política bloguera. Justo Pastor Mellado
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FACIALIZAR LA DERROTA.

La realidad de las palabras se consolida más rápido que los acontecimientos orgánicos, al punto que los agentes del comando freista viven para enunciar sus proyecciones, como si los resultados dependieran de una profecía autocumplida.

La aceleración  discusiva alcanza tales ribetes que hasta los hechos parecieran haber adquirido un movimiento retardado. La interpretabilidad se ha disparado llegando a sobreponerse en capas que terminan por cubrirlo todo. La gran nube de Chaitén se ha desplomado sobre el paisaje de la Concertación. Sin embargo, ello no les ha impedido seguir practicando una literalidad que no hace más que hundirlos. Han caído en su propia trampa cuando amenazan con la teoría del  “no es lo mismo”.

En efecto, no es lo mismo que el marquismo implemente sus enunciados, a que el comando freista trabaje de sustituto y reduzca los gestos que necesita al formato exprimidor del aparato del Palacio. Ya ni siquiera se trata de satisfacer la lógica de los partidos. Lo cierto es que las iniciativas parlamentarias obligan a plantear un debate que repone a las cúpulas deprimidas en una visibilidad que no se han merecido.

Luego viene la patética aparición teatral en que el candidato exhibe sus nuevas adhesiones. No es lo mismo, nuevamente, ponerse para la foto que asegurar un nuevo modo de hacer las cosas; porque esa puesta en escena reproduce la pose de “más de lo mismo”. Pero lo hacen en un ambiente conversacional de café –en la antesala subterránea de La Moneda-, haciendo un intervalo que no resiste la oficialización de una oficina; justamente, porque los expertos en comunicación definen que el candidato esté siempre en la calle, en medio de “la gente”, en campaña. No hay rigor, siquiera, en el montaje de las adhesiones.

Finalmente, los gestos escenográficos no están destinados a buscar votos en el otro lado de la luna, sino a mantener la confianza de su propio electorado  mediante el terror, sin pensar en que las cúpulas y el método concertacionista de maltrato instituido  es quien los ha conducido a la situación en que se encuentran.

El electorado freista debiera acudir a la justicia y encausar a sus cúpulas por grave abandono de deberes y de principios. Hacen las cosas proclamando  unos conceptos a los que han vaciado todos sus componentes. A tal punto, que cuando pronuncian alguna palabra, es el propio desmantelamiento del sentido de dicha palabra quien les pasa la cuenta, quedando en  total estado de indefensión discursiva.

El síndrome de Curepto y de la Pequeña Gigante definen la desesperación enunciativa del comando freista, en pleno inicio del Festival Santiago a Mil. A nadie le cabe duda que este va a  ser percibido como un gran acto de intervención electoral, pero lo grave no es eso, sino el hecho que el festival confirma la depreciación de la teatralidad de la clase política chilena y
expone por contigüidad su miseria extrema.

En tal caso, Santiago a Mil resulta de una consistencia abismante, porque sanciona una política de representaciones reparatorias que ni la palabra de las cúpulas ni de los voceros del comando freista pueden contener; porque, en el fondo, ellos mismos resultan incontenibles en la visibilidad de su impostura.

En medio de Santiago a Mil, cada una de las apariciones públicas del comando freista queda reducida a un scketch de fin de curso. Un artista amigo mío que anulará su voto me señala que el comando transforma la precariedad de un espectáculo de teatro callejero, en un carnaval cultural.

Hagan lo que hagan, aunque corran de comuna en comuna y tomen el reverso del Museo de Bellas Artes como telón de fondo para unas tomas de noticiario, ya facializan la derrota.

Aunque Frei ganara estas elecciones, están indefectiblemente derrotados, porque jamás habían llegado a exhibir la dimensión de su desconstitución como en estas circunstancias. Si gana Frei, no es por él mismo, sino porque el fantasma de lo que el mismo ha traicionado es más fuerte y acude en su auxilio sin que se lo merezca.

Hace unas semanas, la actriz Catalina Saavedra declaró en Cooperativa que votará por Frei recurriendo al argumento de la memoria de las víctimas de la dictadura. Sin embargo, los ciudadanos no se merecen que la memoria de las víctimas  sirva una vez más para legitimar la corrupción programática implícita en el goce del aparato. Entonces, habrá triunfado la amenaza espectral de perder el acceso al andamiaje interministerial que favorece el tráfico y la apropiación indebida de la confianza civil.

January 8, 2010   No Comments

LA PALABRA PROGRESISTA.

En el comando freísta no hay ni buenos ni malos, sino solo incorregibles. Una campaña es un fenómeno de excepción en el terreno del lenguaje. En las declaraciones de sus agentes lo que predomina es el riesgo de la palabra. Esto debiera ser un yacimiento de ejemplos para un seminario completo en una escuela de comunicación. Aunque estoy más seguro de que la utilidad de un estudio de este tipo funcionaría más en una escuela de literatura creativa.
En la mañana del 16 de diciembre, los voceros freístas hablan del triunfo del cincuenta y cinco por ciento de progresistas. Debemos entender que el cuarenta y cuatro por ciento de los votantes de Piñera, no lo son. Hoy día, el campo freista es quien determina la producción de maniqueísmo. Hace algunos años, progresista era asociado a darwinista, en términos sociales. También había algunos textos en que el progreso de la historia estaba referido al avance ineluctable del socialismo. Textos publicados, evidentemente, en Ediciones Progreso, de Moscú.
En algún momento, para no tener que usar la palabra izquierda, la Concertación dominó los enunciados y rebajó el índice de conflictividad atribuído a la palabra izquierda. De tal manera, algunos mencionaban pertenecer a la izquierda-de-la-concertación. Se daba por descontado que la derecha-de-la-concertación era sinónimo de democracia-cristiana. La palabra progresista fue la solución de compromiso para superar la distinción y sepultar toda diferencia de origen en el compromiso de destino.
Arrate, en una de sus intervenciones televisivas en CNN Chile, realizó una distinción fundamental, aunque tardía en relación a lo que se hubiese podido esperar de un alto funcionario demasiado habituado a navegar en la corrección política. Yo no soy progresista, dijo, sino que soy de izquierda.
Arrate estableció una distinción que no fue recogida en el debate, porque tampoco hizo mérito para definir lo que él entendía por izquierda; fuera de insistir en la estrategia de la no-exclusión, que en términos estrictos, no define una política de izquierda. La producción de exclusión fue concebida para que la Concertación pudiera operar durante dos décadas como si los otros –que siempre son los comunistas- no hubiesen existido. En definitiva, practicó un anticomunismo blando que les permitió manejar los términos de una democracia vigilada por las propias cúpulas, con la carta de la extorsión bajo la alfombra.
¿Qué sería, pues, una política de izquierda? ¿Respecto de qué? ¡Si las renovaciones afectaron la delimitación propia de lo que solíamos denominar socialismo! En el sentido que hubo renovaciones procedentes de las Europas y otras renovaciones, más eficaces, que provienen de la Escuela del PRI, que es la que ha prevalecido. Bajo la palabra Europas se protegen dos ficciones: por una parte, el eurocomunismo de los socialistas que huyen de la Alemania democrática y descubren el dinero del PSOE; por otra parte, el compromiso histórico con garantía clerical pronosticado por los exilados romanos. Entonces, cuando escuché a Arrate decir que era de izquierda pensé en que el afiche de su campaña iba a ser el de la película Novecento, de Bertolucci. El problema era que de Bertolucci, yo prefiero La estrategia de la araña.
De modo que izquierda y progresismo, en la congelación de todo debate, hoy, son solo palabras encubridoras de un principio de realidad al que le han desmantelado el caudal fantasmal que concentraba la transición interminable.
El problema para el comando freista, entre otros, consiste en que la palabra progresista opera como un significante vacío. Inscribe lo que su cúpula vocera define como límite de su inversión. Pero el modelo de la vocera no se traduce en un modelo de acogida, como lo he planteado ayer.
¿En un mes de campaña, donde toda palabra se desliza en el fango de la irrelevancia, qué garantías de escucha puede ofrecer?.
Al final, todo es cuestión de actitud: el modelo de enunciación concertacionista está estructuralmente impedido de escuchar, porque se ha montado sobre la pragmática de la sustracción de ciudadanía. Sus agentes han sido expertos en desmantelar las iniciativas ciudadanas, invitando a sentarse a todo el mundo en torno a unas mesas ceremoniales, donde los roles ya estaban asignados para amedrentar, para extorsionar, para desactivar, para desgastar la resistencia de quienes carecen de herramientas para defenderse de los propios agentes de control y conversión de toda otredad en población vulnerable.
En Cultura, ¿qué futuro nos depara? ¿Cuál es la propuesta que podría garantizar que ese ministerio-sin-cartera no vaya a ser y hacer más de lo mismo? Por ejemplo: ¿no podrían adelantar un programa de cultura para los primeros cien días? No me refiero a la organización de carnavales, sino a la constitución de equipos, al diseño de un perfil, a partir de criterios compartidos, explicitados ante la ciudadanía. Sin embargo, no hay quien asuma la responsabilidad de ésta vocería. Los ministeriables intentan acallar el secreto-a-voces que hace visible sus ambiciones, pero no corren el riesgo de endosar un programa.
Respecto de Cultura, el comando freista no da ninguna señal que tenga rasgos mínimos de credibilidad. Cuando en el momento pre-bacheletista, Brodsky escribió la letra de unas medidas en cultura, lo hizo no fue presentar un programa que sería remado por ese comando, sino tan solo un inventario de intenciones. Habría que cotejar lo realizado en su método y en sus impactos reales, de acuerdo a la letra de Brodsky y al espíritu de Urrutia. En la actualidad, nadie se ha hecho cargo, siquiera, de la letra explícita porque todo indica que no será más que continuidad. Ottone (hijo) no se hace cargo de la dimensión de su ambición ministerial en el futuro gobierno. Debiera ser el sujeto visible de la propuesta cívica, pero no encara el discurso.
¿Dónde están los Estados Generales de la Cultura ? ¿Dónde están las nuevas voces que hablan de ficciones regionales diferenciadas? ¿En que pie está el reconocimiento de iniciativas de formación y de construcción de escena que respondan efectivamente a las demandas simbólicas de los imaginarios locales?
En definitiva: ¿qué quiere decir progresismo, en el sector Cultura? ¿Desmantelar la DIBAM en provecho de un Instituto del Patrimonio? ¿Negarle al Museo Nacional de Bellas Artes la posibilidad de ser un ente autónomo con presupuesto suficiente para competir de acuerdo a los standards internacionales de gestión museal?
Discúlpenme: ¿Cultura posee algún peso político significativo en la estructura de la Concertación ? ¿Ottone (hijo) es capaz de proporcionar ese animus garantizador de un nuevo peso político? ¿Cuál ha sido la evaluación de los años y los daños que Urrutia y sus equipos –oficiales y oficiosos- ha infringido a la dignidad ministerial? ¿De qué modo se puede implementar en Cultura, la hipótesis de acogida enunciada por Carolina Tohá al hacerse cargo del comando?

December 22, 2009   No Comments