La Nación del 20 de enero señala se refiere a la Concertación como si existiera como ente orgánico, capaz de llevar a cabo dos tareas inmediatas: realizar la autocrítica y ampliar el bloque. Pensar que la renuncia de los jefes de partido hubiese sido eficaz ya no tiene sentido, más que como un síntoma de descomposición política. Era tal el avance de ésta que hasta el propio Gobierno se distanció para no ser contaminado por la derrota.
¿Cómo es posible que la aprobación de la presidenta no se hubiese volcado en provecho del candidato? La respuesta de hoy hace pensar que dicha aprobación tiene todas las características de una operación escenográfica, siendo fiel a la instancia Curepto de su validación. O cierto es que el Gobierno no podía, desde su legitimidad evidente, sostener a un candidato cuya ilegitimidad se convirtió en tema. La Concertación, probablemente, se derrumbó el día en que Escalona agredió a Gómez, porque dejó en evidencia que los intereses de los aliados ya se habían reconocido en una incompatibilidad que excedía el programa, afectando sus propias bases afectivas.
Mi hipótesis de que Latorre deseaba la derrota de Frei, porque lo convertía en un personaje político autónomo, no fue la correcta. Latorre, por todo lo que analizado de su trayectoria partidaria, ha sido un simple secretario que fue conducido a ocupar un rol político para el cual no tenía peso propio. De este modo, carecía de ambición, en relación a la dupla Martínez-Alvear, que demostraba que tenía demasiada ambición. Ninguna de las dos estrategias cuajó dando lugar a una autonomía partidaria re-identitaria, si bien Latorre, al menos, dejó al partido en un buen pie como fuerza senatorial. Pero de ahí, a pensar que él podía liderar una autonomización partidaria consistente, me equivoqué. Aunque él sabe que el mayor peso de la visibilidad del desorden se lo lleva el partido socialista, al sostener -como ingeniero que es- que las tres candidaturas son un hecho indesmentible, sin entrar a responsabilizar a Escalona en el asunto. Le bastó señalar el dato empírico.
El problema de Escalona es más complejo, porque él representa un tipo de socialismo histórico apegado a sus más fieles tradiciones discursivas; como puede ser, en esta ocasión, la tradición ceremonial de la “autocrítica”, como pieza retórica destinada a distribuir responsabilidades en función de una operación de justificación interminable de “justeza de línea”.
Pues bien: la necesidad de ampliar el bloque depende de los alcances de la autocrítica. Pero aquí hay un supuesto insostenible: que el bloque existe. Más allá de los deseos de que exista, es muy probable que haya dejado de existir hace mucho. Como digo, en el momento del triunfo de Frei en las primarias-Curepto. Lo cual los hizo trabajar sobre una hipótesis imposible de remontar, respecto de la credibilidad de los guiones en juego, en esas escenas de amedrentamiento y de extorsión, que caracterizaron los últimos meses de campaña. Es decir, cuando la Concertación apeló a la memoria de las víctimas, ya perdió la batalla.
Desde el momento que Carolina Tohá tomó la jefatura y habló de la necesidad de acoger, dejó de ser acogedora. No podía ser de otra manera: no hizo absolutamente ningún gesto de acogida, más que amedrentar con el endoso de la derrota. Trasladó sus dotes de respóndelo-todo a un comando; pero ahora se advierte la dimensión del gesto de desistimiento de la propia presidenta: la envió en comisión-de-servicio, desde el Gobierno al Comando. En esta lógica, el Partido no existió. Es decir, la defección de las orgánicas ya había tenido lugar, porque se demostraron ineficaces para levantar una campaña territorial. La única estructura eficaz en ese ámbito seguía siendo el Gobierno. De modo que la solicitud condicionante planteada por ME-O no fue entendida como el procedimiento que encubrí el punto real del derrumbe. La petición de descabezar a los partidos demostraba que los partidos ya no tenían cabeza; que la cabeza de los partidos había sido transferida al Gobierno. En este sentido, el Gobierno fragilizó a los partidos como parte de un proceso inevitable, sin haberlo pensado mucho, pero desmantelando sus mitos a través de un desplazamiento de las dinámicas de deseo, desde el goce del aparato partidario al goce del aparato de Gobierno, lo que provocó una mutación en las dependencias subjetivas y en las lealtades grupales de nuevo tipo surgidas bajo protección funcionarial, en todos los niveles.
Dicho lo anterior, la autocrítica partidaria debiera ser realizada por quienes no participaron del goce de los aparatos; lo cual resulta simbólicamente impracticable, hasta que no se realicen los primeros ajustes de cuenta. No se debe confundir la autocrítica partidaria con el diagnóstico reservado de la pragmática gubernamental. De ello depende la posibilidad, no ya de ampliar el bloque, sino de recomponer la dignidad interna de cada partido.
En el programa Tolerancia Cero (CHV) del domingo 20 de diciembre, Marco Enríquez-Ominami pronunció dos palabras que ni El Mercurio ni La Nación del lunes 21 calificaron de impronunciables; vale decir, de in/imprimibles.
Las dos fortalezas de papel negaron el enunciado a tal punto que se debiera pensar que este no tuvo lugar. Y sin embargo Marco Enríquez-Ominami fue muy claro cuando dijo que Frei representaba la corrupción programática de la Concertación.
Ningún candidato ha ido tan lejos en la caracterización del modelo de gobernabilidad imperante. El Mercurio del lunes puso el énfasis en la cobertura de la satanización del apoyo del PC a Frei, mientras La Nación recalcaba el valor del discurso respetuoso de Enríquez-Ominami hacia las bases de Frei. Los objetivos de ambos complejos editoriales no hacen más que exponer sin transición ni mediación alguna sus expresiones de deseo. El primero, demostrando la existencia de un pacto contra-natura, destinado a demostrar que la voracidad del hijo traiciona los principios anti-comunistas del padre, a quien se le recuerda como un legítimo promotor del “pronunciamiento” militar. El segundo, esbozando la secreta esperanza de que las bases ejerzan presión sobre la conducción del Comando.
El enunciado sobre la corrupción programática fue borrado por el deseo de desatención sobre un modelo estructural de comportamiento, que involucra los temores de la Alianza a ser reconocida como la continuidad conservadora de un modelo de dominio que se ha instalado en la política chilena.
El programa remite a “algo más” que un plan de gobierno. Este tipo de distinciones resulta totalmente jocoso, al recordar las viejas y no menos sorprendentes ocurrencias de los agentes de glosa de Enrique Correa durante la UP, para segmentar los tiempos de la producción política en Fase, Etapa y Período, para luego aplicarlos a la diversificación de las Tres Tareas: de Liberación Nacional, de Profundización de la Democracia y de Construcción del Socialismo. (Aplausos. Risas prolongadas). ¡Por eso es que he hablado de éste sujeto y articulador de la corrupción programática, como un maestro-de-lengua. Lo cual no viene a ser más que un chiste de arrastre. Pasemos.
El programa, entonces, corresponde al orden de la estrategia y recoge los trazos inscriptivos de la gobernabilidad, en su versión flacsiana de los orígenes; es decir, de los grandes financiamientos (ADN). El plan remite en cambio a complejos tácticos distribuídos en los patios traseros de la democracia y comprometen la pragmática de secuestro cotidiano de las iniciativas ciudadanas de autonomía del movimiento social.
El espacio en que esta pragmática se ha hecho evidente ha sido el de la “mesa de trabajo” como lugar decisivo de desactivación de la voz ciudadana, mediante formas eficaces de desvío y desnaturalización de la palabra. Mediante este procedimiento, el funcionariato ha logrado montar un mecanismo de usura y tetanización de la escucha con resultados de una eficacia sin precedentes. El goce del funcionariato se verifica en la producción de una instancia de cinismo de primer grado, en que reúnen a interlocutores en torno a una mesa en el momento que avanzan con decretos y acciones que operan sobre flujos consumados.
Quizás la mayor expresión de este procedimiento fue la comisión de educación que aniquiló las demandas de los “pingüinos”. Otra manifestación flagrante fue la negativa de las cúpulas partidarias para realizar primarias abiertas. Este fue el momento de quiebre en los procedimientos de manejo, porque demostró que las propias cúpulas asumían las fallas reconocidas del funcionariato en la gestión de gobernabilidad, con lo cual no hicieron sino exhibir el punto máximo de fragilidad del dispositivo de control de las intensidades administrativas.
El objetivo había sido desplazado desde la desactivación de la energía ciudadana hacia la nominación de un candidato mediante la teatralidad de la restricción representativa. ¡Les dañó el seso la Pequeña-Gigante! LA corrupción de los dispositivos de legitimación se instaló como una verdad efectual cuyas consecuencias el comando freista no puede ya controlar, porque la forma inicial de nominación del propio candidato hace imposible hoy día sostener credibilidad alguna a sus demandas de acogida.
Frei representa la corrupción programática de la Concertación y lo hace a fuerza de encarnar la ilegitimidad del procedimiento que lo instaló como candidato. A estas alturas, nadie puede proclamarse hospitalario.