by Justo Pastor Mellado
En el texto anterior hablé de la dialéctica partido-masas. En épocas de campaña es preciso recuperar las viejas palabras, con la secreta esperanza de redorar viejos blasones. Ahora habrá que hablar de la dialéctica comando-partidos, para convencer a los cercanos de que las tareas pueden ser cumplidas. Ricardo Solari, en un programa en horario de “regreso a casa” de radio Futuro, el lunes 28, no es capaz de explicar las causas de la más baja votación de la Concertación. Iván Núñez le pregunta si ha habido alguna autocrítica, frente a lo cual, Solari, un veterano de la mutación lexical del socialismo, solo constata un hecho que a su juicio, explica dicha baja. Con la parsimonia del dirigente que sabe que está ofendiendo nuestra capacidad analítica, argumenta que la causa de todo está en la dispersión de fuerzas, pasando de paso a producir la ficción de que “todos éramos lo mismo”. Solari sabe que eso no es una explicación. Es más; sabe que toda explicación es inconsistente, porque siendo uno de los dirigentes con el espíritu analítico más sutil, conoce perfectamente los límites de la lengua-cara-de-palo que domina su sector.
Lo cierto es que ni Solari puede analizar lo que el comando hace, sin tener que subordinarse a lo que sus voceros dicen. De modo que permanece prisionero de la expresión de los deseos manifiestos de la cúpula del comando, siendo él, un hombre de la cúpula partidaria que constata con horror que la permanencia de Escalona le ha impedido ejercer con eficacia el rol de un agente garantizador del traspaso de votos del marquismo.
El hecho es que Solari solo hizo mención a un dato que no respondió a la pregunta de Iván Núñez. Por el contrario, con la habilidad de los animales de tiro que con los ojos vendados transportan carga bordeando precipicios, se dedicó a repetir sin mayor convencimiento los dichos que la presidenta había enunciado en la mañana, sobre la necesidad de distinguir entre negocios y política.
No es seguro que ese ataque al piñerismo tuviese eficacia frente al electorado marquista, que necesita señales más “potentes”, como suelen decir los comandantes freístas. A menos que apunten hacia la reivindicación de una moralidad superior que, viniendo de la Concertación, no podría ser más que contraproducente, sobre todo después del sobreseimiento de Ajenjo y compañía. Más allá de la presunción de inocencia, lo que queda es un amargo sabor de incredulidad ante la justicia de la Justicia.
Al menos, Solari demostró tener buenos zapatos para caminar en este terreno extremadamente movedizo de la interpretación de los deseos de su propio sector. Por que si hay una cosa a la que hay que poner atención, más que a la captación de votos de otros sectores, es a la fidelización de los propios partidarios, y para eso, Solari derrochó alabanzas para Carolina Tohá, que fuera una excelente vocera y exitosa diputada, que sabe enfocar muy bien los problemas y ajustar las relaciones entre las cuestiones menores y las cuestiones centrales, con propósitos claros y un gran sentido de la perspectiva. Pero eso es casi una arenga para satisfacer a las huestes paralizadas por un gran sentimiento de derrota y que apenas se reponen, a fuerza de una movilización centrada en la victimalidad.
Por su parte, Escalona, incólume, sigue apostando a que los agentes del comando freista carecen de buenos zapatos. Es una manera vedada de decir que perdieron la ruta. Mientras Auth, previsor por exceso, declara estar dispuesto a cambiarse de horma a la primera ocasión en que le ofrezcan otro par. Lo cual no le impide a Escalona amenazar con que sería suicida la pretensión de alejar a las colectividades oficialistas de la campaña.
Aquí, Escalona aceleró la variación lexical para sustituir en la percepción pública dos palabras: colectividad y campaña. Escalona pretende a través de esta proyección evocar la legitimidad de una ficción a dos bandas; una, que afecta los principios; otra, que apunta a cuestiones pragmáticas. Lo colectivo apela a la vertiente arcaica del socialismo; la campaña remite a una gesta heroica que transmite el espíritu de la perseverancia allendista. Si hay algo que se asocia a la fantasmática allendista es la noción de campaña. Porque mejor ni mencionar en este contexto el “espíritu” de la Marcha de la Patria Joven. Probablemente, más allá de las reivindicaciones doctrinarias de Latorre en El Mercurio, esta mención no parece del todo oportuna.
En verdad, lo que Marco Enríquez-Ominami planteó y que a estas alturas no tiene ninguna posibilidad de ser, es que las actuales cúpulas abandonaran las direcciones que condujeron a la derrota y que fuesen reemplazadas por otras que estén en condiciones de ofrezcan algunas garantías que las actuales no están en medida de asegurar.
Y la respuesta es clara: no hay desplazamiento. Todo lo contrario: se quedan y afirman la nece(si)dad de su existencia en el comando, que no logra articular una campaña suficientemente asentada en los partidos.
Todo lo cual no deja de ser confuso y contradictorio, puesto que Frei es quien legitima a los dirigentes del comando en contra de los dirigentes partidarios, a quienes –en el fondo- jamás ha respetado. Lo cual me lleva a pensar que Latorre gana más con Frei derrotado, porque se convierte en figura nacional incontestada, al dirigir eventualmente al mayor partido de la futura oposición.
¿Y quién no asegura que Latorre esté pensando formar con Piñera una plataforma “a la alemana”, que consista en abandonar a sus aliados de hoy, los socialistas, para pactar con la centro derecha, que por su parte, debiera desentenderse de su alianza con la extrema derecha. Pero esta hipótesis es la que Patricio Navia ya formuló hace meses, imaginando un escenario en el que Piñera como presidente tendría que hacer algo de esta naturaleza para construir una base estable de gobernabilidad.
En definitiva, el 17 de enero no es tan solo una fecha más en la historia de las rearticulaciones de bandas. Por eso Escalona está más crispado que nunca. De otro modo no se explica la bronca contra Gómez, en el estrado aquel, en el que Frei fue devorado por la premura de hablar primero.
El diseño por el que tanto ha sacrificado fue puesto en apuro con las pretensiones de Insulza. Por eso, una vez experimentada la caída de éste último, debía correr para comprometer su apoyo a Frei, antes que surgiera otro candidato en el seno de sus propias filas. No tuvo éxito. Se levantó algo peor para él: la candidatura de Marco Enríquez-Ominami. Solo que a éste no lo podía tratar como a Gómez. Algunas bases ofendidas por su lengua-de-palo se habían rebelado sosteniendo apenas la salida de Arrate, que permanecería en la crítica políticamente correcta de la Concertación. Pero el levantamiento del nombre de Marco Enríquez-Ominami iniciaba su arremetida simbólica contra los supuestos en que la propia Concertación se sostenía, poniendo en evidencia la ruptura de la filiación extorsiva con que ésta ha alcanzado los últimos gobiernos.
El discurso actual del comando freista no ha superado la impasse estructural que la salida de Escalona y de Latorre hubiesen contribuído a resolver, sin tener que recurrir a la amenaza y al terror. De todos modos, Latorre está a la espera. El triunfo de Frei lo sumerge a la cabeza del principal partido de un candidato que accede a la primera magistratura simbólicamente fragilizado. La derrota de Frei lo catapulta a un destino político superior, ya sea a la cabeza del principal partido de la oposición, o como articulador de una “nueva mayoría”.
by Justo Pastor Mellado
Ha comenzado a correr una carta abierta dirigida a los candidatos del denominado progresismo. La firman algunos artistas y agentes culturales que manifiestan su preocupación ante el regreso de la derecha. La verdad es que la derecha no regresa a ninguna parte, porque ha estado siempre en el gobierno. Dos botones de muestra: uno, Lagos ha sido el mejor presidente de los empresarios; dos, la criminalización del movimiento mapuche mediante la aplicación de leyes antiterroristas heredadas de la dictadura.
Cuando los artistas y los intelectuales redactan cartas son de temer, por la cantidad de lugares comunes que exhiben en su argumentación. De seguro, ante estas horas dramáticas de la patria, las conciencias lúcidas conminan a los políticos a cumplir con sus tareas históricas. En épocas normales, no lo han logrado. Es probable que la característica de los enunciados de los artistas e intelectuales sea que se manifiestan solo en momentos de crisis. Esta sería una de ellas: al artista e intelectual faro cumple con su misión. Eso está muy bien. Pero me recuerda esas listas que algunos agentes comienzan a correr para los premios nacionales de algo. Es como si pensaran que el premio se otorga por plebiscito. Lo que hacen es poner a correr una lista, no tanto para apoyar a un nombre determinado, sino para pasar lista; es decir, para activar un operativo policíaco destinado a reunir a los que están conmigo e identificar a los que están contra mí. Lo cual, reproduce la soberana amenaza del comando freísta al polarizar esa segunda fase de la campaña.
Más aún, esta carta abierta comienza a circular en el momento que en la televisión por cable se retransmite la serie Los invasores. Esta coincidencia es muy decidora acerca del tipo de recurso junguiano que sostiene la carta. Podría haber sido más benjaminiano, en verdad. Pero el tono de guerra fría satisface un espíritu de fronda que reproduce el tipo de amenazas simbólicas de quienes temen perder pan y pedazo.
No hay acuerdo posible entre los candidatos del denominado progresismo. Un conveniente pacto parlamentario no pone fin a la exclusión política, sino que abre dentro de las posibilidades que proporciona el propio sistema de exclusión, una inclusión pactada de candidatos comunistas. Bien por ellos. Pero esto no termina con la exclusión.
Tampoco habría que poner en un mismo terreno la desafección partidaria representada parcialmente por Marco Enríquez-Ominami, con los propósitos de la candidatura de Arrate, porque son más las cosas que los separa que aquello que los une. De partida, la lectura de los socialismos reales y de las dificultades que ha habido en nuestro país para profundizar la democracia.
La carta alude a la dispersión de las fuerzas, como si fuese una misma entelequia la que las sustentara. Más que nada, esta elección demuestra que existen fuerzas diversas y no reductibles a los mandatos sectoriales de los partidos. Pero los artistas deben cuidarse de no ser correa transportadora de las proyecciones de grupos de presión que apelan a sus recursos en momentos como éste. Sin embargo, ni los comandos ni las cúpulas partidarias pueden proporcionar garantía alguna a los artistas, hoy, de que habrá transformaciones en sus prácticas.
Los actores y artistas que ofrecen su visibilidad en este proceso, ni siquiera ofrecen garantías a sus propios colegas. ¿De qué me están hablando, entonces? El frente que se proponen salvar es un conglomerado en el que siguen predominando quienes han ejercido el gobierno durante casi veinte años, manejando a su antojo la memoria de las víctimas de la dictadura, especulando en su nombre, y que hicieron su aprendizaje político en el encubrimiento y desmantelamiento de las iniciativas ciudadanas.
El propio progreso social ha sido puesto en peligro por el autoritarismo excluyente de la Concertación, de su cúpula partidaria, de sus funcionarios altos, medianos y pequeños, poniendo en función formas blandas de desnaturalización de la autonomía de los movimientos sociales. De lo único que saben en el funcionariato es de control de poblaciones declaradas vulnerables.
La carta abierta llama a los candidatos a formar un nuevo pacto que permita encauzar la renovación de la política chilena. Pero si esa fue la promesa incumplida en virtud de la que nos han extorsionado durante estos casi veinte años, esgrimiendo de manera explícita e implícita, según la coyuntura, la amenaza del caos, reponiendo los efectos simbólicos de la serie de Los invasores, como si fueran una especie de tanques rusos invertidos, jugando con datos históricos traspuestos.
Más que nada, una carta abierta de artistas e intelectuales, junto con su dudosa candidez, lo que señala es la existencia de un llamado amenazante a la subordinación, bajo la cobertura de un llamamiento a la dirigencia política, pero sobre todo, autoriza la visibilidad de las listas para las futuras exclusiones, como si los tiempos fueran propios a la vigencia de los Frentes de Artistas e Intelectuales contra el Nipo-Nazi-Fascismo. Es muy probable que los redactores de la carta hayan estado leyendo los viejos panfletos de David Alfaro Siqueiros: Ante la Guerra, Arte de Guerra.
Una sugerencia, en esta línea, sería aquella en que los artistas e intelectuales de la carta abierta se reunieran el 10 de enero, en la inauguración del Museo de la Memoria, con el candidato Frei, en un acto de llamamiento a las fuerzas progresistas, especulando una vez más sobre la memoria de las víctimas, como tan bien lo ha sabido hacer hasta ahora.
by Justo Pastor Mellado
En el comando freísta no hay ni buenos ni malos, sino solo incorregibles. Una campaña es un fenómeno de excepción en el terreno del lenguaje. En las declaraciones de sus agentes lo que predomina es el riesgo de la palabra. Esto debiera ser un yacimiento de ejemplos para un seminario completo en una escuela de comunicación. Aunque estoy más seguro de que la utilidad de un estudio de este tipo funcionaría más en una escuela de literatura creativa.
En la mañana del 16 de diciembre, los voceros freístas hablan del triunfo del cincuenta y cinco por ciento de progresistas. Debemos entender que el cuarenta y cuatro por ciento de los votantes de Piñera, no lo son. Hoy día, el campo freista es quien determina la producción de maniqueísmo. Hace algunos años, progresista era asociado a darwinista, en términos sociales. También había algunos textos en que el progreso de la historia estaba referido al avance ineluctable del socialismo. Textos publicados, evidentemente, en Ediciones Progreso, de Moscú.
En algún momento, para no tener que usar la palabra izquierda, la Concertación dominó los enunciados y rebajó el índice de conflictividad atribuído a la palabra izquierda. De tal manera, algunos mencionaban pertenecer a la izquierda-de-la-concertación. Se daba por descontado que la derecha-de-la-concertación era sinónimo de democracia-cristiana. La palabra progresista fue la solución de compromiso para superar la distinción y sepultar toda diferencia de origen en el compromiso de destino.
Arrate, en una de sus intervenciones televisivas en CNN Chile, realizó una distinción fundamental, aunque tardía en relación a lo que se hubiese podido esperar de un alto funcionario demasiado habituado a navegar en la corrección política. Yo no soy progresista, dijo, sino que soy de izquierda.
Arrate estableció una distinción que no fue recogida en el debate, porque tampoco hizo mérito para definir lo que él entendía por izquierda; fuera de insistir en la estrategia de la no-exclusión, que en términos estrictos, no define una política de izquierda. La producción de exclusión fue concebida para que la Concertación pudiera operar durante dos décadas como si los otros –que siempre son los comunistas- no hubiesen existido. En definitiva, practicó un anticomunismo blando que les permitió manejar los términos de una democracia vigilada por las propias cúpulas, con la carta de la extorsión bajo la alfombra.
¿Qué sería, pues, una política de izquierda? ¿Respecto de qué? ¡Si las renovaciones afectaron la delimitación propia de lo que solíamos denominar socialismo! En el sentido que hubo renovaciones procedentes de las Europas y otras renovaciones, más eficaces, que provienen de la Escuela del PRI, que es la que ha prevalecido. Bajo la palabra Europas se protegen dos ficciones: por una parte, el eurocomunismo de los socialistas que huyen de la Alemania democrática y descubren el dinero del PSOE; por otra parte, el compromiso histórico con garantía clerical pronosticado por los exilados romanos. Entonces, cuando escuché a Arrate decir que era de izquierda pensé en que el afiche de su campaña iba a ser el de la película Novecento, de Bertolucci. El problema era que de Bertolucci, yo prefiero La estrategia de la araña.
De modo que izquierda y progresismo, en la congelación de todo debate, hoy, son solo palabras encubridoras de un principio de realidad al que le han desmantelado el caudal fantasmal que concentraba la transición interminable.
El problema para el comando freista, entre otros, consiste en que la palabra progresista opera como un significante vacío. Inscribe lo que su cúpula vocera define como límite de su inversión. Pero el modelo de la vocera no se traduce en un modelo de acogida, como lo he planteado ayer.
¿En un mes de campaña, donde toda palabra se desliza en el fango de la irrelevancia, qué garantías de escucha puede ofrecer?.
Al final, todo es cuestión de actitud: el modelo de enunciación concertacionista está estructuralmente impedido de escuchar, porque se ha montado sobre la pragmática de la sustracción de ciudadanía. Sus agentes han sido expertos en desmantelar las iniciativas ciudadanas, invitando a sentarse a todo el mundo en torno a unas mesas ceremoniales, donde los roles ya estaban asignados para amedrentar, para extorsionar, para desactivar, para desgastar la resistencia de quienes carecen de herramientas para defenderse de los propios agentes de control y conversión de toda otredad en población vulnerable.
En Cultura, ¿qué futuro nos depara? ¿Cuál es la propuesta que podría garantizar que ese ministerio-sin-cartera no vaya a ser y hacer más de lo mismo? Por ejemplo: ¿no podrían adelantar un programa de cultura para los primeros cien días? No me refiero a la organización de carnavales, sino a la constitución de equipos, al diseño de un perfil, a partir de criterios compartidos, explicitados ante la ciudadanía. Sin embargo, no hay quien asuma la responsabilidad de ésta vocería. Los ministeriables intentan acallar el secreto-a-voces que hace visible sus ambiciones, pero no corren el riesgo de endosar un programa.
Respecto de Cultura, el comando freista no da ninguna señal que tenga rasgos mínimos de credibilidad. Cuando en el momento pre-bacheletista, Brodsky escribió la letra de unas medidas en cultura, lo hizo no fue presentar un programa que sería remado por ese comando, sino tan solo un inventario de intenciones. Habría que cotejar lo realizado en su método y en sus impactos reales, de acuerdo a la letra de Brodsky y al espíritu de Urrutia. En la actualidad, nadie se ha hecho cargo, siquiera, de la letra explícita porque todo indica que no será más que continuidad. Ottone (hijo) no se hace cargo de la dimensión de su ambición ministerial en el futuro gobierno. Debiera ser el sujeto visible de la propuesta cívica, pero no encara el discurso.
¿Dónde están los Estados Generales de la Cultura ? ¿Dónde están las nuevas voces que hablan de ficciones regionales diferenciadas? ¿En que pie está el reconocimiento de iniciativas de formación y de construcción de escena que respondan efectivamente a las demandas simbólicas de los imaginarios locales?
En definitiva: ¿qué quiere decir progresismo, en el sector Cultura? ¿Desmantelar la DIBAM en provecho de un Instituto del Patrimonio? ¿Negarle al Museo Nacional de Bellas Artes la posibilidad de ser un ente autónomo con presupuesto suficiente para competir de acuerdo a los standards internacionales de gestión museal?
Discúlpenme: ¿Cultura posee algún peso político significativo en la estructura de la Concertación ? ¿Ottone (hijo) es capaz de proporcionar ese animus garantizador de un nuevo peso político? ¿Cuál ha sido la evaluación de los años y los daños que Urrutia y sus equipos –oficiales y oficiosos- ha infringido a la dignidad ministerial? ¿De qué modo se puede implementar en Cultura, la hipótesis de acogida enunciada por Carolina Tohá al hacerse cargo del comando?