UN ESCENARIO POSIBLE.
En Tolerancia Cero, Carolina Tohá completó la operación masacre de la imagen de Marco Enríquez-Ominami, pasando a ocupar el rol de la mensajera a la que le han encomendado la tarea de señala la hora del arribo del tren a Yuma.
No duda en repetir la lección que reproduce la palabra martes como situación indicativa de una amenaza de proporciones. En los días anteriores, Bachelet ha telefoneado en privado al senador Ominami, haciéndolo asumir el rol del vigilante en el frente interno de Marco. De hecho, parece hacerle entender que le harán pagar caro el efecto de su diligencia. Si Marco apoya a Frei, el senador regresará a la política grande, como lo dado a entender Carolina Tohá, en el mismo programa.
Si Marco no apoya a Frei, Carlos será repudiado entre los veteranos de su generación. A menos que demuestre la suficiente distancia que le permita lavarse las manos. Pero a estas alturas, ni eso ya tiene valor. Los tiempos no están para la metáfora, sino para el voto.
En la previa, el objeto es hacer que Marco permanezca en un área que se le ha diseñado especialmente. Por oposición a la política grande a la que reingresa el padre, el hijo debe no poder abandonar un área de política chica, en la que debe quedar confinado. Ese debe ser el castigo para quien ha quedado desprotegido -al no pasar a segunda vuelta- y es objeto de la persecución de una jauría que no le debe perdonar el haber roto con ciertas trabas simbólicas.
Una de ellas ha sido desentenderse de las garantía simbólicas de los tutores de la política chilena.
Para enfrentar a Marco y su rupturalidad, debían poner a la cabeza del comando a Carolina Tohá, una eficiente vocera en situación de garantización permanente y que está disponible –diputada, vocera, jefa de comando- para ser la primera en demostrar que es la mejor alumna del socialismo orgánico. Lo que le importa no es Frei, sino La Concertación; en definitiva, el PS en La Concertación. Ella no posee autonomía, sino que es “operada” por su “inconciente socialista”.
La hipótesis que La Moneda se juega sobre Marco es que no pueda salir del área de la política chica, sobre todo por su demora en pronunciarse. De todas maneras hay que endosarle el precio de la derrota. Tironi ya lo advirtió en El Mercurio del sábado 9, porque aunque no esté en el comando, es portavoz del sentido común consistente: Marco está jugando con nosotros, dice; ya habría pasado el momento en que su pronunciamiento hubiese sido eficaz. A estas alturas, cada día que pasa, tiene cada vez menos valor.
¿Qué debiera hacer Marco Enríquez-Ominami? ¿Hablará el martes, después del debate de la noche del lunes? Lo que debiera hacer es continuar con su política de distinciones.
Ese ha sido su mayor logro: separar problemas y promover conexiones inhabituales, desbaratando las retóricas de la autojustificación interminable.
Si Frei es un mal menor, entonces, Marco Enríquez-Ominami debiera establecer relaciones micropolíticas con las figuras de la “renovación” concertacionista; es decir, con la minoría crítica que sabemos. Eso significaría justificar su apoyo a Frei, solo para fortalecer las dinámicas de renovación de la Concertación. Pero, ¿es efectivo que esas dinámicas existen, más allá de las imágenes que proyectan algunos rostros emergentes? De modo que la ficción de unos aliados al interior de dicho bloque en desconstitución no es efectiva.
Solo tendría eficacia si la Concertación sobrevive a este batalla decisiva. De lo contrario, ya no existirá como lo que se ha conocido hasta ahora. La masa crítica minoritaria se ocupará de fortalecer su posición al interior de cada partido, en situación de afirmación diferenciada.
Pensando en hoy: ¿bastan los rostros de Orrego, Navarrete, Walker, Díaz, Rossi, por nombrar a algunos, para garantizar un proceso de renovación de las “maneras de hacer” de la Concertación? Un rostro facializa una intención, pero no asegura una política de infraestructura, todavía. Aunque Marco declare sus propósitos en esta hipótesis, los supuestos anfitriones no están dispuestos a enfrentar a los padres totémicos en su nombre. Prefieren la autonomía relativa que les permita manejar una nueva legitimidad tolerada. Esto hace pensar que la Concertación, estructuralmente, es in-renovable.
Estamos a lunes en la tarde: las leyes “marquistas”, mal que le pese la denominación a Bachelet, no son suficiente garantía de renovación, sino una muestra desesperada de la voracidad electoral freista. Eso deja en claro la desidia del Ejecutivo, al no haber instalado estas iniciativas en su agenda normal. Lo cierto es que la existencia de Marco Enríquez-Ominami no permite imaginar transacciones como ha sido la tradición concertacionista. El hombre conoce las técnicas del reduccionismo de aparato y no tiene confianza en las lealtades obtenidas bajo amedrentamiento.
Para ser fiel a si mismo y al delirio estructurado que montó y sistematizó, debe radicalizar su posición respecto de Frei y hacerlo responsable de la corrupción programática a la que hizo tan brillantemente mención en Tolerancia Cero de hace algunas semanas.
Forma parte de esa corrupción el recurrir en momentos de desesperación, a la extorsión mediante la ostentación de la victimalidad.
La Concertación ha heredado la frase monumental de “ser la voz de los que no tienen voz”, convirtiendo a las víctimas en una reserva moral, exhibida sólo cuando debe recurrir a ella como un último recurso, que es nuevamente, un modo abyecto de seguir poniendo los muertos sobre la mesa.
Marco Enríquez-Ominami debe recusar con decisión los intentos de endoso de la derrota, con la suficiente elocuencia que impida que la hipótesis de Bachelet funcione. La transformación de la política a la que Marco Enríquez-Ominami apela, tuvo su comienzo en la canalización y sistematización de un malestar colectivo respecto de las prácticas reductoras de la autonomía. Pero es tan solo el comienzo de una propuesta que ha tenido una forma de expresión excepcional, en el formato de una presidencial. Sin embargo, es deseable pensar que Marco Enríquez-Ominami encabeza un movimiento de transformación de la política que exige romper simbólicamente con las cadenas de extorsión sobre las que la Concertación ha llegado al gobierno y se ha mantenido en él.
La derrota de Frei es el síntoma del desgaste que ha experimentado la sustitución policial de las voces de la multitud.
El triunfo de Marco Enríquez-Ominami solo se ratifica en el terreno de la ficción ética, que autoriza el montaje de dispositivos de emancipación de la subjetividad cívica.
January 12, 2010 No Comments
FREI NO ES NI LA SOMBRA DE LO QUE ERA.
January 11, 2010 No Comments