introducido elementos de crispación suplementarios. En todo caso, lo que dominó el debate en formato de examen oral fue la diferenciación de grados y no la naturaleza de las ofertas. La balanza de los discursos estaba arreglada para sostener medidas que no ponían en suspenso los supuestos de su equilibrio. La continuidad cromática de las corbatas mantenía el rigor de la escala desde un “más de derecha” a un “menos de derecha”, pero hablando la misma lengua económica, con la promesa de una mayor o menor Protección Social.

January 14, 2010   No Comments

LA DIALÉCTICA COMANDO-PARTIDO.

En el texto anterior hablé de la dialéctica partido-masas. En épocas de campaña es preciso recuperar las viejas palabras, con la secreta esperanza de redorar viejos blasones. Ahora habrá que hablar de la dialéctica comando-partidos, para convencer a los cercanos de que las tareas pueden ser cumplidas. Ricardo Solari, en un programa en horario de “regreso a casa” de radio Futuro, el lunes 28, no es capaz de explicar las causas de la más baja votación de la Concertación. Iván Núñez le pregunta si ha habido alguna autocrítica, frente a lo cual, Solari, un veterano de la mutación lexical del socialismo, solo constata un hecho que a su juicio, explica dicha baja. Con la parsimonia del dirigente que sabe que está ofendiendo nuestra capacidad analítica, argumenta que la causa de todo está en la dispersión de fuerzas, pasando de paso a producir la ficción de que “todos éramos lo mismo”. Solari sabe que eso no es una explicación. Es más; sabe que toda explicación es inconsistente, porque siendo uno de los dirigentes con el espíritu analítico más sutil, conoce perfectamente los límites de la lengua-cara-de-palo que domina su sector.

Lo cierto es que ni Solari puede analizar lo que el comando hace, sin tener que subordinarse a lo que sus voceros dicen. De modo que permanece prisionero de la expresión de los deseos manifiestos de la cúpula del comando, siendo él, un hombre de la cúpula partidaria que constata con horror que la permanencia de Escalona le ha impedido  ejercer con eficacia el rol de un agente garantizador del traspaso de votos del marquismo.

El hecho es que Solari solo hizo mención a  un dato que no respondió a la pregunta de Iván Núñez. Por el contrario, con la habilidad de los animales de tiro que con los ojos vendados transportan carga bordeando precipicios, se dedicó a repetir sin mayor convencimiento los dichos que la presidenta había enunciado en la mañana, sobre la necesidad de distinguir entre negocios y política.

No es seguro  que ese ataque al piñerismo tuviese eficacia frente al electorado marquista, que necesita señales más “potentes”, como suelen decir los comandantes freístas.  A menos que apunten hacia la reivindicación de una moralidad superior que, viniendo de la Concertación, no podría ser más que contraproducente, sobre todo después del sobreseimiento de Ajenjo y compañía. Más allá de la presunción de inocencia, lo que queda es un amargo sabor de incredulidad ante la justicia de la Justicia.

Al menos, Solari demostró tener buenos zapatos para caminar en este terreno extremadamente movedizo de la interpretación de los deseos de su propio sector. Por que si hay una cosa a la que hay que poner atención, más que a la captación de votos de otros sectores, es a la fidelización de los propios partidarios, y para eso, Solari derrochó alabanzas para Carolina Tohá, que fuera una excelente vocera y exitosa diputada, que sabe enfocar muy bien los problemas y ajustar las relaciones entre las cuestiones menores y las cuestiones centrales, con propósitos claros y un gran sentido de la perspectiva. Pero eso es casi una arenga para satisfacer a las huestes paralizadas por un gran sentimiento de derrota y que apenas se reponen, a fuerza de una movilización centrada en la victimalidad.

Por su parte,  Escalona, incólume, sigue apostando a que  los agentes del comando freista carecen de buenos zapatos. Es una manera vedada de decir que perdieron la ruta. Mientras Auth, previsor por exceso, declara estar dispuesto a cambiarse de horma a la primera ocasión en que le ofrezcan otro par. Lo cual no le impide a Escalona amenazar con  que sería suicida la pretensión de alejar a las colectividades oficialistas de la campaña.

Aquí, Escalona aceleró la  variación lexical para sustituir en la percepción pública dos palabras: colectividad y campaña. Escalona pretende a través de esta proyección evocar la legitimidad de una ficción a dos bandas; una, que afecta los principios; otra, que apunta a cuestiones pragmáticas. Lo colectivo apela a la vertiente arcaica del socialismo; la campaña remite a una gesta heroica que transmite el espíritu de la perseverancia allendista. Si hay algo que se asocia a la fantasmática allendista es la noción de campaña. Porque mejor ni mencionar en este contexto el “espíritu” de la Marcha de la Patria Joven. Probablemente, más allá de las reivindicaciones doctrinarias de Latorre en El Mercurio, esta mención no parece del todo oportuna.

En verdad, lo que Marco Enríquez-Ominami planteó y que a estas alturas no tiene ninguna posibilidad de ser, es que  las actuales cúpulas  abandonaran las direcciones que condujeron a la derrota y que fuesen reemplazadas por otras que estén en condiciones de ofrezcan algunas garantías que las actuales no están en medida de asegurar.

Y la respuesta es clara: no hay desplazamiento. Todo lo contrario: se quedan y afirman la nece(si)dad de su existencia en el comando, que no logra articular una campaña suficientemente asentada en los partidos.

Todo lo cual no deja de ser confuso y contradictorio, puesto que Frei es quien legitima a los dirigentes del comando en contra de los dirigentes partidarios, a quienes –en el fondo- jamás ha respetado. Lo cual me lleva a pensar que Latorre gana más con Frei derrotado, porque se convierte en figura nacional incontestada, al dirigir eventualmente al mayor partido de la futura oposición.

¿Y quién no asegura que Latorre esté pensando formar con Piñera una plataforma “a la alemana”, que consista en abandonar a sus aliados de hoy, los socialistas, para pactar con la centro derecha, que por su parte, debiera desentenderse de su alianza con la extrema derecha. Pero esta hipótesis es la que Patricio Navia ya formuló hace meses, imaginando un escenario en el que Piñera como presidente tendría que hacer algo de esta naturaleza para construir  una base estable de gobernabilidad.

En definitiva, el 17 de enero no es tan solo una fecha más en la historia de las rearticulaciones de bandas. Por eso Escalona está más crispado que nunca. De otro modo no se explica la bronca contra Gómez, en el estrado aquel, en el que Frei fue devorado por la premura de hablar primero.

El diseño por el que tanto ha sacrificado fue puesto en apuro con  las pretensiones de Insulza. Por eso, una vez experimentada la caída de éste último, debía correr para comprometer su apoyo a Frei, antes que surgiera otro candidato en el seno de sus propias filas. No tuvo éxito. Se levantó algo peor para él: la candidatura de Marco Enríquez-Ominami.  Solo que a éste no lo podía tratar como a Gómez.  Algunas  bases ofendidas por su lengua-de-palo se habían rebelado sosteniendo apenas la salida de Arrate, que permanecería en la crítica  políticamente correcta de la Concertación. Pero el levantamiento del nombre de Marco Enríquez-Ominami iniciaba su arremetida simbólica contra los supuestos en que la propia Concertación se sostenía, poniendo en evidencia  la ruptura de la filiación extorsiva con que ésta ha alcanzado los últimos gobiernos.

El discurso actual del comando freista no ha superado la impasse estructural que la salida de Escalona y de Latorre hubiesen contribuído a resolver, sin tener que recurrir a la amenaza y al terror. De todos modos, Latorre está a la espera. El triunfo de Frei lo sumerge a la cabeza del principal partido de un candidato que accede a la primera magistratura simbólicamente fragilizado. La derrota de Frei lo catapulta a un destino político superior, ya sea a la cabeza del principal partido de la oposición, o como articulador de una “nueva mayoría”.

December 31, 2009   No Comments