EL QUIEBRE DE GOCE.
January 21, 2010 No Comments
EL DEBATE COMO RITO DE INICIACIÓN.
January 14, 2010 No Comments
UN ESCENARIO POSIBLE.
En Tolerancia Cero, Carolina Tohá completó la operación masacre de la imagen de Marco Enríquez-Ominami, pasando a ocupar el rol de la mensajera a la que le han encomendado la tarea de señala la hora del arribo del tren a Yuma.
No duda en repetir la lección que reproduce la palabra martes como situación indicativa de una amenaza de proporciones. En los días anteriores, Bachelet ha telefoneado en privado al senador Ominami, haciéndolo asumir el rol del vigilante en el frente interno de Marco. De hecho, parece hacerle entender que le harán pagar caro el efecto de su diligencia. Si Marco apoya a Frei, el senador regresará a la política grande, como lo dado a entender Carolina Tohá, en el mismo programa.
Si Marco no apoya a Frei, Carlos será repudiado entre los veteranos de su generación. A menos que demuestre la suficiente distancia que le permita lavarse las manos. Pero a estas alturas, ni eso ya tiene valor. Los tiempos no están para la metáfora, sino para el voto.
En la previa, el objeto es hacer que Marco permanezca en un área que se le ha diseñado especialmente. Por oposición a la política grande a la que reingresa el padre, el hijo debe no poder abandonar un área de política chica, en la que debe quedar confinado. Ese debe ser el castigo para quien ha quedado desprotegido -al no pasar a segunda vuelta- y es objeto de la persecución de una jauría que no le debe perdonar el haber roto con ciertas trabas simbólicas.
Una de ellas ha sido desentenderse de las garantía simbólicas de los tutores de la política chilena.
Para enfrentar a Marco y su rupturalidad, debían poner a la cabeza del comando a Carolina Tohá, una eficiente vocera en situación de garantización permanente y que está disponible –diputada, vocera, jefa de comando- para ser la primera en demostrar que es la mejor alumna del socialismo orgánico. Lo que le importa no es Frei, sino La Concertación; en definitiva, el PS en La Concertación. Ella no posee autonomía, sino que es “operada” por su “inconciente socialista”.
La hipótesis que La Moneda se juega sobre Marco es que no pueda salir del área de la política chica, sobre todo por su demora en pronunciarse. De todas maneras hay que endosarle el precio de la derrota. Tironi ya lo advirtió en El Mercurio del sábado 9, porque aunque no esté en el comando, es portavoz del sentido común consistente: Marco está jugando con nosotros, dice; ya habría pasado el momento en que su pronunciamiento hubiese sido eficaz. A estas alturas, cada día que pasa, tiene cada vez menos valor.
¿Qué debiera hacer Marco Enríquez-Ominami? ¿Hablará el martes, después del debate de la noche del lunes? Lo que debiera hacer es continuar con su política de distinciones.
Ese ha sido su mayor logro: separar problemas y promover conexiones inhabituales, desbaratando las retóricas de la autojustificación interminable.
Si Frei es un mal menor, entonces, Marco Enríquez-Ominami debiera establecer relaciones micropolíticas con las figuras de la “renovación” concertacionista; es decir, con la minoría crítica que sabemos. Eso significaría justificar su apoyo a Frei, solo para fortalecer las dinámicas de renovación de la Concertación. Pero, ¿es efectivo que esas dinámicas existen, más allá de las imágenes que proyectan algunos rostros emergentes? De modo que la ficción de unos aliados al interior de dicho bloque en desconstitución no es efectiva.
Solo tendría eficacia si la Concertación sobrevive a este batalla decisiva. De lo contrario, ya no existirá como lo que se ha conocido hasta ahora. La masa crítica minoritaria se ocupará de fortalecer su posición al interior de cada partido, en situación de afirmación diferenciada.
Pensando en hoy: ¿bastan los rostros de Orrego, Navarrete, Walker, Díaz, Rossi, por nombrar a algunos, para garantizar un proceso de renovación de las “maneras de hacer” de la Concertación? Un rostro facializa una intención, pero no asegura una política de infraestructura, todavía. Aunque Marco declare sus propósitos en esta hipótesis, los supuestos anfitriones no están dispuestos a enfrentar a los padres totémicos en su nombre. Prefieren la autonomía relativa que les permita manejar una nueva legitimidad tolerada. Esto hace pensar que la Concertación, estructuralmente, es in-renovable.
Estamos a lunes en la tarde: las leyes “marquistas”, mal que le pese la denominación a Bachelet, no son suficiente garantía de renovación, sino una muestra desesperada de la voracidad electoral freista. Eso deja en claro la desidia del Ejecutivo, al no haber instalado estas iniciativas en su agenda normal. Lo cierto es que la existencia de Marco Enríquez-Ominami no permite imaginar transacciones como ha sido la tradición concertacionista. El hombre conoce las técnicas del reduccionismo de aparato y no tiene confianza en las lealtades obtenidas bajo amedrentamiento.
Para ser fiel a si mismo y al delirio estructurado que montó y sistematizó, debe radicalizar su posición respecto de Frei y hacerlo responsable de la corrupción programática a la que hizo tan brillantemente mención en Tolerancia Cero de hace algunas semanas.
Forma parte de esa corrupción el recurrir en momentos de desesperación, a la extorsión mediante la ostentación de la victimalidad.
La Concertación ha heredado la frase monumental de “ser la voz de los que no tienen voz”, convirtiendo a las víctimas en una reserva moral, exhibida sólo cuando debe recurrir a ella como un último recurso, que es nuevamente, un modo abyecto de seguir poniendo los muertos sobre la mesa.
Marco Enríquez-Ominami debe recusar con decisión los intentos de endoso de la derrota, con la suficiente elocuencia que impida que la hipótesis de Bachelet funcione. La transformación de la política a la que Marco Enríquez-Ominami apela, tuvo su comienzo en la canalización y sistematización de un malestar colectivo respecto de las prácticas reductoras de la autonomía. Pero es tan solo el comienzo de una propuesta que ha tenido una forma de expresión excepcional, en el formato de una presidencial. Sin embargo, es deseable pensar que Marco Enríquez-Ominami encabeza un movimiento de transformación de la política que exige romper simbólicamente con las cadenas de extorsión sobre las que la Concertación ha llegado al gobierno y se ha mantenido en él.
La derrota de Frei es el síntoma del desgaste que ha experimentado la sustitución policial de las voces de la multitud.
El triunfo de Marco Enríquez-Ominami solo se ratifica en el terreno de la ficción ética, que autoriza el montaje de dispositivos de emancipación de la subjetividad cívica.
January 12, 2010 No Comments
FREI NO ES NI LA SOMBRA DE LO QUE ERA.
January 11, 2010 No Comments
EN POLITICA, TODOS LOS PADRES MATAN A SUS HIJOS.
Solo me remito a seguir de cerca el uso de ciertas palabras pronunciadas durante la campaña. Estas son relevadas durante una lectura atenta a las disimilitudes y disimetrías de las que son deudoras. En este terreno, el trabajo consiste en aislar, discriminar las proveniencias, pero no sucumbir a la seducción del análisis etimológico, sino tan solo permanecer en esa línea de flotabilidad que hace que un lapsus o un exceso de palabra encubran las ficciones que corren bajo las versiones paternas.
Lo lamento. Tendré que hablar del padre de Marco Enríquez-Ominami como su principal opositor político. En mi favor puedo sostener que mi lectura no tiene que ver con las personas sino con las estructuras. Pero todos sabemos que las relaciones entre estructura y acontecimiento son de tal manera generativas, que el acontecimiento puede pasar a concentrar los elementos expresivos de una estructura. Sobre todo a nivel de las acciones que se convierten en verdaderas anécdotas significantes.
Ese fue el caso de Carlos Ominami cuando se retiró del PS para favorecer las opciones políticas de su hijo. Sin embargo, no le hizo favor alguno, sobre todo, cuando dejó filtrar palabras que hacen trabajar la amenaza del parque jurásico. El error fue dejar el PS para ser leal a la familia. La mayor lealtad política hubiese sido permanecer en la vereda de enfrente, con el respeto debido. No debíó familiarizar el apoyo. Banalizó la heroicidad del gesto inscriptivo del hijo, cuya política era rechazar los efectos familiares en la construcción de las alianzas. La Concertación se había convertido en el negocio de unas cuantas familias, algunas de ellas recientemente ascendidas y otras antiguas en franca zona de recomposición.
Curiosa reacción de un senador que arriesgó pederlo todo por intentar no quedar fuera del sistema de la Concertación. Lo que significa que su permanencia en el proyecto de Marco Enríquez-Ominami siempre fue un factor de contaminación concertacionista, dispuesta a combatir el rencor creciente de la troika postmirista.
Carlos Ominami debió quedarse en el PS. De ese modo no habría tenido que exponerse a presentar su política saturnal fallida, manteniendo los rasgos del vigilante nocturno que debe pagar el costo de no haber expuesto con lucidez el objeto de sus ambiciones.
Si hay algo que Marcos Enriquez-Ominami introdujo en el debate fue la idea de una fisura proyectiva en el edificio político de la Concertación, mientras el padre solo atinó a entender el acuerdo en torno a reformas y redimensionamientos de los énfasis en la pragmática de un gobierno cuya cúpula le había sido esquiva.
Marco Enríquez-Ominami, en cambio, apuntaba a poner en crisis los fundamentos mismos de la cuenca semántica concertacionista. Y lo ha logrado, a nivel de lengua política; a nivel del agenciamiento retórico del malestar; a nivel de la fascinación del señalamiento de la impostura; a nivel de la obstrucción del mecanismo de compensación delegada de las subjetividades; por mencionar algunos de los procedimientos puestos en forma.
He repetido la palabra nivel para insistir en la acumulación de estratos que se comprimen en un período corto de enunciación, que corresponde al tiempo de una campaña. Pero el desafío de Marco Enríquez-Ominami es de otro carácter: debe abandonar la compresión de los estratos para iniciar la dinámica de la larga marcha. No todo el mundo está dispuesto a seguirlo en esta performance, que tiene todo lo que se requiere para convertir el “arte del caminar” en “arte de conversar” y en “arte de construcción del acontecimiento político”, operando en otro tipo de registro, que no reproduzca la represión leninista del discurso ni acumule las trabas autoritarias de los pequeños articuladores de fascismo ordinario.
El padre, en cambio, traduce la mejor habilidad concertacionista al graduar la permanencia al lado de su hijo, porque no desea portar sobre sus espaldas la condena de haber permitido el arribo de la derecha a La Moneda. Las palabras con que Isabel Allende -la escritora- interpela a Karen en un acto público, tuvieron efecto directo en el circulo inmediato de quienes sostuvieron a Marco Enríquez-Ominami solo para hacerle pasar un susto a la Concertación.
!De tu marido depende que no llegue la derecha! Semejante agresión mediática simplifica en extremo las cosas, pero en época de campañas se requiere de imágenes simples para compensar los sentimientos de derrota a causa de errores que jamás serán admitidos.
Carlos Ominami supo que ya no podía seguir estirando la cuerda. Debía responder al asedio de sus compañeros de generación concertacionista si bien, siendo un ex Mir, jamás fue respetado “como se debe” por los barones del mapucismo incrustado en el PS. De lo contrario, quedaría solo compartiendo la larga marcha que debe iniciar Marcos Enríquez-Ominami para forjar los términos de un mito propio.
Recién ahora, quienes pensaron que apoyar a Marco Enríquez-Ominami era suficiente para hacer pasar un susto a las cúpulas de la Concertación, tienen serias dudas sobre la necesidad de una ruptura simbólica radical, no ya con la cultura de la izquierda, sino con la cultura política a secas.
Hablo de larga marcha para señalar una metáfora que designa una compleja travesía que compromete nuevas formas de producción micropolítica, que exige montar dispositivos de escucha, de observación, de registro de las pulsaciones de corporalidades maltratadas en todo nivel, para convertirlas en experiencias de montaje de una palabra local de producción de ciudadanía.
Nada de esto tiene que ver, solo, con la política de fronda. El senador, pragmático, sabe que debe responder en última instancia a las determinaciones de los clanes partidarios que garantizan su propia existencia. Por la prensa se supo que lo habían llamado Gazmuri e Insulza. Dos potencias desplazadas por el efecto de su propio desmantelamiento. Ominami responde a la lealtad con su propio desgaste histórico y abandona al hijo en el momento inicial de un momento incierto. Parece un chiste analítico: pater incertus, mater semper certissima.
¿Era necesario? Hubiera sido una gran muestra de pulcritud cívica que padre e hijo hubiesen estado en distintos frentes electorales, desde un comienzo. Todo se confundió con el gesto inicial del senador, porque familiarizó un apoyo destinado a dejar al hijo en el espacio de mayor aislamiento posible, cuando ya pasan los días y no se demuestra que a estas alturas una decisión de Marco Enríquez-Ominanmi a favor de Frei tiene cada vez menos valor. Porque lo que espera el Comando Frei ya no es obtener el apoyo de Marco, sino dejarlo cada vez más solo, de modo que sus deseos de configurar un referente reciban cada vez la señal del fracaso.
January 9, 2010 No Comments
LOS ARTISTAS VISUALES BUSCAN FIRMAS, PERO NO DAN LA CARA.
En los encuentros de cultura que realiza el Comando Frei, los teatristas y literatos son los que se prestan a todo. En cambio, la presencia de los artistas visuales es nula. Nada nuevo. Siempre son los “rostros” los que ocupan el delante de la escena. ¡Para eso están! La no aparición de artistas visuales ni de agentes vinculados a centros de artes visuales tendría que ver con su ubicación determinante, pero detrás de la escena, dirigiendo las cosas desde las bambalinas, para no quemarse. Hay varios autoproclamados candidatos a ministro que no desean dar la cara, para que sean otros los que se fundan en las luchas preliminares, como ocurrió en la campaña pasada.
Hay algunos cándidos que sostienen que los artistas visuales no se dejan ver porque constituyen la reserva ética del programa de cultura. Bueno, al respecto hay que decir que la corrupción programática del funcionariato y de los asesores parásitos en el campo cultural es directamente proporcional al ejercicio de este tipo de candidez.
¡Pero no nos engañemos! Es que no hay cara que poner. Ya no tienen cara, ocupados como están por las matrículas. Incluso, la desconfianza que tienen los propios artistas del Comando Frei los hace rehuir cualquier compromiso que implique visibilidad y fervor electoral. ¡No, no, no! A los artistas visuales les encanta hacer listas. Por ejemplo, cuando se acerca la fecha del premio nacional, hacen correr listas, como si fuera una postulación parlamentaria. Las listas no son eficaces para el trabajo del jurado, sino para el amedrentamiento de la escena. En este caso, ocurre una situación similar. La confección de listas tiene que ver con un desempeño conspirativo, que se fortalece como conteo simbólico de las deudas.
El esquema policial para la campaña de firmas de una carta abierta apunta a identificar por exclusión el campo de quienes se atrevieron a no firmar. De este modo, la operación los convierte en delatores de un crimen cimentado a la medida de su necesidad de demostrar que han hecho la tarea. Resulta impresionante reconocer que los artistas visuales están siempre dando examen ante los dispositivos de garantización política. ¿Algún artista totémico ha levantado la voz para preguntar, siquiera, por las condiciones de conversión de la memoria en una extensión de bienes nacionales?
No pueden. Es como si los dejaran fuera de la historia. El triunfo de Frei les asegura el manejo de la caja chica en la inversión en Cultura. El teatro, el libro, el cine, se llevan el grueso de la torta porque son “industria”. Los artistas visuales se conforman con poquito, a condición de asegurar el manejo de recursos en la ficción de lo propio, para tan solo sobrevivir en el medio gracias a unos huertitos.
Al menos, los teatristas operan como esos perros callejeros que recogen las buenas almas del barrio ministerial. ¡Son tan agradecidos! Lo cual demuestra que el teatro chileno tiene casa. En cambio, las artes visuales exponen en permanencia su crisis de vivienda.
Lo que pasa es que al “escuelizar” su existencia, los artistas entablan relaciones contractuales extremadamente precarias, que los fragiliza al extremo de ocupar el estatuto del allegado institucional, viviendo de honorarios disfrazados de salario mediante contratos de plazo definido, de semestre en semestre; o sea, de medio marzo a noviembre y medio.
En un escrito anterior he planteado que existe una relación simbólica determinante entre escuela y concursabilidad, que fortalece la ilusión de manejo de la escena. La pérdida del manejo complejo sobre el acceso a fondos va a poner en fatal evidencia la crisis de la enseñanza a nivel de las licenciaturas y de las maestrías. Todo el prestigio de los profesores ya no se juega en cuan fuerte resulta ser su inscripción artística en el espacio artístico concreto (mercado y circuito de instituciones eminentes sin propósito de lucro), sino en cuántos fondos han podido ganar y sobre cuántos jurados pueden ejercer su influencia. A ello se le agregará la crisis de los espacios llamados “independientes” que dependen de fondos estatales y privados. Por esta razón los artistas firman la carta abierta a los candidatos. Frei representa para ellos, no un mal menor, sino la condición misma de la sobrevivencia.
De este modo, resulta impensable que los artistas de la carta abierta puedan sostener alguna autonomía para dar alguna cara. No lo desean, porque las estructuras del arte chileno se han “concertacionalizado”. Vale decir, la firma de la carta no es más que la expresión de un desgaste programático que ha afectado el propio carácter de las obras.
January 9, 2010 No Comments
FACIALIZAR LA DERROTA.
La realidad de las palabras se consolida más rápido que los acontecimientos orgánicos, al punto que los agentes del comando freista viven para enunciar sus proyecciones, como si los resultados dependieran de una profecía autocumplida.
La aceleración discusiva alcanza tales ribetes que hasta los hechos parecieran haber adquirido un movimiento retardado. La interpretabilidad se ha disparado llegando a sobreponerse en capas que terminan por cubrirlo todo. La gran nube de Chaitén se ha desplomado sobre el paisaje de la Concertación. Sin embargo, ello no les ha impedido seguir practicando una literalidad que no hace más que hundirlos. Han caído en su propia trampa cuando amenazan con la teoría del “no es lo mismo”.
En efecto, no es lo mismo que el marquismo implemente sus enunciados, a que el comando freista trabaje de sustituto y reduzca los gestos que necesita al formato exprimidor del aparato del Palacio. Ya ni siquiera se trata de satisfacer la lógica de los partidos. Lo cierto es que las iniciativas parlamentarias obligan a plantear un debate que repone a las cúpulas deprimidas en una visibilidad que no se han merecido.
Luego viene la patética aparición teatral en que el candidato exhibe sus nuevas adhesiones. No es lo mismo, nuevamente, ponerse para la foto que asegurar un nuevo modo de hacer las cosas; porque esa puesta en escena reproduce la pose de “más de lo mismo”. Pero lo hacen en un ambiente conversacional de café –en la antesala subterránea de La Moneda-, haciendo un intervalo que no resiste la oficialización de una oficina; justamente, porque los expertos en comunicación definen que el candidato esté siempre en la calle, en medio de “la gente”, en campaña. No hay rigor, siquiera, en el montaje de las adhesiones.
Finalmente, los gestos escenográficos no están destinados a buscar votos en el otro lado de la luna, sino a mantener la confianza de su propio electorado mediante el terror, sin pensar en que las cúpulas y el método concertacionista de maltrato instituido es quien los ha conducido a la situación en que se encuentran.
El electorado freista debiera acudir a la justicia y encausar a sus cúpulas por grave abandono de deberes y de principios. Hacen las cosas proclamando unos conceptos a los que han vaciado todos sus componentes. A tal punto, que cuando pronuncian alguna palabra, es el propio desmantelamiento del sentido de dicha palabra quien les pasa la cuenta, quedando en total estado de indefensión discursiva.
El síndrome de Curepto y de la Pequeña Gigante definen la desesperación enunciativa del comando freista, en pleno inicio del Festival Santiago a Mil. A nadie le cabe duda que este va a ser percibido como un gran acto de intervención electoral, pero lo grave no es eso, sino el hecho que el festival confirma la depreciación de la teatralidad de la clase política chilena y
expone por contigüidad su miseria extrema.
En tal caso, Santiago a Mil resulta de una consistencia abismante, porque sanciona una política de representaciones reparatorias que ni la palabra de las cúpulas ni de los voceros del comando freista pueden contener; porque, en el fondo, ellos mismos resultan incontenibles en la visibilidad de su impostura.
En medio de Santiago a Mil, cada una de las apariciones públicas del comando freista queda reducida a un scketch de fin de curso. Un artista amigo mío que anulará su voto me señala que el comando transforma la precariedad de un espectáculo de teatro callejero, en un carnaval cultural.
Hagan lo que hagan, aunque corran de comuna en comuna y tomen el reverso del Museo de Bellas Artes como telón de fondo para unas tomas de noticiario, ya facializan la derrota.
Aunque Frei ganara estas elecciones, están indefectiblemente derrotados, porque jamás habían llegado a exhibir la dimensión de su desconstitución como en estas circunstancias. Si gana Frei, no es por él mismo, sino porque el fantasma de lo que el mismo ha traicionado es más fuerte y acude en su auxilio sin que se lo merezca.
Hace unas semanas, la actriz Catalina Saavedra declaró en Cooperativa que votará por Frei recurriendo al argumento de la memoria de las víctimas de la dictadura. Sin embargo, los ciudadanos no se merecen que la memoria de las víctimas sirva una vez más para legitimar la corrupción programática implícita en el goce del aparato. Entonces, habrá triunfado la amenaza espectral de perder el acceso al andamiaje interministerial que favorece el tráfico y la apropiación indebida de la confianza civil.
January 8, 2010 No Comments
EL TEMOR DE LOS ARTISTAS VISUALES.
Hubo un momento en que deposité todas mis esperanzas en que ciertas obras plásticas, que ciertos artistas que intervinieron en un determinado período, habían reemplazado el rol que las ciencias sociales y los cientistas habían ejercido en el período anterior a la dictadura; es decir, antes de convertirse en ciencias de la gobernabilidad y en expertos asesores del régimen de policiamiento de la ciudadanía como ilusión movimientista.
Admito que fue una estupidez de mi parte el haber depositado alguna esperanza, cuando venía de experimentar una decepción de proporciones respecto de la respetabilidad presupuestaria de los cientistas sociales. Abrigué la hipótesis según la cual, la nueva conciencia crítica de la sociedad chilena había dibujado su diagrama sobre la superficie de unas prácticas que, entre otras cosas, se hacían irreductibles al imperativo ilustrativo de las direcciones partidarias, entendidas como residuo arcaico operante en la garantización orgánica dependiente del onegismo.
Luego vino el comienzo efectivo de la transición interminable y los artistas de “la vanguardia” fueron postergados por los neoexpresionistas surrealistizantes convertidos en artistas oficiales de la primera fase; o sea, las procuradurías simbólicas de Aylwin y Frei. La tercera administración (Lagos) de la impostura transicional vendría a reparar la injusticia de la primera fase. Desde entonces, la oficialidad se trasladó hacia el contingente de conceptuales afincados en el rencor universitario.
El conceptualismo terminal de los veteranos y el neoconceptualismo vigilado de los nuevos peones del tablero, construyeron el oficialismo artístico de la última década. Para alcanzar semejante performance tuvo que recurrir a dos plataformas (muy) consistentes: la enseñanza superior de arte y la fondarización. Es decir, invirtió sus haberes en el mercado desregulado de las escuelas y en el mercado regulado por una concursabilidad sometida al tráfico de influencias. Este doble régimen de trato, al final, terminó siendo uno solo, conducido por la producción de desmantelamiento subjetivo de los estudiantes y egresados.
Los conceptuales veteranos y los conceptuales neo-veteranos firman cartas abiertas a los candidatos pidiéndoles llegar a un acuerdo para impedir el triunfo de la derecha. En verdad, la amenaza está singularizada en la posibilidad efectiva que las escuelas dejen de ejercer el tráfico en un aparato gubernamental que programaba su legitimidad en la promoción del mismo.
El peligro real reside en la modificación de las condiciones de manejo de la concursabilidad a causa del arribo a cargos decisivos, de personal que no pertenece a los mismos círculos decisionales y que no se amedrenta ante la especulación de los artistas totémicos. Esta situación dejará sin espacio de explotación gubernamental a las escuelas que hasta hoy han ejercido un agobiante dominio de zona. Lo más probable es que este régimen de manejo experimente transformaciones que repercutan en la movilidad del mercado de enseñanza superior de arte. La casi veintena de escuelas existentes no representan indicios de expansión alguna y ante la posibilidad de un cuadro social restrictivo, los padres y las madres de Chile puede que no estén dispuestos a financiar espacios de prolongación de la adolescencia.
El “escuelismo” y la “fondarización” se verán severamente afectados por el cambio de gobierno, en la hipótesis de la derrota de Frei. Una de las situaciones que se podrían plantear es una baja sustantiva de matriculación en las escuelas, que por su parte ya atraviesan por una crisis de triple consideración, en el terreno de la credibilidad pedagógica, de la probidad académica académica y de la proyección inscriptiva.
Ahora bien: el triunfo de Frei significará continuidad, autocomplacencia, euforia autoreferida, y sobre todo, un sentimiento de que se estuvo en el límite y que habrá que resarcirse acrecentando la corrupción diagramática de
la escena plástica.
January 2, 2010 No Comments
LA CONCERTACIÓN COMO CORRUPCIÓN PROGRAMÁTICA.
En el programa Tolerancia Cero (CHV) del domingo 20 de diciembre, Marco Enríquez-Ominami pronunció dos palabras que ni El Mercurio ni La Nación del lunes 21 calificaron de impronunciables; vale decir, de in/imprimibles.
Las dos fortalezas de papel negaron el enunciado a tal punto que se debiera pensar que este no tuvo lugar. Y sin embargo Marco Enríquez-Ominami fue muy claro cuando dijo que Frei representaba la corrupción programática de la Concertación.
Ningún candidato ha ido tan lejos en la caracterización del modelo de gobernabilidad imperante. El Mercurio del lunes puso el énfasis en la cobertura de la satanización del apoyo del PC a Frei, mientras La Nación recalcaba el valor del discurso respetuoso de Enríquez-Ominami hacia las bases de Frei. Los objetivos de ambos complejos editoriales no hacen más que exponer sin transición ni mediación alguna sus expresiones de deseo. El primero, demostrando la existencia de un pacto contra-natura, destinado a demostrar que la voracidad del hijo traiciona los principios anti-comunistas del padre, a quien se le recuerda como un legítimo promotor del “pronunciamiento” militar. El segundo, esbozando la secreta esperanza de que las bases ejerzan presión sobre la conducción del Comando.
El enunciado sobre la corrupción programática fue borrado por el deseo de desatención sobre un modelo estructural de comportamiento, que involucra los temores de la Alianza a ser reconocida como la continuidad conservadora de un modelo de dominio que se ha instalado en la política chilena.
El programa remite a “algo más” que un plan de gobierno. Este tipo de distinciones resulta totalmente jocoso, al recordar las viejas y no menos sorprendentes ocurrencias de los agentes de glosa de Enrique Correa durante la UP, para segmentar los tiempos de la producción política en Fase, Etapa y Período, para luego aplicarlos a la diversificación de las Tres Tareas: de Liberación Nacional, de Profundización de la Democracia y de Construcción del Socialismo. (Aplausos. Risas prolongadas). ¡Por eso es que he hablado de éste sujeto y articulador de la corrupción programática, como un maestro-de-lengua. Lo cual no viene a ser más que un chiste de arrastre. Pasemos.
El programa, entonces, corresponde al orden de la estrategia y recoge los trazos inscriptivos de la gobernabilidad, en su versión flacsiana de los orígenes; es decir, de los grandes financiamientos (ADN). El plan remite en cambio a complejos tácticos distribuídos en los patios traseros de la democracia y comprometen la pragmática de secuestro cotidiano de las iniciativas ciudadanas de autonomía del movimiento social.
El espacio en que esta pragmática se ha hecho evidente ha sido el de la “mesa de trabajo” como lugar decisivo de desactivación de la voz ciudadana, mediante formas eficaces de desvío y desnaturalización de la palabra. Mediante este procedimiento, el funcionariato ha logrado montar un mecanismo de usura y tetanización de la escucha con resultados de una eficacia sin precedentes. El goce del funcionariato se verifica en la producción de una instancia de cinismo de primer grado, en que reúnen a interlocutores en torno a una mesa en el momento que avanzan con decretos y acciones que operan sobre flujos consumados.
Quizás la mayor expresión de este procedimiento fue la comisión de educación que aniquiló las demandas de los “pingüinos”. Otra manifestación flagrante fue la negativa de las cúpulas partidarias para realizar primarias abiertas. Este fue el momento de quiebre en los procedimientos de manejo, porque demostró que las propias cúpulas asumían las fallas reconocidas del funcionariato en la gestión de gobernabilidad, con lo cual no hicieron sino exhibir el punto máximo de fragilidad del dispositivo de control de las intensidades administrativas.
El objetivo había sido desplazado desde la desactivación de la energía ciudadana hacia la nominación de un candidato mediante la teatralidad de la restricción representativa. ¡Les dañó el seso la Pequeña-Gigante! LA corrupción de los dispositivos de legitimación se instaló como una verdad efectual cuyas consecuencias el comando freista no puede ya controlar, porque la forma inicial de nominación del propio candidato hace imposible hoy día sostener credibilidad alguna a sus demandas de acogida.
Frei representa la corrupción programática de la Concertación y lo hace a fuerza de encarnar la ilegitimidad del procedimiento que lo instaló como candidato. A estas alturas, nadie puede proclamarse hospitalario.
December 27, 2009 No Comments
CARTA ABIERTA.
December 22, 2009 No Comments