by Justo Pastor Mellado
La Nación del 20 de enero señala se refiere a la Concertación como si existiera como ente orgánico, capaz de llevar a cabo dos tareas inmediatas: realizar la autocrítica y ampliar el bloque. Pensar que la renuncia de los jefes de partido hubiese sido eficaz ya no tiene sentido, más que como un síntoma de descomposición política. Era tal el avance de ésta que hasta el propio Gobierno se distanció para no ser contaminado por la derrota.
¿Cómo es posible que la aprobación de la presidenta no se hubiese volcado en provecho del candidato? La respuesta de hoy hace pensar que dicha aprobación tiene todas las características de una operación escenográfica, siendo fiel a la instancia Curepto de su validación. O cierto es que el Gobierno no podía, desde su legitimidad evidente, sostener a un candidato cuya ilegitimidad se convirtió en tema. La Concertación, probablemente, se derrumbó el día en que Escalona agredió a Gómez, porque dejó en evidencia que los intereses de los aliados ya se habían reconocido en una incompatibilidad que excedía el programa, afectando sus propias bases afectivas.
Mi hipótesis de que Latorre deseaba la derrota de Frei, porque lo convertía en un personaje político autónomo, no fue la correcta. Latorre, por todo lo que analizado de su trayectoria partidaria, ha sido un simple secretario que fue conducido a ocupar un rol político para el cual no tenía peso propio. De este modo, carecía de ambición, en relación a la dupla Martínez-Alvear, que demostraba que tenía demasiada ambición. Ninguna de las dos estrategias cuajó dando lugar a una autonomía partidaria re-identitaria, si bien Latorre, al menos, dejó al partido en un buen pie como fuerza senatorial. Pero de ahí, a pensar que él podía liderar una autonomización partidaria consistente, me equivoqué. Aunque él sabe que el mayor peso de la visibilidad del desorden se lo lleva el partido socialista, al sostener -como ingeniero que es- que las tres candidaturas son un hecho indesmentible, sin entrar a responsabilizar a Escalona en el asunto. Le bastó señalar el dato empírico.
El problema de Escalona es más complejo, porque él representa un tipo de socialismo histórico apegado a sus más fieles tradiciones discursivas; como puede ser, en esta ocasión, la tradición ceremonial de la “autocrítica”, como pieza retórica destinada a distribuir responsabilidades en función de una operación de justificación interminable de “justeza de línea”.
Pues bien: la necesidad de ampliar el bloque depende de los alcances de la autocrítica. Pero aquí hay un supuesto insostenible: que el bloque existe. Más allá de los deseos de que exista, es muy probable que haya dejado de existir hace mucho. Como digo, en el momento del triunfo de Frei en las primarias-Curepto. Lo cual los hizo trabajar sobre una hipótesis imposible de remontar, respecto de la credibilidad de los guiones en juego, en esas escenas de amedrentamiento y de extorsión, que caracterizaron los últimos meses de campaña. Es decir, cuando la Concertación apeló a la memoria de las víctimas, ya perdió la batalla.
Desde el momento que Carolina Tohá tomó la jefatura y habló de la necesidad de acoger, dejó de ser acogedora. No podía ser de otra manera: no hizo absolutamente ningún gesto de acogida, más que amedrentar con el endoso de la derrota. Trasladó sus dotes de respóndelo-todo a un comando; pero ahora se advierte la dimensión del gesto de desistimiento de la propia presidenta: la envió en comisión-de-servicio, desde el Gobierno al Comando. En esta lógica, el Partido no existió. Es decir, la defección de las orgánicas ya había tenido lugar, porque se demostraron ineficaces para levantar una campaña territorial. La única estructura eficaz en ese ámbito seguía siendo el Gobierno. De modo que la solicitud condicionante planteada por ME-O no fue entendida como el procedimiento que encubrí el punto real del derrumbe. La petición de descabezar a los partidos demostraba que los partidos ya no tenían cabeza; que la cabeza de los partidos había sido transferida al Gobierno. En este sentido, el Gobierno fragilizó a los partidos como parte de un proceso inevitable, sin haberlo pensado mucho, pero desmantelando sus mitos a través de un desplazamiento de las dinámicas de deseo, desde el goce del aparato partidario al goce del aparato de Gobierno, lo que provocó una mutación en las dependencias subjetivas y en las lealtades grupales de nuevo tipo surgidas bajo protección funcionarial, en todos los niveles.
Dicho lo anterior, la autocrítica partidaria debiera ser realizada por quienes no participaron del goce de los aparatos; lo cual resulta simbólicamente impracticable, hasta que no se realicen los primeros ajustes de cuenta. No se debe confundir la autocrítica partidaria con el diagnóstico reservado de la pragmática gubernamental. De ello depende la posibilidad, no ya de ampliar el bloque, sino de recomponer la dignidad interna de cada partido.
by Justo Pastor Mellado
Pudo haber defendido la opción de haber votado nulo y rechazar la extorsión del endoso de la derrota. Debió haber tomado la ofensiva argumental que hubiera significado evidenciar la corrupción programática de la Concertación, que él mismo colaboró en su identificación. Sin embargo, cedió a las presiones de parte del sector que jamás aceptó de buen grado la lección de su gesto. Solo calificaron los efectos visibles de su puesta en duda como garantes de gobernabilidad. Así las cosas, el remezón simbólico de la Concertación demuestra que la fortaleza de sus sistemas de reducción de la diferencia están en directa relación con la fortaleza de la impugnación. En ese sentido, Marco Enríquez-Ominami no fue lo suficientemente fuerte como para romper la lógica de la extorsión filial. Había que serlo. Había que tener la disposición de realizar el corte irremediable con el modelo concertacionista de hacer política. Al murmurar su decisión de votar por el candidato del veintinueve por ciento, reprodujo a pesar suyo el mismo modelo. Mejor dicho, se expuso como la víctima de un proceso que no pudo concluir por si mismo.
En su discurso de su “apoyo”, el candidato quedó no solo nombrado, sino como un innombrable. Quien armó una estrategia de posicionamiento basada en la ilegitimidad de la nominación del candidato, tuvo que pronunciar un enunciado que le atribuye a última hora la legitimidad que hasta ayer jamás le reconoció. En este acto quedó desprotegido y experimentó el primer castigo desde los agentes del modelo de reducción política; a saber, la omisión como articulador explícito de las leyes de la última semana. Lo cual ya invalidaba la hipótesis por la cual el apoyo de Carlos Ominami al Innombrado era un puente para el arribo del marquismo.
Fue un error pensar que su arribo significaría probablemente un apoyo a los aires de renovación de la Concertación, encarnados en Orrego, Tohá y compañía. Eso hubiese querido decir que estos debían aceptar a un aliado que les vendría a disputar un liderazgo, lo cual, a ojos vista resultaba inaceptable. La renovación concertacionista no desea por motivo alguno la presencia de Marco Enríquez-Ominami. Hay que hacerle pagar el “daño” que hizo. O sea, haber demostrado un mayor espíritu libertario, a riesgo de deshacer las lealtades que se anudan en los orígenes de cada carrera.
Mi hipótesis es que la Concertación es in-renovable. Las palabras que habría que emplear serían, más bien, “recambio de cuadros”, sin que ello signifique tocar las estructuras de validación discursiva de la política concertacionista. Los nuevos rostros de este recambio, los llamados “príncipes”, son los “jóvenes lobos” aspiracionales que, en el seno de los partidos, esperan la garantización de los padres totémicos de la política chilena.
El gesto de Marco Enríquez-Ominami ya fue neutralizado orgánicamente al interior de la Concertación. La operación de Carlos Ominami y el saludo irónico de Escalona sobre la valentía de Marco, señalan la restitución del manejo paterno-saturnal de la política.
Lo que pudimos apreciar en esta ceremonia fue el sacrificio bíblico de quien sostuvo la amenaza simbólica de quienes lo levantaron, pero que a fin de cuentas ya no podían aceptar la radicalidad de sus propósitos. Resulta claro que Abraham Ominami escucha el mandato de Yaveh Concertación y sacrifica a Isaac Enríquez para recuperar los honores de la obediencia debida. Isaac resuelve salvar a Abraham en una variante del relato, en que todos terminan doblegándose a las leyes del Templo. Cambiamos un mito griego de pacotilla por un relato bíblico de origen, para validar un falsa parodia del regreso del hijo pródigo. Tal figura, sin embargo, no es viable, porque el que regresa debe nombrar al padre y el padre debe acoger a quien regresa, aún a riesgo de despertar los celos de los hermanos que permanecieron bajo su techo. No fue ese el guión de esta ceremonia.
A Marco Enriquez-Ominami lo hicieron hipotecar su capital político y cancelar, de paso, la posibilidad de liderar un movimiento que, inevitablemente, debía constituirse mediante una ruptura visible con las formas de producción de la política. El combate contra la corrupción programática de la Concertación era solo el comienzo. Sin embargo, los vigilantes de dicha corrupción, en el seno mismo de su iniciativa, ganaron la partida.
La programada y fatal defección de Marco Enríquez-Ominami ha sellado la derrota estratégica de quienes pensamos que era posible montar una ficción movimientista que asegurara la autonomía de un tipo complejo de producción de ciudadanía.
by Justo Pastor Mellado
En Tolerancia Cero, Carolina Tohá completó la operación masacre de la imagen de Marco Enríquez-Ominami, pasando a ocupar el rol de la mensajera a la que le han encomendado la tarea de señala la hora del arribo del tren a Yuma.
No duda en repetir la lección que reproduce la palabra martes como situación indicativa de una amenaza de proporciones. En los días anteriores, Bachelet ha telefoneado en privado al senador Ominami, haciéndolo asumir el rol del vigilante en el frente interno de Marco. De hecho, parece hacerle entender que le harán pagar caro el efecto de su diligencia. Si Marco apoya a Frei, el senador regresará a la política grande, como lo dado a entender Carolina Tohá, en el mismo programa.
Si Marco no apoya a Frei, Carlos será repudiado entre los veteranos de su generación. A menos que demuestre la suficiente distancia que le permita lavarse las manos. Pero a estas alturas, ni eso ya tiene valor. Los tiempos no están para la metáfora, sino para el voto.
En la previa, el objeto es hacer que Marco permanezca en un área que se le ha diseñado especialmente. Por oposición a la política grande a la que reingresa el padre, el hijo debe no poder abandonar un área de política chica, en la que debe quedar confinado. Ese debe ser el castigo para quien ha quedado desprotegido -al no pasar a segunda vuelta- y es objeto de la persecución de una jauría que no le debe perdonar el haber roto con ciertas trabas simbólicas.
Una de ellas ha sido desentenderse de las garantía simbólicas de los tutores de la política chilena.
Para enfrentar a Marco y su rupturalidad, debían poner a la cabeza del comando a Carolina Tohá, una eficiente vocera en situación de garantización permanente y que está disponible –diputada, vocera, jefa de comando- para ser la primera en demostrar que es la mejor alumna del socialismo orgánico. Lo que le importa no es Frei, sino La Concertación; en definitiva, el PS en La Concertación. Ella no posee autonomía, sino que es “operada” por su “inconciente socialista”.
La hipótesis que La Moneda se juega sobre Marco es que no pueda salir del área de la política chica, sobre todo por su demora en pronunciarse. De todas maneras hay que endosarle el precio de la derrota. Tironi ya lo advirtió en El Mercurio del sábado 9, porque aunque no esté en el comando, es portavoz del sentido común consistente: Marco está jugando con nosotros, dice; ya habría pasado el momento en que su pronunciamiento hubiese sido eficaz. A estas alturas, cada día que pasa, tiene cada vez menos valor.
¿Qué debiera hacer Marco Enríquez-Ominami? ¿Hablará el martes, después del debate de la noche del lunes? Lo que debiera hacer es continuar con su política de distinciones.
Ese ha sido su mayor logro: separar problemas y promover conexiones inhabituales, desbaratando las retóricas de la autojustificación interminable.
Si Frei es un mal menor, entonces, Marco Enríquez-Ominami debiera establecer relaciones micropolíticas con las figuras de la “renovación” concertacionista; es decir, con la minoría crítica que sabemos. Eso significaría justificar su apoyo a Frei, solo para fortalecer las dinámicas de renovación de la Concertación. Pero, ¿es efectivo que esas dinámicas existen, más allá de las imágenes que proyectan algunos rostros emergentes? De modo que la ficción de unos aliados al interior de dicho bloque en desconstitución no es efectiva.
Solo tendría eficacia si la Concertación sobrevive a este batalla decisiva. De lo contrario, ya no existirá como lo que se ha conocido hasta ahora. La masa crítica minoritaria se ocupará de fortalecer su posición al interior de cada partido, en situación de afirmación diferenciada.
Pensando en hoy: ¿bastan los rostros de Orrego, Navarrete, Walker, Díaz, Rossi, por nombrar a algunos, para garantizar un proceso de renovación de las “maneras de hacer” de la Concertación? Un rostro facializa una intención, pero no asegura una política de infraestructura, todavía. Aunque Marco declare sus propósitos en esta hipótesis, los supuestos anfitriones no están dispuestos a enfrentar a los padres totémicos en su nombre. Prefieren la autonomía relativa que les permita manejar una nueva legitimidad tolerada. Esto hace pensar que la Concertación, estructuralmente, es in-renovable.
Estamos a lunes en la tarde: las leyes “marquistas”, mal que le pese la denominación a Bachelet, no son suficiente garantía de renovación, sino una muestra desesperada de la voracidad electoral freista. Eso deja en claro la desidia del Ejecutivo, al no haber instalado estas iniciativas en su agenda normal. Lo cierto es que la existencia de Marco Enríquez-Ominami no permite imaginar transacciones como ha sido la tradición concertacionista. El hombre conoce las técnicas del reduccionismo de aparato y no tiene confianza en las lealtades obtenidas bajo amedrentamiento.
Para ser fiel a si mismo y al delirio estructurado que montó y sistematizó, debe radicalizar su posición respecto de Frei y hacerlo responsable de la corrupción programática a la que hizo tan brillantemente mención en Tolerancia Cero de hace algunas semanas.
Forma parte de esa corrupción el recurrir en momentos de desesperación, a la extorsión mediante la ostentación de la victimalidad.
La Concertación ha heredado la frase monumental de “ser la voz de los que no tienen voz”, convirtiendo a las víctimas en una reserva moral, exhibida sólo cuando debe recurrir a ella como un último recurso, que es nuevamente, un modo abyecto de seguir poniendo los muertos sobre la mesa.
Marco Enríquez-Ominami debe recusar con decisión los intentos de endoso de la derrota, con la suficiente elocuencia que impida que la hipótesis de Bachelet funcione. La transformación de la política a la que Marco Enríquez-Ominami apela, tuvo su comienzo en la canalización y sistematización de un malestar colectivo respecto de las prácticas reductoras de la autonomía. Pero es tan solo el comienzo de una propuesta que ha tenido una forma de expresión excepcional, en el formato de una presidencial. Sin embargo, es deseable pensar que Marco Enríquez-Ominami encabeza un movimiento de transformación de la política que exige romper simbólicamente con las cadenas de extorsión sobre las que la Concertación ha llegado al gobierno y se ha mantenido en él.
La derrota de Frei es el síntoma del desgaste que ha experimentado la sustitución policial de las voces de la multitud.
El triunfo de Marco Enríquez-Ominami solo se ratifica en el terreno de la ficción ética, que autoriza el montaje de dispositivos de emancipación de la subjetividad cívica.
by Justo Pastor Mellado
La eficiente performance de Carolina Tohá en Tolerancia Cero del domingo 11 de enero redistribuye las tensiones interpretativas que la prensa escrita había exhibido durante la mañana. Toso se está definiendo hora a hora, en estos días. Su principal tarea era remontar el efecto demoledor de las palabras impresas mediante la representación histérica de las discusiones escolares de recreo donde el objetivo es desestabilizar al adversario tocándole la oreja.
La portada esgrimida por la sección Reportajes de La Tercera en su edición dominguera, propinó el golpe mediático más duro a la vanidad de una candidatura. Junto a la reproducción de la sombra perfilada y del gesto manual que caracterizó la proxémica de Frei, la frase de bajada corresponde al texto de una lápida: “Chile no es el mismo de los 90 y yo tampoco”.
La portada es todo. Lo que está diciendo La Tercera es que Frei no es ni la sombra de lo que era en el 90. La afirmación se agrava en la medida que el gesto manual solo sirve para medir la consistencia de un perfil apenas acarreado. La silueta de Frei es el síntoma regresivo de aquello que no logra establecer una imagen de si.
Así como Escalona hacía referencia inconciente a los zapatos de van Gogh, al sostener que los partidos eran los pies del comando, aquí, la silueta del candidato reproduce otra historia de pacotilla de la imagen, al establecer la distancia entre el deseo programático y la representación de sus (d)efectos.
Al interior del suplemento, en las páginas 4 y 5, la entrevista no hace más que ilustrar narrativamente el contorno de un discurso destinado a reproducir su propio cierre. Y si se compara el cuerpo de escritura de esta entrevista con el análisis político de las páginas 6 y 7, entonces, Frei nuevamente queda como un replicador de si mismo, ante los efectos aceleradores de campo que supone el nombre de Marco Enríquez-Ominami, en el espacio de manejo informativo. No es Frei el que domina el debate. Por el contrario, La Moneda sustituye al Comando en la ofensiva real, modificando su agenda legislativa, con el solo propósito de lograr limpiar las supuestas responsabilidades de Bachelet en una eventual derrota de Frei. Ha llegado la triste hora de lavarse las manos. Eso se prepara con ahínco. Y para ello, qué mejor que pasar a una ofensiva que ofrece un elemento distractor de gran envergadura, que consiste en la proclamación de Bachelet como candidata al 2014. Esa campaña ya ha comenzado. Aquí no se debe perder el tiempo.
Para lavarse de la responsabilidad que significa no haber podido trasladar su porcentaje de aprobación hacia el candidato oficial, la hipótesis consiste en que Bachelet está dispuesta a que Marco pague un alto precio por no apoyar a Frei. Eso pasaba por amedrentar al padre. Así las cosas, quedaba libre la vía de criminalizar la negativa eventual de Marco, para obtener un propósito subordinado, que es el alejar de la Presidenta toda responsabilidad en la derrota de Frei. La Moneda ha resuelto reproducir la frase de Rodrigo Salinas en El Club de la Comedia: “Perdón, perdón, no fue mi intención, …”.
Para la Concertación, la historia ya no se repite como farsa, como parodia, sino como sketch.
La jugada de La Moneda exhibió su exceso de verosimilitud en el momento mismo en que fue enunciada. Primera fase: las tres iniciativas legislativas fueron presentadas para ser percibidas como un gesto desde La Moneda hacia el marquismo. Segunda fase: La Moneda presenta las iniciativas poniendo el énfasis en que el origen de éstas pertenece al Ejecutivo.
Está claro. Las segunda fase anula el propósito de la primera. Por lo tanto, la operación pierde toda eficacia. Estaba prevista la exhibición de esta pérdida. La potestad presidencial no puede quedar a merced de los cálculos del Comando en los últimos días de la campaña. Entonces, Bachelet ha estado errática. Las iniciativas invalidadas como garantía implícita hacia el marquismo, ponen el acento en la desconfianza hacia un alguien que a su juicio puso en peligro la ley del silencio, al tomarse en serio un deseo que involucra algo más que la renovación de la Concertación, porque en términos estructurales, ésta es in-renovable.
Finalmente, el supuesto con que parece haber trabajado La Moneda fue simplemente la exposición perversa de la solución de compromiso entre Pérez-Yoma y Viera-Gallo. El rimero borrando con el codo lo que el segundo había intentado escribir con la mano.
by Justo Pastor Mellado
En el texto anterior hablé de la dialéctica partido-masas. En épocas de campaña es preciso recuperar las viejas palabras, con la secreta esperanza de redorar viejos blasones. Ahora habrá que hablar de la dialéctica comando-partidos, para convencer a los cercanos de que las tareas pueden ser cumplidas. Ricardo Solari, en un programa en horario de “regreso a casa” de radio Futuro, el lunes 28, no es capaz de explicar las causas de la más baja votación de la Concertación. Iván Núñez le pregunta si ha habido alguna autocrítica, frente a lo cual, Solari, un veterano de la mutación lexical del socialismo, solo constata un hecho que a su juicio, explica dicha baja. Con la parsimonia del dirigente que sabe que está ofendiendo nuestra capacidad analítica, argumenta que la causa de todo está en la dispersión de fuerzas, pasando de paso a producir la ficción de que “todos éramos lo mismo”. Solari sabe que eso no es una explicación. Es más; sabe que toda explicación es inconsistente, porque siendo uno de los dirigentes con el espíritu analítico más sutil, conoce perfectamente los límites de la lengua-cara-de-palo que domina su sector.
Lo cierto es que ni Solari puede analizar lo que el comando hace, sin tener que subordinarse a lo que sus voceros dicen. De modo que permanece prisionero de la expresión de los deseos manifiestos de la cúpula del comando, siendo él, un hombre de la cúpula partidaria que constata con horror que la permanencia de Escalona le ha impedido ejercer con eficacia el rol de un agente garantizador del traspaso de votos del marquismo.
El hecho es que Solari solo hizo mención a un dato que no respondió a la pregunta de Iván Núñez. Por el contrario, con la habilidad de los animales de tiro que con los ojos vendados transportan carga bordeando precipicios, se dedicó a repetir sin mayor convencimiento los dichos que la presidenta había enunciado en la mañana, sobre la necesidad de distinguir entre negocios y política.
No es seguro que ese ataque al piñerismo tuviese eficacia frente al electorado marquista, que necesita señales más “potentes”, como suelen decir los comandantes freístas. A menos que apunten hacia la reivindicación de una moralidad superior que, viniendo de la Concertación, no podría ser más que contraproducente, sobre todo después del sobreseimiento de Ajenjo y compañía. Más allá de la presunción de inocencia, lo que queda es un amargo sabor de incredulidad ante la justicia de la Justicia.
Al menos, Solari demostró tener buenos zapatos para caminar en este terreno extremadamente movedizo de la interpretación de los deseos de su propio sector. Por que si hay una cosa a la que hay que poner atención, más que a la captación de votos de otros sectores, es a la fidelización de los propios partidarios, y para eso, Solari derrochó alabanzas para Carolina Tohá, que fuera una excelente vocera y exitosa diputada, que sabe enfocar muy bien los problemas y ajustar las relaciones entre las cuestiones menores y las cuestiones centrales, con propósitos claros y un gran sentido de la perspectiva. Pero eso es casi una arenga para satisfacer a las huestes paralizadas por un gran sentimiento de derrota y que apenas se reponen, a fuerza de una movilización centrada en la victimalidad.
Por su parte, Escalona, incólume, sigue apostando a que los agentes del comando freista carecen de buenos zapatos. Es una manera vedada de decir que perdieron la ruta. Mientras Auth, previsor por exceso, declara estar dispuesto a cambiarse de horma a la primera ocasión en que le ofrezcan otro par. Lo cual no le impide a Escalona amenazar con que sería suicida la pretensión de alejar a las colectividades oficialistas de la campaña.
Aquí, Escalona aceleró la variación lexical para sustituir en la percepción pública dos palabras: colectividad y campaña. Escalona pretende a través de esta proyección evocar la legitimidad de una ficción a dos bandas; una, que afecta los principios; otra, que apunta a cuestiones pragmáticas. Lo colectivo apela a la vertiente arcaica del socialismo; la campaña remite a una gesta heroica que transmite el espíritu de la perseverancia allendista. Si hay algo que se asocia a la fantasmática allendista es la noción de campaña. Porque mejor ni mencionar en este contexto el “espíritu” de la Marcha de la Patria Joven. Probablemente, más allá de las reivindicaciones doctrinarias de Latorre en El Mercurio, esta mención no parece del todo oportuna.
En verdad, lo que Marco Enríquez-Ominami planteó y que a estas alturas no tiene ninguna posibilidad de ser, es que las actuales cúpulas abandonaran las direcciones que condujeron a la derrota y que fuesen reemplazadas por otras que estén en condiciones de ofrezcan algunas garantías que las actuales no están en medida de asegurar.
Y la respuesta es clara: no hay desplazamiento. Todo lo contrario: se quedan y afirman la nece(si)dad de su existencia en el comando, que no logra articular una campaña suficientemente asentada en los partidos.
Todo lo cual no deja de ser confuso y contradictorio, puesto que Frei es quien legitima a los dirigentes del comando en contra de los dirigentes partidarios, a quienes –en el fondo- jamás ha respetado. Lo cual me lleva a pensar que Latorre gana más con Frei derrotado, porque se convierte en figura nacional incontestada, al dirigir eventualmente al mayor partido de la futura oposición.
¿Y quién no asegura que Latorre esté pensando formar con Piñera una plataforma “a la alemana”, que consista en abandonar a sus aliados de hoy, los socialistas, para pactar con la centro derecha, que por su parte, debiera desentenderse de su alianza con la extrema derecha. Pero esta hipótesis es la que Patricio Navia ya formuló hace meses, imaginando un escenario en el que Piñera como presidente tendría que hacer algo de esta naturaleza para construir una base estable de gobernabilidad.
En definitiva, el 17 de enero no es tan solo una fecha más en la historia de las rearticulaciones de bandas. Por eso Escalona está más crispado que nunca. De otro modo no se explica la bronca contra Gómez, en el estrado aquel, en el que Frei fue devorado por la premura de hablar primero.
El diseño por el que tanto ha sacrificado fue puesto en apuro con las pretensiones de Insulza. Por eso, una vez experimentada la caída de éste último, debía correr para comprometer su apoyo a Frei, antes que surgiera otro candidato en el seno de sus propias filas. No tuvo éxito. Se levantó algo peor para él: la candidatura de Marco Enríquez-Ominami. Solo que a éste no lo podía tratar como a Gómez. Algunas bases ofendidas por su lengua-de-palo se habían rebelado sosteniendo apenas la salida de Arrate, que permanecería en la crítica políticamente correcta de la Concertación. Pero el levantamiento del nombre de Marco Enríquez-Ominami iniciaba su arremetida simbólica contra los supuestos en que la propia Concertación se sostenía, poniendo en evidencia la ruptura de la filiación extorsiva con que ésta ha alcanzado los últimos gobiernos.
El discurso actual del comando freista no ha superado la impasse estructural que la salida de Escalona y de Latorre hubiesen contribuído a resolver, sin tener que recurrir a la amenaza y al terror. De todos modos, Latorre está a la espera. El triunfo de Frei lo sumerge a la cabeza del principal partido de un candidato que accede a la primera magistratura simbólicamente fragilizado. La derrota de Frei lo catapulta a un destino político superior, ya sea a la cabeza del principal partido de la oposición, o como articulador de una “nueva mayoría”.
by Justo Pastor Mellado
En el comando freísta no hay ni buenos ni malos, sino solo incorregibles. Una campaña es un fenómeno de excepción en el terreno del lenguaje. En las declaraciones de sus agentes lo que predomina es el riesgo de la palabra. Esto debiera ser un yacimiento de ejemplos para un seminario completo en una escuela de comunicación. Aunque estoy más seguro de que la utilidad de un estudio de este tipo funcionaría más en una escuela de literatura creativa.
En la mañana del 16 de diciembre, los voceros freístas hablan del triunfo del cincuenta y cinco por ciento de progresistas. Debemos entender que el cuarenta y cuatro por ciento de los votantes de Piñera, no lo son. Hoy día, el campo freista es quien determina la producción de maniqueísmo. Hace algunos años, progresista era asociado a darwinista, en términos sociales. También había algunos textos en que el progreso de la historia estaba referido al avance ineluctable del socialismo. Textos publicados, evidentemente, en Ediciones Progreso, de Moscú.
En algún momento, para no tener que usar la palabra izquierda, la Concertación dominó los enunciados y rebajó el índice de conflictividad atribuído a la palabra izquierda. De tal manera, algunos mencionaban pertenecer a la izquierda-de-la-concertación. Se daba por descontado que la derecha-de-la-concertación era sinónimo de democracia-cristiana. La palabra progresista fue la solución de compromiso para superar la distinción y sepultar toda diferencia de origen en el compromiso de destino.
Arrate, en una de sus intervenciones televisivas en CNN Chile, realizó una distinción fundamental, aunque tardía en relación a lo que se hubiese podido esperar de un alto funcionario demasiado habituado a navegar en la corrección política. Yo no soy progresista, dijo, sino que soy de izquierda.
Arrate estableció una distinción que no fue recogida en el debate, porque tampoco hizo mérito para definir lo que él entendía por izquierda; fuera de insistir en la estrategia de la no-exclusión, que en términos estrictos, no define una política de izquierda. La producción de exclusión fue concebida para que la Concertación pudiera operar durante dos décadas como si los otros –que siempre son los comunistas- no hubiesen existido. En definitiva, practicó un anticomunismo blando que les permitió manejar los términos de una democracia vigilada por las propias cúpulas, con la carta de la extorsión bajo la alfombra.
¿Qué sería, pues, una política de izquierda? ¿Respecto de qué? ¡Si las renovaciones afectaron la delimitación propia de lo que solíamos denominar socialismo! En el sentido que hubo renovaciones procedentes de las Europas y otras renovaciones, más eficaces, que provienen de la Escuela del PRI, que es la que ha prevalecido. Bajo la palabra Europas se protegen dos ficciones: por una parte, el eurocomunismo de los socialistas que huyen de la Alemania democrática y descubren el dinero del PSOE; por otra parte, el compromiso histórico con garantía clerical pronosticado por los exilados romanos. Entonces, cuando escuché a Arrate decir que era de izquierda pensé en que el afiche de su campaña iba a ser el de la película Novecento, de Bertolucci. El problema era que de Bertolucci, yo prefiero La estrategia de la araña.
De modo que izquierda y progresismo, en la congelación de todo debate, hoy, son solo palabras encubridoras de un principio de realidad al que le han desmantelado el caudal fantasmal que concentraba la transición interminable.
El problema para el comando freista, entre otros, consiste en que la palabra progresista opera como un significante vacío. Inscribe lo que su cúpula vocera define como límite de su inversión. Pero el modelo de la vocera no se traduce en un modelo de acogida, como lo he planteado ayer.
¿En un mes de campaña, donde toda palabra se desliza en el fango de la irrelevancia, qué garantías de escucha puede ofrecer?.
Al final, todo es cuestión de actitud: el modelo de enunciación concertacionista está estructuralmente impedido de escuchar, porque se ha montado sobre la pragmática de la sustracción de ciudadanía. Sus agentes han sido expertos en desmantelar las iniciativas ciudadanas, invitando a sentarse a todo el mundo en torno a unas mesas ceremoniales, donde los roles ya estaban asignados para amedrentar, para extorsionar, para desactivar, para desgastar la resistencia de quienes carecen de herramientas para defenderse de los propios agentes de control y conversión de toda otredad en población vulnerable.
En Cultura, ¿qué futuro nos depara? ¿Cuál es la propuesta que podría garantizar que ese ministerio-sin-cartera no vaya a ser y hacer más de lo mismo? Por ejemplo: ¿no podrían adelantar un programa de cultura para los primeros cien días? No me refiero a la organización de carnavales, sino a la constitución de equipos, al diseño de un perfil, a partir de criterios compartidos, explicitados ante la ciudadanía. Sin embargo, no hay quien asuma la responsabilidad de ésta vocería. Los ministeriables intentan acallar el secreto-a-voces que hace visible sus ambiciones, pero no corren el riesgo de endosar un programa.
Respecto de Cultura, el comando freista no da ninguna señal que tenga rasgos mínimos de credibilidad. Cuando en el momento pre-bacheletista, Brodsky escribió la letra de unas medidas en cultura, lo hizo no fue presentar un programa que sería remado por ese comando, sino tan solo un inventario de intenciones. Habría que cotejar lo realizado en su método y en sus impactos reales, de acuerdo a la letra de Brodsky y al espíritu de Urrutia. En la actualidad, nadie se ha hecho cargo, siquiera, de la letra explícita porque todo indica que no será más que continuidad. Ottone (hijo) no se hace cargo de la dimensión de su ambición ministerial en el futuro gobierno. Debiera ser el sujeto visible de la propuesta cívica, pero no encara el discurso.
¿Dónde están los Estados Generales de la Cultura ? ¿Dónde están las nuevas voces que hablan de ficciones regionales diferenciadas? ¿En que pie está el reconocimiento de iniciativas de formación y de construcción de escena que respondan efectivamente a las demandas simbólicas de los imaginarios locales?
En definitiva: ¿qué quiere decir progresismo, en el sector Cultura? ¿Desmantelar la DIBAM en provecho de un Instituto del Patrimonio? ¿Negarle al Museo Nacional de Bellas Artes la posibilidad de ser un ente autónomo con presupuesto suficiente para competir de acuerdo a los standards internacionales de gestión museal?
Discúlpenme: ¿Cultura posee algún peso político significativo en la estructura de la Concertación ? ¿Ottone (hijo) es capaz de proporcionar ese animus garantizador de un nuevo peso político? ¿Cuál ha sido la evaluación de los años y los daños que Urrutia y sus equipos –oficiales y oficiosos- ha infringido a la dignidad ministerial? ¿De qué modo se puede implementar en Cultura, la hipótesis de acogida enunciada por Carolina Tohá al hacerse cargo del comando?
by Justo Pastor Mellado
Una de las performances discursivas más brillantes de los últimos tiempos, ha sido protagonizada hace un par de días por Enrique Correa, en la entrevista que le hizo Tomás Mosciatti en Radio Bio-Bio/CNN Chile. De hecho, por sus palabras me enteré que la transición chilena ya se había terminado y que este acontecimiento había tenido lugar durante el gobierno de lagos, aunque no precisó en qué momento.
Enrique Correa se ubica, sin duda alguna, en el terreno estrecho de los que saben establecer los límites de lo decidible, de lo decisorio y de lo decisional, en la “cultura de izquierda”. Como ya no se puede hablar de izquierda en términos definidos, emplearé el recurso alternado de “cultura de izquierda” para designar un espacio en el que deambulan agentes y operadores que otrora se definieron por su pertenencia a un partido reconocido como de izquierda.
No es que Enrique Correa practique una política de consenso, sino que desde la posición de empresario de comunicaciones, que siempre fue al interior de esa tradición, define los términos en que los otros (el resto) deben asumir los efectos de su palabra. En este caso, Enrique Correa es un verdadero “maestro de lenguas” y ha pasado a ocupar el estatuto de lo que Barthes –en “Sade, Fourier, Loyola”- a designado con el nombre de “logoteta”.
La maestría de Enrique Correa se verifica en lengua político/policial, porque fija la tolerancia del espacio institucional en que política y policía a secas se encuentran, habilitadas por un “corredor lenguajero” que permite y favorece el tráfico de los enunciados. Dicho sea de paso, entre este último y el tráfico de influencias existe apenas un corredor que hace la diferencia entre ser cara-de-raja y analista de la coyuntura. Frente a Tomás Mosciatti, Enrique Correa representaba el rol del analista de coyuntura convertido en cara-de-raja para cumplir propósitos de acogida en el campo freísta. No estoy seguro de que esta mutación en cámara le reporte dividendos a Frei.
Carolina Tohá debiera estar atenta a las marcaciones de voceros oficiosos que por fuera de los aparatos ejercen funciones de presión transversal. Enrique Correa le habla y le advierte desde CNN Chile. Siendo esa la “ciencia” en la que Enrique Correa se ha vuelto experto; es decir, en un vocero de voceros; un verdadero maestro de lenguas, como agenciador de la ciencia chilena del mensajero que inventa la irregularidad como espacio de sostenimiento de la regularidad. Por eso envía a sus mensajeros a merodear en ministerios frágiles, donde puede especular con sencillo a la vista. Mediante esta estrategia, el maestro de lenguas se muta en operador de tráfico interministerial, haciéndose portador de un modelo de doble poder que sustenta su enigmática retórica en la pragmática de gobernación de curia.
Carolina Tohá podría aplicar a Enrique Correa la frase “no me ayude compadre”, porque cuando éste reclama la necesidad de un gobierno en que los agentes sean reclutados por mérito, lo cierto es que resulta ofensivo para quienes hemos tenido que soportar la política de sostén del pituto que él mismo ha implementado en algunas de las iniciativas de doble poder en que ha incurrido.
Algunos de quienes votamos por Marco Enríquez-Ominami lo hicimos, justamente, porque rechazamos de plano el modelo de extrema versatilidad de un personaje que territorializa la palabra en exceso, interpretando cifras, signos y emblemas que confirman su facultad de convertir en rigor político la más abyecta de las banalidades policiales.
El maestro de lenguas ha sustituído al comisario político, para realizar la misión que el tiempo de las reconversiones del socialismo le tenía reservado, en su rol histórico de controlador de movilidad social.