EL TEMOR DE LOS ARTISTAS VISUALES.
Hubo un momento en que deposité todas mis esperanzas en que ciertas obras plásticas, que ciertos artistas que intervinieron en un determinado período, habían reemplazado el rol que las ciencias sociales y los cientistas habían ejercido en el período anterior a la dictadura; es decir, antes de convertirse en ciencias de la gobernabilidad y en expertos asesores del régimen de policiamiento de la ciudadanía como ilusión movimientista.
Admito que fue una estupidez de mi parte el haber depositado alguna esperanza, cuando venía de experimentar una decepción de proporciones respecto de la respetabilidad presupuestaria de los cientistas sociales. Abrigué la hipótesis según la cual, la nueva conciencia crítica de la sociedad chilena había dibujado su diagrama sobre la superficie de unas prácticas que, entre otras cosas, se hacían irreductibles al imperativo ilustrativo de las direcciones partidarias, entendidas como residuo arcaico operante en la garantización orgánica dependiente del onegismo.
Luego vino el comienzo efectivo de la transición interminable y los artistas de “la vanguardia” fueron postergados por los neoexpresionistas surrealistizantes convertidos en artistas oficiales de la primera fase; o sea, las procuradurías simbólicas de Aylwin y Frei. La tercera administración (Lagos) de la impostura transicional vendría a reparar la injusticia de la primera fase. Desde entonces, la oficialidad se trasladó hacia el contingente de conceptuales afincados en el rencor universitario.
El conceptualismo terminal de los veteranos y el neoconceptualismo vigilado de los nuevos peones del tablero, construyeron el oficialismo artístico de la última década. Para alcanzar semejante performance tuvo que recurrir a dos plataformas (muy) consistentes: la enseñanza superior de arte y la fondarización. Es decir, invirtió sus haberes en el mercado desregulado de las escuelas y en el mercado regulado por una concursabilidad sometida al tráfico de influencias. Este doble régimen de trato, al final, terminó siendo uno solo, conducido por la producción de desmantelamiento subjetivo de los estudiantes y egresados.
Los conceptuales veteranos y los conceptuales neo-veteranos firman cartas abiertas a los candidatos pidiéndoles llegar a un acuerdo para impedir el triunfo de la derecha. En verdad, la amenaza está singularizada en la posibilidad efectiva que las escuelas dejen de ejercer el tráfico en un aparato gubernamental que programaba su legitimidad en la promoción del mismo.
El peligro real reside en la modificación de las condiciones de manejo de la concursabilidad a causa del arribo a cargos decisivos, de personal que no pertenece a los mismos círculos decisionales y que no se amedrenta ante la especulación de los artistas totémicos. Esta situación dejará sin espacio de explotación gubernamental a las escuelas que hasta hoy han ejercido un agobiante dominio de zona. Lo más probable es que este régimen de manejo experimente transformaciones que repercutan en la movilidad del mercado de enseñanza superior de arte. La casi veintena de escuelas existentes no representan indicios de expansión alguna y ante la posibilidad de un cuadro social restrictivo, los padres y las madres de Chile puede que no estén dispuestos a financiar espacios de prolongación de la adolescencia.
El “escuelismo” y la “fondarización” se verán severamente afectados por el cambio de gobierno, en la hipótesis de la derrota de Frei. Una de las situaciones que se podrían plantear es una baja sustantiva de matriculación en las escuelas, que por su parte ya atraviesan por una crisis de triple consideración, en el terreno de la credibilidad pedagógica, de la probidad académica académica y de la proyección inscriptiva.
Ahora bien: el triunfo de Frei significará continuidad, autocomplacencia, euforia autoreferida, y sobre todo, un sentimiento de que se estuvo en el límite y que habrá que resarcirse acrecentando la corrupción diagramática de
la escena plástica.
January 2, 2010 No Comments