política bloguera. Justo Pastor Mellado
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LA PALABRA PROGRESISTA.

En el comando freísta no hay ni buenos ni malos, sino solo incorregibles. Una campaña es un fenómeno de excepción en el terreno del lenguaje. En las declaraciones de sus agentes lo que predomina es el riesgo de la palabra. Esto debiera ser un yacimiento de ejemplos para un seminario completo en una escuela de comunicación. Aunque estoy más seguro de que la utilidad de un estudio de este tipo funcionaría más en una escuela de literatura creativa.
En la mañana del 16 de diciembre, los voceros freístas hablan del triunfo del cincuenta y cinco por ciento de progresistas. Debemos entender que el cuarenta y cuatro por ciento de los votantes de Piñera, no lo son. Hoy día, el campo freista es quien determina la producción de maniqueísmo. Hace algunos años, progresista era asociado a darwinista, en términos sociales. También había algunos textos en que el progreso de la historia estaba referido al avance ineluctable del socialismo. Textos publicados, evidentemente, en Ediciones Progreso, de Moscú.
En algún momento, para no tener que usar la palabra izquierda, la Concertación dominó los enunciados y rebajó el índice de conflictividad atribuído a la palabra izquierda. De tal manera, algunos mencionaban pertenecer a la izquierda-de-la-concertación. Se daba por descontado que la derecha-de-la-concertación era sinónimo de democracia-cristiana. La palabra progresista fue la solución de compromiso para superar la distinción y sepultar toda diferencia de origen en el compromiso de destino.
Arrate, en una de sus intervenciones televisivas en CNN Chile, realizó una distinción fundamental, aunque tardía en relación a lo que se hubiese podido esperar de un alto funcionario demasiado habituado a navegar en la corrección política. Yo no soy progresista, dijo, sino que soy de izquierda.
Arrate estableció una distinción que no fue recogida en el debate, porque tampoco hizo mérito para definir lo que él entendía por izquierda; fuera de insistir en la estrategia de la no-exclusión, que en términos estrictos, no define una política de izquierda. La producción de exclusión fue concebida para que la Concertación pudiera operar durante dos décadas como si los otros –que siempre son los comunistas- no hubiesen existido. En definitiva, practicó un anticomunismo blando que les permitió manejar los términos de una democracia vigilada por las propias cúpulas, con la carta de la extorsión bajo la alfombra.
¿Qué sería, pues, una política de izquierda? ¿Respecto de qué? ¡Si las renovaciones afectaron la delimitación propia de lo que solíamos denominar socialismo! En el sentido que hubo renovaciones procedentes de las Europas y otras renovaciones, más eficaces, que provienen de la Escuela del PRI, que es la que ha prevalecido. Bajo la palabra Europas se protegen dos ficciones: por una parte, el eurocomunismo de los socialistas que huyen de la Alemania democrática y descubren el dinero del PSOE; por otra parte, el compromiso histórico con garantía clerical pronosticado por los exilados romanos. Entonces, cuando escuché a Arrate decir que era de izquierda pensé en que el afiche de su campaña iba a ser el de la película Novecento, de Bertolucci. El problema era que de Bertolucci, yo prefiero La estrategia de la araña.
De modo que izquierda y progresismo, en la congelación de todo debate, hoy, son solo palabras encubridoras de un principio de realidad al que le han desmantelado el caudal fantasmal que concentraba la transición interminable.
El problema para el comando freista, entre otros, consiste en que la palabra progresista opera como un significante vacío. Inscribe lo que su cúpula vocera define como límite de su inversión. Pero el modelo de la vocera no se traduce en un modelo de acogida, como lo he planteado ayer.
¿En un mes de campaña, donde toda palabra se desliza en el fango de la irrelevancia, qué garantías de escucha puede ofrecer?.
Al final, todo es cuestión de actitud: el modelo de enunciación concertacionista está estructuralmente impedido de escuchar, porque se ha montado sobre la pragmática de la sustracción de ciudadanía. Sus agentes han sido expertos en desmantelar las iniciativas ciudadanas, invitando a sentarse a todo el mundo en torno a unas mesas ceremoniales, donde los roles ya estaban asignados para amedrentar, para extorsionar, para desactivar, para desgastar la resistencia de quienes carecen de herramientas para defenderse de los propios agentes de control y conversión de toda otredad en población vulnerable.
En Cultura, ¿qué futuro nos depara? ¿Cuál es la propuesta que podría garantizar que ese ministerio-sin-cartera no vaya a ser y hacer más de lo mismo? Por ejemplo: ¿no podrían adelantar un programa de cultura para los primeros cien días? No me refiero a la organización de carnavales, sino a la constitución de equipos, al diseño de un perfil, a partir de criterios compartidos, explicitados ante la ciudadanía. Sin embargo, no hay quien asuma la responsabilidad de ésta vocería. Los ministeriables intentan acallar el secreto-a-voces que hace visible sus ambiciones, pero no corren el riesgo de endosar un programa.
Respecto de Cultura, el comando freista no da ninguna señal que tenga rasgos mínimos de credibilidad. Cuando en el momento pre-bacheletista, Brodsky escribió la letra de unas medidas en cultura, lo hizo no fue presentar un programa que sería remado por ese comando, sino tan solo un inventario de intenciones. Habría que cotejar lo realizado en su método y en sus impactos reales, de acuerdo a la letra de Brodsky y al espíritu de Urrutia. En la actualidad, nadie se ha hecho cargo, siquiera, de la letra explícita porque todo indica que no será más que continuidad. Ottone (hijo) no se hace cargo de la dimensión de su ambición ministerial en el futuro gobierno. Debiera ser el sujeto visible de la propuesta cívica, pero no encara el discurso.
¿Dónde están los Estados Generales de la Cultura ? ¿Dónde están las nuevas voces que hablan de ficciones regionales diferenciadas? ¿En que pie está el reconocimiento de iniciativas de formación y de construcción de escena que respondan efectivamente a las demandas simbólicas de los imaginarios locales?
En definitiva: ¿qué quiere decir progresismo, en el sector Cultura? ¿Desmantelar la DIBAM en provecho de un Instituto del Patrimonio? ¿Negarle al Museo Nacional de Bellas Artes la posibilidad de ser un ente autónomo con presupuesto suficiente para competir de acuerdo a los standards internacionales de gestión museal?
Discúlpenme: ¿Cultura posee algún peso político significativo en la estructura de la Concertación ? ¿Ottone (hijo) es capaz de proporcionar ese animus garantizador de un nuevo peso político? ¿Cuál ha sido la evaluación de los años y los daños que Urrutia y sus equipos –oficiales y oficiosos- ha infringido a la dignidad ministerial? ¿De qué modo se puede implementar en Cultura, la hipótesis de acogida enunciada por Carolina Tohá al hacerse cargo del comando?

December 22, 2009   No Comments

DE MAESTRO DE LENGUAS A OPERADOR DE TRÁFICO.

Una de las performances discursivas más brillantes de los últimos tiempos, ha sido protagonizada hace un par de días por Enrique Correa, en la entrevista que le hizo Tomás Mosciatti en Radio Bio-Bio/CNN Chile. De hecho, por sus palabras me enteré que la transición chilena ya se había terminado y que este acontecimiento había tenido lugar durante el gobierno de lagos, aunque no precisó en qué momento.
Enrique Correa se ubica, sin duda alguna, en el terreno estrecho de los que saben establecer los límites de lo decidible, de lo decisorio y de lo decisional, en la “cultura de izquierda”. Como ya no se puede hablar de izquierda en términos definidos, emplearé el recurso alternado de “cultura de izquierda” para designar un espacio en el que deambulan agentes y operadores que otrora se definieron por su pertenencia a un partido reconocido como de izquierda.
No es que Enrique Correa practique una política de consenso, sino que desde la posición de empresario de comunicaciones, que siempre fue al interior de esa tradición, define los términos en que los otros (el resto) deben asumir los efectos de su palabra. En este caso, Enrique Correa es un verdadero “maestro de lenguas” y ha pasado a ocupar el estatuto de lo que Barthes –en “Sade, Fourier, Loyola”- a designado con el nombre de “logoteta”.
La maestría de Enrique Correa se verifica en lengua político/policial, porque fija la tolerancia del espacio institucional en que política y policía a secas se encuentran, habilitadas por un “corredor lenguajero” que permite y favorece el tráfico de los enunciados. Dicho sea de paso, entre este último y el tráfico de influencias existe apenas un corredor que hace la diferencia entre ser cara-de-raja y analista de la coyuntura. Frente a Tomás Mosciatti, Enrique Correa representaba el rol del analista de coyuntura convertido en cara-de-raja para cumplir propósitos de acogida en el campo freísta. No estoy seguro de que esta mutación en cámara le reporte dividendos a Frei.
Carolina Tohá debiera estar atenta a las marcaciones de voceros oficiosos que por fuera de los aparatos ejercen funciones de presión transversal. Enrique Correa le habla y le advierte desde CNN Chile. Siendo esa la “ciencia” en la que Enrique Correa se ha vuelto experto; es decir, en un vocero de voceros; un verdadero maestro de lenguas, como agenciador de la ciencia chilena del mensajero que inventa la irregularidad como espacio de sostenimiento de la regularidad. Por eso envía a sus mensajeros a merodear en ministerios frágiles, donde puede especular con sencillo a la vista. Mediante esta estrategia, el maestro de lenguas se muta en operador de tráfico interministerial, haciéndose portador de un modelo de doble poder que sustenta su enigmática retórica en la pragmática de gobernación de curia.
Carolina Tohá podría aplicar a Enrique Correa la frase “no me ayude compadre”, porque cuando éste reclama la necesidad de un gobierno en que los agentes sean reclutados por mérito, lo cierto es que resulta ofensivo para quienes hemos tenido que soportar la política de sostén del pituto que él mismo ha implementado en algunas de las iniciativas de doble poder en que ha incurrido.
Algunos de quienes votamos por Marco Enríquez-Ominami lo hicimos, justamente, porque rechazamos de plano el modelo de extrema versatilidad de un personaje que territorializa la palabra en exceso, interpretando cifras, signos y emblemas que confirman su facultad de convertir en rigor político la más abyecta de las banalidades policiales.
El maestro de lenguas ha sustituído al comisario político, para realizar la misión que el tiempo de las reconversiones del socialismo le tenía reservado, en su rol histórico de controlador de movilidad social.

December 20, 2009   No Comments