RADIO ZERO (2).
En el margen del programa de Radio Zero del 22 de enero, Pato Fernández me hace una observación cuya pertinencia es evidente. Manifestando su acuerdo con mi argumentación acerca de las estrategias de extorsión victimalizante empleada por la Concertación, le asalta el temor de que esta misma argumentación pueda ser empleada por los talibanes de la derecha, para poner en duda lo alcanzado en la defensa de los DDHH. Mi respuesta inmediata es que la propia estrategia de extorsión ha puesto sobre la mesa dicha posibilidad real. Ha instalado el interdicto interpretativo bajo la excusa de que cualquier apertura analítica de este tema significa entregarle armas al enemigo.
Los artistas anticiparon los estragos que esta estrategia acarreaba consigo y no quisieron ser suficientemente radicales. Les cabía la tarea de circunscribir la irremontable condición de impostura de las compensaciones recibidas. Aceptaron satisfacer sin restricciones la petición de decoración cívica de nuevo tipo, incurriendo en las operaciones de desmantelamiento nocional que la Concertación copevizó. La corrupción programática se hizo extensiva a las políticas de la imagen; de modo que un auto-denominado arte de vanguardia se convirtió rápidamente en arte oficial, mediante el aval de algunos premios nacionales cuyas conquistas totémicas encubrieron el desgaste proporcional de las fuerzas que garantizaron sus fuentes de financiamiento. En este sentido, el arte chileno puede ser entendido -mayoritariamente- como un arte de funcionarios, estatalmente garantizado.
La segunda cuestión significativa abordada en el programa de Radio Zero fue planteada por Claudia Alamo y estaba referida a la aparición de un nuevo sujeto político; en definitiva, un nuevo movimiento ciudadano. Puse en duda la pertinencia del uso de dicha palabra, convertida en fetiche por la administración delegada de la soberanía. Es efectivo, quisiera creerlo, que existe algo así como un nuevo sujeto político. Sin embargo, la manera más rápida de descalificar esta aparición consiste en atribuirle el carácter de “movimiento ciudadano”. La propia palabra ciudadanía, como he dicho, ha sido convertida en palabra-valija por la política de comunicaciones de La Moneda. O sea, una palabra en la que cabe todo y nada.
En cuanto a la apelación de movimiento, no existe en el léxico de las ciencias sociales otro fetiche más ineficaz que éste. Sobre todo, si se verifica el destino de los dos movimientos relativamente referenciales de los setenta: MAPU y MIR. De modo que hablar de “movimiento ciudadano” era referirse a un simulacro que ya ha tenido, en la historia reciente, suficiente paño.
Ahora bien: todas las discusiones de mediados de la dictadura, antes que los partidos políticos pasaran por encima de los movimientos sociales, han vuelto a tener vigencia con una derrota electoral que puede tener proyecciones de derrota social de proporciones. Esto me hace recordar esas distinciones maravillosas en virtud de las que mis amigos dirigentes se disputaban el financiamiento desde las fuentes del discurso, acerca de si la dictadura había entrado en una fase de consolidación definitiva o si solo se trataba de una fase de afianzamiento relativo. En la resolución de dicho de base te selló el destino ministerial y parlamentario de muchos de ellos.
De lo anterior surge una ficción subordinada, que se aferra en la pregunta por saber si ésta es una derrota táctica con ´proyecciones estratégicas, o si tan solo hay que ver “en aquello” una derrota estratégica que puede abarcar un régimen de larga duración. El hecho es que la ilusión de autonomía que se había manifestado en la invención lexical del movimiento social, solo fue una
sustitución temporal extremadamente acotada, rápidamente arrasada por la eficacia y la rentabilidad orgánica de los aparatos que edificaron el Estado de la Transición, que perpetuaron sus condiciones de reproducción al tiempo que concentraron los dispositivos de control social de poblaciones.
Lo anterior se refiere a que la propia noción de movimiento social fue una superchería de los cientistas que redactaban proyectos, sosteniendo que en el país existía una sociedad civil que se estaba fortaleciendo, cuando en términos estrictos fue un tipo de organización para-partidaria que los convirtió a algunos de ellos en los dirigentes que no habían alcanzado a ser durante la UP. Recuerden: era la época en que comenzaba a circular en Chile el librito de Claudín sobre el eurocomunismo y que los tenía a todos con la cabeza a dos manos. Lo que vino fue un gran momento de restauración partidaria: los cientistas fueron barridos y tomaron asilo en las universidades y en las redes de asesoría internacionales. Ese fue el momento en que la Concertación neutralizó toda posibilidad de vigilancia teórica sobre su trayecto.
Durante el año 2009, lo que adquirió visibilidad fue la manifestación de un malestar que de a poco se fue transformando en un síntoma irreparable. El discurso de ME-O dio forma a un deseo de reparación de la confianza en la palabra propia y eso fue verificado mediante un porcentaje nada despreciable. El malestar es algo más que un “voto testimonial”, como calificó Solari el gesto de esa candidatura. Había una dimensión de lo impensado como política de reparación. Pero eso no basta para dibujar a un sujeto político de nuevo tipo.
Claudia Alamo apuntó a lo esencial: ¿Cómo darle nombre a esto que ni siquiera cabe en la condición de una ciudadanía movimientista, porque tanto la palabra ciudadano como la palabra movimiento carecen de toda posibilidad de acogida? La candidatura de ME-O fue la corta y precaria expresión que permite reconocer el deseo de existencia de este nuevo sujeto, respecto del que se pone en duda su propia condición de sujeto, por impronunciable. Y algo más: in/localizable, porque en definitiva es un sujeto sin domicilio fijo, que deambula portando consigo la densidad de algunas lecturas, en la frontera comprensiva de no pocas fracturas.
El sujeto del que Claudia Alamo está hablando ha desarrollado la capacidad de leer en la autonomía de sus deseos inscriptivos y puede montar ficciones de reparación sobre fragmentos de realidad posible, donde cabe la posibilidad, si no de transformar el mundo, al menos, de hacer avanzar algunas cosas en algún sentido, desarmando las lógicas de los bloques.
Un nuevo sujeto político debiera contemplar la edificación de un modo de presencia social que supere, tanto el genitalismo flamígero leniniano, como la encarnación socialcristiana del verbo en un cuerpo previamente declarado “sin voz”.
February 11, 2010 No Comments
RADIO ZERO (1).
En el encuentro del 22 de enero en Radio Zero, con Pato Fernández y Claudia Alamo, hubo tres cuestiones planteadas sobre las que quisiera hacer algunas anotaciones. La primera fue la cuestión de la extorsión concertacionista de las víctimas; la segunda, la aparición de un nuevo sujeto político; y la tercera, la Pequeña Gigante y su tío Escafandra.
Pato Fernández señala la recurrencia que hay sobre ese tema en mi discurso. Esto me permite rápidamente hablar de la cuestión del sacrificio, citando una frase latina a la que ya había recurrido a fines de los ochenta, para abordar la crítica del ilustracionismo plástico del discurso de los DDHH. Una cosa es la defensa de éstos, otras cosa la política de subordinación ilustrativa. Para el sentido común de la oposición a la dictadura, no había autonomía discursiva en ese terreno. Este hábito analítico se trasladó a la transición y perduró hasta ahora. La relación de los DDHH con su “representación plástica” se extiende a la presencia de algunas obras en el Museo de la Memoria, reciente y aceleradamente inaugurado.
¿Cual era la cita a la que me refería, en los ochenta? Sanguis mártires, semen christianorum (Sangre de mártires, semillero de critianos). Es curioso: en el libro sobre arte chileno publicado a fines de los ochenta, Chile Arte Actual (Galaz-Ivelic), aparece publicado en un anexo. Se trata, pues, de un texto disponible desde hace dos décadas, pero que -al parecer- nadie había querido leer. Nadie podría venir hoy día a declamar sorpresa. Desde siempre ejercí la crítica contra quienes, en el fondo, hacían una valoración invertida de la represión. Esta era una reflexión interna -en la cultura de izquierda-, que buscaba analizar el discurso justificativo de dos entidades: el MIR y el FPMR. En efecto, a propósito de Neltume y de los Queñes, por mencionar solamente dos hechos, había dos cuestiones que no deseaba dejar pasar; la primera, la legitimación que -a través de un sacrificio- se hacía de una decisión política; la segunda, la posibilidad jurídica de hacer extensiva una responsabilidad política hacia terreno de una responsabilidad penal.
La segunda cuestión determina la primera. En virtud de un análisis político de las condiciones de lucha opositora a la dictadura, unos sujetos determinados, dotados de un poder de decisión determinado, enviaban a la muerte a otros sujetos. Es decir, una lectura de la fase legitimaba y autorizaba la validez de unas acciones, cuya realización efectiva demostraba la ausencia absoluta de los elementos que la habilitaban. Las condiciones de los relatos no podían dar cuenta de las condiciones materiales objetivas bajo las cuáles dichas acciones debían tener lugar. No solo el abordamiento político era incorrecto, sino que la situación operativa no correspondía a las ensoñaciones que -a sabiendas o no- las encubrían.
Lo anterior nunca fue abordado ni por las propias organizaciones involucradas, ni por el resto de la izquierda. De modo que el tema del respeto al sacrificio cubría toda tentativa analítica que pusiera en crisis una ética de lectura. Desde ahí, el uso extorsivo de la víctimas, para justificar una decisión de voto, era el punto terminal de una argumentación que jamás fue puesta en duda, durante más de veinte años.
En este contexto, la observación de Pato Fernández adquiere total pertinencia. Manifestando su acuerdo con mi argumentación de base, sin embargo teme que ésta pueda ser empleada por los talibanes de la derecha.
February 9, 2010 No Comments
EL QUIEBRE DE GOCE.
January 21, 2010 No Comments
LA DERROTA ESTRATÉGICA.
January 15, 2010 No Comments
UN ESCENARIO POSIBLE.
En Tolerancia Cero, Carolina Tohá completó la operación masacre de la imagen de Marco Enríquez-Ominami, pasando a ocupar el rol de la mensajera a la que le han encomendado la tarea de señala la hora del arribo del tren a Yuma.
No duda en repetir la lección que reproduce la palabra martes como situación indicativa de una amenaza de proporciones. En los días anteriores, Bachelet ha telefoneado en privado al senador Ominami, haciéndolo asumir el rol del vigilante en el frente interno de Marco. De hecho, parece hacerle entender que le harán pagar caro el efecto de su diligencia. Si Marco apoya a Frei, el senador regresará a la política grande, como lo dado a entender Carolina Tohá, en el mismo programa.
Si Marco no apoya a Frei, Carlos será repudiado entre los veteranos de su generación. A menos que demuestre la suficiente distancia que le permita lavarse las manos. Pero a estas alturas, ni eso ya tiene valor. Los tiempos no están para la metáfora, sino para el voto.
En la previa, el objeto es hacer que Marco permanezca en un área que se le ha diseñado especialmente. Por oposición a la política grande a la que reingresa el padre, el hijo debe no poder abandonar un área de política chica, en la que debe quedar confinado. Ese debe ser el castigo para quien ha quedado desprotegido -al no pasar a segunda vuelta- y es objeto de la persecución de una jauría que no le debe perdonar el haber roto con ciertas trabas simbólicas.
Una de ellas ha sido desentenderse de las garantía simbólicas de los tutores de la política chilena.
Para enfrentar a Marco y su rupturalidad, debían poner a la cabeza del comando a Carolina Tohá, una eficiente vocera en situación de garantización permanente y que está disponible –diputada, vocera, jefa de comando- para ser la primera en demostrar que es la mejor alumna del socialismo orgánico. Lo que le importa no es Frei, sino La Concertación; en definitiva, el PS en La Concertación. Ella no posee autonomía, sino que es “operada” por su “inconciente socialista”.
La hipótesis que La Moneda se juega sobre Marco es que no pueda salir del área de la política chica, sobre todo por su demora en pronunciarse. De todas maneras hay que endosarle el precio de la derrota. Tironi ya lo advirtió en El Mercurio del sábado 9, porque aunque no esté en el comando, es portavoz del sentido común consistente: Marco está jugando con nosotros, dice; ya habría pasado el momento en que su pronunciamiento hubiese sido eficaz. A estas alturas, cada día que pasa, tiene cada vez menos valor.
¿Qué debiera hacer Marco Enríquez-Ominami? ¿Hablará el martes, después del debate de la noche del lunes? Lo que debiera hacer es continuar con su política de distinciones.
Ese ha sido su mayor logro: separar problemas y promover conexiones inhabituales, desbaratando las retóricas de la autojustificación interminable.
Si Frei es un mal menor, entonces, Marco Enríquez-Ominami debiera establecer relaciones micropolíticas con las figuras de la “renovación” concertacionista; es decir, con la minoría crítica que sabemos. Eso significaría justificar su apoyo a Frei, solo para fortalecer las dinámicas de renovación de la Concertación. Pero, ¿es efectivo que esas dinámicas existen, más allá de las imágenes que proyectan algunos rostros emergentes? De modo que la ficción de unos aliados al interior de dicho bloque en desconstitución no es efectiva.
Solo tendría eficacia si la Concertación sobrevive a este batalla decisiva. De lo contrario, ya no existirá como lo que se ha conocido hasta ahora. La masa crítica minoritaria se ocupará de fortalecer su posición al interior de cada partido, en situación de afirmación diferenciada.
Pensando en hoy: ¿bastan los rostros de Orrego, Navarrete, Walker, Díaz, Rossi, por nombrar a algunos, para garantizar un proceso de renovación de las “maneras de hacer” de la Concertación? Un rostro facializa una intención, pero no asegura una política de infraestructura, todavía. Aunque Marco declare sus propósitos en esta hipótesis, los supuestos anfitriones no están dispuestos a enfrentar a los padres totémicos en su nombre. Prefieren la autonomía relativa que les permita manejar una nueva legitimidad tolerada. Esto hace pensar que la Concertación, estructuralmente, es in-renovable.
Estamos a lunes en la tarde: las leyes “marquistas”, mal que le pese la denominación a Bachelet, no son suficiente garantía de renovación, sino una muestra desesperada de la voracidad electoral freista. Eso deja en claro la desidia del Ejecutivo, al no haber instalado estas iniciativas en su agenda normal. Lo cierto es que la existencia de Marco Enríquez-Ominami no permite imaginar transacciones como ha sido la tradición concertacionista. El hombre conoce las técnicas del reduccionismo de aparato y no tiene confianza en las lealtades obtenidas bajo amedrentamiento.
Para ser fiel a si mismo y al delirio estructurado que montó y sistematizó, debe radicalizar su posición respecto de Frei y hacerlo responsable de la corrupción programática a la que hizo tan brillantemente mención en Tolerancia Cero de hace algunas semanas.
Forma parte de esa corrupción el recurrir en momentos de desesperación, a la extorsión mediante la ostentación de la victimalidad.
La Concertación ha heredado la frase monumental de “ser la voz de los que no tienen voz”, convirtiendo a las víctimas en una reserva moral, exhibida sólo cuando debe recurrir a ella como un último recurso, que es nuevamente, un modo abyecto de seguir poniendo los muertos sobre la mesa.
Marco Enríquez-Ominami debe recusar con decisión los intentos de endoso de la derrota, con la suficiente elocuencia que impida que la hipótesis de Bachelet funcione. La transformación de la política a la que Marco Enríquez-Ominami apela, tuvo su comienzo en la canalización y sistematización de un malestar colectivo respecto de las prácticas reductoras de la autonomía. Pero es tan solo el comienzo de una propuesta que ha tenido una forma de expresión excepcional, en el formato de una presidencial. Sin embargo, es deseable pensar que Marco Enríquez-Ominami encabeza un movimiento de transformación de la política que exige romper simbólicamente con las cadenas de extorsión sobre las que la Concertación ha llegado al gobierno y se ha mantenido en él.
La derrota de Frei es el síntoma del desgaste que ha experimentado la sustitución policial de las voces de la multitud.
El triunfo de Marco Enríquez-Ominami solo se ratifica en el terreno de la ficción ética, que autoriza el montaje de dispositivos de emancipación de la subjetividad cívica.
January 12, 2010 No Comments
FREI NO ES NI LA SOMBRA DE LO QUE ERA.
January 11, 2010 No Comments
EN POLITICA, TODOS LOS PADRES MATAN A SUS HIJOS.
Solo me remito a seguir de cerca el uso de ciertas palabras pronunciadas durante la campaña. Estas son relevadas durante una lectura atenta a las disimilitudes y disimetrías de las que son deudoras. En este terreno, el trabajo consiste en aislar, discriminar las proveniencias, pero no sucumbir a la seducción del análisis etimológico, sino tan solo permanecer en esa línea de flotabilidad que hace que un lapsus o un exceso de palabra encubran las ficciones que corren bajo las versiones paternas.
Lo lamento. Tendré que hablar del padre de Marco Enríquez-Ominami como su principal opositor político. En mi favor puedo sostener que mi lectura no tiene que ver con las personas sino con las estructuras. Pero todos sabemos que las relaciones entre estructura y acontecimiento son de tal manera generativas, que el acontecimiento puede pasar a concentrar los elementos expresivos de una estructura. Sobre todo a nivel de las acciones que se convierten en verdaderas anécdotas significantes.
Ese fue el caso de Carlos Ominami cuando se retiró del PS para favorecer las opciones políticas de su hijo. Sin embargo, no le hizo favor alguno, sobre todo, cuando dejó filtrar palabras que hacen trabajar la amenaza del parque jurásico. El error fue dejar el PS para ser leal a la familia. La mayor lealtad política hubiese sido permanecer en la vereda de enfrente, con el respeto debido. No debíó familiarizar el apoyo. Banalizó la heroicidad del gesto inscriptivo del hijo, cuya política era rechazar los efectos familiares en la construcción de las alianzas. La Concertación se había convertido en el negocio de unas cuantas familias, algunas de ellas recientemente ascendidas y otras antiguas en franca zona de recomposición.
Curiosa reacción de un senador que arriesgó pederlo todo por intentar no quedar fuera del sistema de la Concertación. Lo que significa que su permanencia en el proyecto de Marco Enríquez-Ominami siempre fue un factor de contaminación concertacionista, dispuesta a combatir el rencor creciente de la troika postmirista.
Carlos Ominami debió quedarse en el PS. De ese modo no habría tenido que exponerse a presentar su política saturnal fallida, manteniendo los rasgos del vigilante nocturno que debe pagar el costo de no haber expuesto con lucidez el objeto de sus ambiciones.
Si hay algo que Marcos Enriquez-Ominami introdujo en el debate fue la idea de una fisura proyectiva en el edificio político de la Concertación, mientras el padre solo atinó a entender el acuerdo en torno a reformas y redimensionamientos de los énfasis en la pragmática de un gobierno cuya cúpula le había sido esquiva.
Marco Enríquez-Ominami, en cambio, apuntaba a poner en crisis los fundamentos mismos de la cuenca semántica concertacionista. Y lo ha logrado, a nivel de lengua política; a nivel del agenciamiento retórico del malestar; a nivel de la fascinación del señalamiento de la impostura; a nivel de la obstrucción del mecanismo de compensación delegada de las subjetividades; por mencionar algunos de los procedimientos puestos en forma.
He repetido la palabra nivel para insistir en la acumulación de estratos que se comprimen en un período corto de enunciación, que corresponde al tiempo de una campaña. Pero el desafío de Marco Enríquez-Ominami es de otro carácter: debe abandonar la compresión de los estratos para iniciar la dinámica de la larga marcha. No todo el mundo está dispuesto a seguirlo en esta performance, que tiene todo lo que se requiere para convertir el “arte del caminar” en “arte de conversar” y en “arte de construcción del acontecimiento político”, operando en otro tipo de registro, que no reproduzca la represión leninista del discurso ni acumule las trabas autoritarias de los pequeños articuladores de fascismo ordinario.
El padre, en cambio, traduce la mejor habilidad concertacionista al graduar la permanencia al lado de su hijo, porque no desea portar sobre sus espaldas la condena de haber permitido el arribo de la derecha a La Moneda. Las palabras con que Isabel Allende -la escritora- interpela a Karen en un acto público, tuvieron efecto directo en el circulo inmediato de quienes sostuvieron a Marco Enríquez-Ominami solo para hacerle pasar un susto a la Concertación.
!De tu marido depende que no llegue la derecha! Semejante agresión mediática simplifica en extremo las cosas, pero en época de campañas se requiere de imágenes simples para compensar los sentimientos de derrota a causa de errores que jamás serán admitidos.
Carlos Ominami supo que ya no podía seguir estirando la cuerda. Debía responder al asedio de sus compañeros de generación concertacionista si bien, siendo un ex Mir, jamás fue respetado “como se debe” por los barones del mapucismo incrustado en el PS. De lo contrario, quedaría solo compartiendo la larga marcha que debe iniciar Marcos Enríquez-Ominami para forjar los términos de un mito propio.
Recién ahora, quienes pensaron que apoyar a Marco Enríquez-Ominami era suficiente para hacer pasar un susto a las cúpulas de la Concertación, tienen serias dudas sobre la necesidad de una ruptura simbólica radical, no ya con la cultura de la izquierda, sino con la cultura política a secas.
Hablo de larga marcha para señalar una metáfora que designa una compleja travesía que compromete nuevas formas de producción micropolítica, que exige montar dispositivos de escucha, de observación, de registro de las pulsaciones de corporalidades maltratadas en todo nivel, para convertirlas en experiencias de montaje de una palabra local de producción de ciudadanía.
Nada de esto tiene que ver, solo, con la política de fronda. El senador, pragmático, sabe que debe responder en última instancia a las determinaciones de los clanes partidarios que garantizan su propia existencia. Por la prensa se supo que lo habían llamado Gazmuri e Insulza. Dos potencias desplazadas por el efecto de su propio desmantelamiento. Ominami responde a la lealtad con su propio desgaste histórico y abandona al hijo en el momento inicial de un momento incierto. Parece un chiste analítico: pater incertus, mater semper certissima.
¿Era necesario? Hubiera sido una gran muestra de pulcritud cívica que padre e hijo hubiesen estado en distintos frentes electorales, desde un comienzo. Todo se confundió con el gesto inicial del senador, porque familiarizó un apoyo destinado a dejar al hijo en el espacio de mayor aislamiento posible, cuando ya pasan los días y no se demuestra que a estas alturas una decisión de Marco Enríquez-Ominanmi a favor de Frei tiene cada vez menos valor. Porque lo que espera el Comando Frei ya no es obtener el apoyo de Marco, sino dejarlo cada vez más solo, de modo que sus deseos de configurar un referente reciban cada vez la señal del fracaso.
January 9, 2010 No Comments
FACIALIZAR LA DERROTA.
La realidad de las palabras se consolida más rápido que los acontecimientos orgánicos, al punto que los agentes del comando freista viven para enunciar sus proyecciones, como si los resultados dependieran de una profecía autocumplida.
La aceleración discusiva alcanza tales ribetes que hasta los hechos parecieran haber adquirido un movimiento retardado. La interpretabilidad se ha disparado llegando a sobreponerse en capas que terminan por cubrirlo todo. La gran nube de Chaitén se ha desplomado sobre el paisaje de la Concertación. Sin embargo, ello no les ha impedido seguir practicando una literalidad que no hace más que hundirlos. Han caído en su propia trampa cuando amenazan con la teoría del “no es lo mismo”.
En efecto, no es lo mismo que el marquismo implemente sus enunciados, a que el comando freista trabaje de sustituto y reduzca los gestos que necesita al formato exprimidor del aparato del Palacio. Ya ni siquiera se trata de satisfacer la lógica de los partidos. Lo cierto es que las iniciativas parlamentarias obligan a plantear un debate que repone a las cúpulas deprimidas en una visibilidad que no se han merecido.
Luego viene la patética aparición teatral en que el candidato exhibe sus nuevas adhesiones. No es lo mismo, nuevamente, ponerse para la foto que asegurar un nuevo modo de hacer las cosas; porque esa puesta en escena reproduce la pose de “más de lo mismo”. Pero lo hacen en un ambiente conversacional de café –en la antesala subterránea de La Moneda-, haciendo un intervalo que no resiste la oficialización de una oficina; justamente, porque los expertos en comunicación definen que el candidato esté siempre en la calle, en medio de “la gente”, en campaña. No hay rigor, siquiera, en el montaje de las adhesiones.
Finalmente, los gestos escenográficos no están destinados a buscar votos en el otro lado de la luna, sino a mantener la confianza de su propio electorado mediante el terror, sin pensar en que las cúpulas y el método concertacionista de maltrato instituido es quien los ha conducido a la situación en que se encuentran.
El electorado freista debiera acudir a la justicia y encausar a sus cúpulas por grave abandono de deberes y de principios. Hacen las cosas proclamando unos conceptos a los que han vaciado todos sus componentes. A tal punto, que cuando pronuncian alguna palabra, es el propio desmantelamiento del sentido de dicha palabra quien les pasa la cuenta, quedando en total estado de indefensión discursiva.
El síndrome de Curepto y de la Pequeña Gigante definen la desesperación enunciativa del comando freista, en pleno inicio del Festival Santiago a Mil. A nadie le cabe duda que este va a ser percibido como un gran acto de intervención electoral, pero lo grave no es eso, sino el hecho que el festival confirma la depreciación de la teatralidad de la clase política chilena y
expone por contigüidad su miseria extrema.
En tal caso, Santiago a Mil resulta de una consistencia abismante, porque sanciona una política de representaciones reparatorias que ni la palabra de las cúpulas ni de los voceros del comando freista pueden contener; porque, en el fondo, ellos mismos resultan incontenibles en la visibilidad de su impostura.
En medio de Santiago a Mil, cada una de las apariciones públicas del comando freista queda reducida a un scketch de fin de curso. Un artista amigo mío que anulará su voto me señala que el comando transforma la precariedad de un espectáculo de teatro callejero, en un carnaval cultural.
Hagan lo que hagan, aunque corran de comuna en comuna y tomen el reverso del Museo de Bellas Artes como telón de fondo para unas tomas de noticiario, ya facializan la derrota.
Aunque Frei ganara estas elecciones, están indefectiblemente derrotados, porque jamás habían llegado a exhibir la dimensión de su desconstitución como en estas circunstancias. Si gana Frei, no es por él mismo, sino porque el fantasma de lo que el mismo ha traicionado es más fuerte y acude en su auxilio sin que se lo merezca.
Hace unas semanas, la actriz Catalina Saavedra declaró en Cooperativa que votará por Frei recurriendo al argumento de la memoria de las víctimas de la dictadura. Sin embargo, los ciudadanos no se merecen que la memoria de las víctimas sirva una vez más para legitimar la corrupción programática implícita en el goce del aparato. Entonces, habrá triunfado la amenaza espectral de perder el acceso al andamiaje interministerial que favorece el tráfico y la apropiación indebida de la confianza civil.
January 8, 2010 No Comments
LA DIALÉCTICA COMANDO-PARTIDO.
En el texto anterior hablé de la dialéctica partido-masas. En épocas de campaña es preciso recuperar las viejas palabras, con la secreta esperanza de redorar viejos blasones. Ahora habrá que hablar de la dialéctica comando-partidos, para convencer a los cercanos de que las tareas pueden ser cumplidas. Ricardo Solari, en un programa en horario de “regreso a casa” de radio Futuro, el lunes 28, no es capaz de explicar las causas de la más baja votación de la Concertación. Iván Núñez le pregunta si ha habido alguna autocrítica, frente a lo cual, Solari, un veterano de la mutación lexical del socialismo, solo constata un hecho que a su juicio, explica dicha baja. Con la parsimonia del dirigente que sabe que está ofendiendo nuestra capacidad analítica, argumenta que la causa de todo está en la dispersión de fuerzas, pasando de paso a producir la ficción de que “todos éramos lo mismo”. Solari sabe que eso no es una explicación. Es más; sabe que toda explicación es inconsistente, porque siendo uno de los dirigentes con el espíritu analítico más sutil, conoce perfectamente los límites de la lengua-cara-de-palo que domina su sector.
Lo cierto es que ni Solari puede analizar lo que el comando hace, sin tener que subordinarse a lo que sus voceros dicen. De modo que permanece prisionero de la expresión de los deseos manifiestos de la cúpula del comando, siendo él, un hombre de la cúpula partidaria que constata con horror que la permanencia de Escalona le ha impedido ejercer con eficacia el rol de un agente garantizador del traspaso de votos del marquismo.
El hecho es que Solari solo hizo mención a un dato que no respondió a la pregunta de Iván Núñez. Por el contrario, con la habilidad de los animales de tiro que con los ojos vendados transportan carga bordeando precipicios, se dedicó a repetir sin mayor convencimiento los dichos que la presidenta había enunciado en la mañana, sobre la necesidad de distinguir entre negocios y política.
No es seguro que ese ataque al piñerismo tuviese eficacia frente al electorado marquista, que necesita señales más “potentes”, como suelen decir los comandantes freístas. A menos que apunten hacia la reivindicación de una moralidad superior que, viniendo de la Concertación, no podría ser más que contraproducente, sobre todo después del sobreseimiento de Ajenjo y compañía. Más allá de la presunción de inocencia, lo que queda es un amargo sabor de incredulidad ante la justicia de la Justicia.
Al menos, Solari demostró tener buenos zapatos para caminar en este terreno extremadamente movedizo de la interpretación de los deseos de su propio sector. Por que si hay una cosa a la que hay que poner atención, más que a la captación de votos de otros sectores, es a la fidelización de los propios partidarios, y para eso, Solari derrochó alabanzas para Carolina Tohá, que fuera una excelente vocera y exitosa diputada, que sabe enfocar muy bien los problemas y ajustar las relaciones entre las cuestiones menores y las cuestiones centrales, con propósitos claros y un gran sentido de la perspectiva. Pero eso es casi una arenga para satisfacer a las huestes paralizadas por un gran sentimiento de derrota y que apenas se reponen, a fuerza de una movilización centrada en la victimalidad.
Por su parte, Escalona, incólume, sigue apostando a que los agentes del comando freista carecen de buenos zapatos. Es una manera vedada de decir que perdieron la ruta. Mientras Auth, previsor por exceso, declara estar dispuesto a cambiarse de horma a la primera ocasión en que le ofrezcan otro par. Lo cual no le impide a Escalona amenazar con que sería suicida la pretensión de alejar a las colectividades oficialistas de la campaña.
Aquí, Escalona aceleró la variación lexical para sustituir en la percepción pública dos palabras: colectividad y campaña. Escalona pretende a través de esta proyección evocar la legitimidad de una ficción a dos bandas; una, que afecta los principios; otra, que apunta a cuestiones pragmáticas. Lo colectivo apela a la vertiente arcaica del socialismo; la campaña remite a una gesta heroica que transmite el espíritu de la perseverancia allendista. Si hay algo que se asocia a la fantasmática allendista es la noción de campaña. Porque mejor ni mencionar en este contexto el “espíritu” de la Marcha de la Patria Joven. Probablemente, más allá de las reivindicaciones doctrinarias de Latorre en El Mercurio, esta mención no parece del todo oportuna.
En verdad, lo que Marco Enríquez-Ominami planteó y que a estas alturas no tiene ninguna posibilidad de ser, es que las actuales cúpulas abandonaran las direcciones que condujeron a la derrota y que fuesen reemplazadas por otras que estén en condiciones de ofrezcan algunas garantías que las actuales no están en medida de asegurar.
Y la respuesta es clara: no hay desplazamiento. Todo lo contrario: se quedan y afirman la nece(si)dad de su existencia en el comando, que no logra articular una campaña suficientemente asentada en los partidos.
Todo lo cual no deja de ser confuso y contradictorio, puesto que Frei es quien legitima a los dirigentes del comando en contra de los dirigentes partidarios, a quienes –en el fondo- jamás ha respetado. Lo cual me lleva a pensar que Latorre gana más con Frei derrotado, porque se convierte en figura nacional incontestada, al dirigir eventualmente al mayor partido de la futura oposición.
¿Y quién no asegura que Latorre esté pensando formar con Piñera una plataforma “a la alemana”, que consista en abandonar a sus aliados de hoy, los socialistas, para pactar con la centro derecha, que por su parte, debiera desentenderse de su alianza con la extrema derecha. Pero esta hipótesis es la que Patricio Navia ya formuló hace meses, imaginando un escenario en el que Piñera como presidente tendría que hacer algo de esta naturaleza para construir una base estable de gobernabilidad.
En definitiva, el 17 de enero no es tan solo una fecha más en la historia de las rearticulaciones de bandas. Por eso Escalona está más crispado que nunca. De otro modo no se explica la bronca contra Gómez, en el estrado aquel, en el que Frei fue devorado por la premura de hablar primero.
El diseño por el que tanto ha sacrificado fue puesto en apuro con las pretensiones de Insulza. Por eso, una vez experimentada la caída de éste último, debía correr para comprometer su apoyo a Frei, antes que surgiera otro candidato en el seno de sus propias filas. No tuvo éxito. Se levantó algo peor para él: la candidatura de Marco Enríquez-Ominami. Solo que a éste no lo podía tratar como a Gómez. Algunas bases ofendidas por su lengua-de-palo se habían rebelado sosteniendo apenas la salida de Arrate, que permanecería en la crítica políticamente correcta de la Concertación. Pero el levantamiento del nombre de Marco Enríquez-Ominami iniciaba su arremetida simbólica contra los supuestos en que la propia Concertación se sostenía, poniendo en evidencia la ruptura de la filiación extorsiva con que ésta ha alcanzado los últimos gobiernos.
El discurso actual del comando freista no ha superado la impasse estructural que la salida de Escalona y de Latorre hubiesen contribuído a resolver, sin tener que recurrir a la amenaza y al terror. De todos modos, Latorre está a la espera. El triunfo de Frei lo sumerge a la cabeza del principal partido de un candidato que accede a la primera magistratura simbólicamente fragilizado. La derrota de Frei lo catapulta a un destino político superior, ya sea a la cabeza del principal partido de la oposición, o como articulador de una “nueva mayoría”.
December 31, 2009 No Comments
ESCALONA: CARA DE PALO.
El léxico de Marco Enríquez-Ominami le resulta insoportable e insostenible a Escalona. Tiene de qué. Aunque éste último declare a los medios otra cosa de lo que (el mismo) lee. Resulta sorprendente verlo afirmar sostener que no se saca nada con menoscabar a los partidos. Escalona siempre responde por algo que no le han preguntado, porque lo que busca instalar en la prensa es la invención de otra pregunta. En francés, hay una fórmula para describir este hábito y que traducida literalmente no funciona: “langue de bois”. Lengua de madera. La traducción aproximativa sería CARA DE PALO. En general, es un atributo que siempre se ganaban los viejos dirigentes del comunismo francés, que se caracterizaban por ser expertos en justificar lo injustificable. Digo, francés, para particularizar un poco. Al punto que se convirtió en un elemento fundamental de la carrera de todo dirigente profesional.
Marco Enríquez-Ominami no menoscaba a los partidos, sino al modelo de conducción partidaria encarnado en Escalona. Desde dicho modelo el dirigente del socialismo chileno señala que los partidos son los pies de la candidatura. ¡No se puede cortar los pies al comando!. Recuerdo hace muchos años atrás, haber visto los restos de un cuerpo petrificado de la cueva Morín (España), preservado en un bloque de material transparente por arqueólogos estadounidenses. El hombre llevaba un cervatillo en la espalda y tenía los pies cortados a la altura de los tobillos. Era una señal corporal para que no regresara a perturbar las andanzas de los vivos. Suena razonablemente campechano. El comando freísta jamás le podría cortar los pies a los partidos, porque éstos viven de la explotación y manejo de las ensoñaciones de los vivos. El comando mismo de campaña es una invención partidaria que se ha tomado patéticamente en serio su autonomía. Y claramente, mi recuerdo descalifica al propio comando freista al asociarlo a un fósil. El cervatillo es colocado en la tumba como una ofrenda para que el muerto pueda llevar sus propias vituallas durante el viaje. En la variante jocosa de este recuerdo, el cervatillo señala el cúmulo de prebendas con que los fósiles de la Concertación tendrán que portar al momento de abandonar el goce del aparato.
Regreso a Escalona: éste es más temible para si mismo cuando emplea el tipo de metáforas, como la de los pies, porque deja visible en extremo los flancos de su discursividad.
Ahora bien: si los partidos son los pies, a lo mejor, lo que hay que hacer es cambiar de zapatos. Hay un célebre comentario de filósofos y criticos de arte, sobre la importancia de los zapatos en la pintura de van Gogh. Se menciona el hecho que uno de los pares de zapatos que este pinta como desplazamiento de su autorretrato, no tiene cordones. Muestra los orificios del zapato exhibiendo la imposibilidad de cierre. Eso le ocurre a los partidos respecto del comando freista. No cierran. Los partidos tienen su zapatos des/lazados. Es decir, no amarran. No se amarran. No amarran a nadie, ni siquiera a sus bases. Porque los primeros des/amarrados –desligados de sus referentes simbólicos y textuales- son sus propios dirigentes. Estos carecen de referente filial más allá de lo que reúne a una banda de operadores que no trepida en recurrir a la extorsión simbólica de aquellos que todavía los sostienen, portando la avería analítica de su propia historia partidaria.
¿Cómo se escribe la historia de un partido? Ciertamente, como un gran sistema justificatorio de las decisiones de plenos y de comités ejecutivos sobre cuestiones programáticas cuya legitimidad se acomoda a los intereses de la fracción más fuerte de la banda, en una coyuntura específica. En este sentido, hay que saber que las bases partidarias, deudoras del mito del centralismo-democrático, son una invención orgánica de la dirigencia para llevar a cabo sus felonías. En primer lugar, la felonía de sostener la ilusión de dicho método de manejo de las subjetividades que conduce a la farsa policíaca de la dialéctica partido-masas.
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