política bloguera. Justo Pastor Mellado
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EL QUIEBRE DE GOCE.

La Nación del 20 de enero señala se refiere a la Concertación como si existiera como ente orgánico, capaz de llevar a cabo dos tareas inmediatas: realizar la autocrítica y ampliar el bloque. Pensar que la renuncia de los jefes de partido hubiese sido eficaz ya no tiene sentido, más que como un síntoma de descomposición política. Era tal el avance de ésta que hasta el propio Gobierno se distanció para no ser contaminado por la derrota.
¿Cómo es posible que la aprobación de la presidenta no se hubiese volcado en provecho del candidato? La respuesta de hoy hace pensar que dicha aprobación tiene todas las características de una operación escenográfica, siendo fiel a la instancia Curepto de su validación. O cierto es que el Gobierno no podía, desde su legitimidad evidente, sostener a un candidato cuya ilegitimidad se convirtió en tema. La Concertación, probablemente, se derrumbó el día en que Escalona agredió a Gómez, porque dejó en evidencia que los intereses de los aliados ya se habían reconocido en una incompatibilidad que excedía el programa, afectando sus propias bases afectivas.
Mi hipótesis de que Latorre deseaba la derrota de Frei, porque lo convertía en un personaje político autónomo, no fue la correcta. Latorre, por todo lo que analizado de su trayectoria partidaria, ha sido un simple secretario que fue conducido a ocupar un rol político para el cual no tenía peso propio. De este modo, carecía de ambición, en relación a la dupla Martínez-Alvear, que demostraba que tenía demasiada ambición. Ninguna de las dos estrategias cuajó dando lugar a una autonomía partidaria re-identitaria, si bien Latorre, al menos, dejó al partido en un buen pie como fuerza senatorial. Pero de ahí, a pensar que él podía liderar una autonomización partidaria consistente, me equivoqué. Aunque él sabe que el mayor peso de la visibilidad del desorden se lo lleva el partido socialista, al sostener -como ingeniero que es- que las tres candidaturas son un hecho indesmentible, sin entrar a responsabilizar a Escalona en el asunto. Le bastó señalar el dato empírico.
El problema de Escalona es más complejo, porque él representa un tipo de socialismo histórico apegado a sus más fieles tradiciones discursivas; como puede ser, en esta ocasión, la tradición ceremonial de la “autocrítica”, como pieza retórica destinada a distribuir responsabilidades en función de una operación de justificación interminable de “justeza de línea”.
Pues bien: la necesidad de ampliar el bloque depende de los alcances de la autocrítica. Pero aquí hay un supuesto insostenible: que el bloque existe. Más allá de los deseos de que exista, es muy probable que haya dejado de existir hace mucho. Como digo, en el momento del triunfo de Frei en las primarias-Curepto. Lo cual los hizo trabajar sobre una hipótesis imposible de remontar, respecto de la credibilidad de los guiones en juego, en esas escenas de amedrentamiento y de extorsión, que caracterizaron los últimos meses de campaña. Es decir, cuando la Concertación apeló a la memoria de las víctimas, ya perdió la batalla.
Desde el momento que Carolina Tohá tomó la jefatura y habló de la necesidad de acoger, dejó de ser acogedora. No podía ser de otra manera: no hizo absolutamente ningún gesto de acogida, más que amedrentar con el endoso de la derrota. Trasladó sus dotes de respóndelo-todo a un comando; pero ahora se advierte la dimensión del gesto de desistimiento de la propia presidenta: la envió en comisión-de-servicio, desde el Gobierno al Comando. En esta lógica, el Partido no existió. Es decir, la defección de las orgánicas ya había tenido lugar, porque se demostraron ineficaces para levantar una campaña territorial. La única estructura eficaz en ese ámbito seguía siendo el Gobierno. De modo que la solicitud condicionante planteada por ME-O no fue entendida como el procedimiento que encubrí el punto real del derrumbe. La petición de descabezar a los partidos demostraba que los partidos ya no tenían cabeza; que la cabeza de los partidos había sido transferida al Gobierno. En este sentido, el Gobierno fragilizó a los partidos como parte de un proceso inevitable, sin haberlo pensado mucho, pero desmantelando sus mitos a través de un desplazamiento de las dinámicas de deseo, desde el goce del aparato partidario al goce del aparato de Gobierno, lo que provocó una mutación en las dependencias subjetivas y en las lealtades grupales de nuevo tipo surgidas bajo protección funcionarial, en todos los niveles.
Dicho lo anterior, la autocrítica partidaria debiera ser realizada por quienes no participaron del goce de los aparatos; lo cual resulta simbólicamente impracticable, hasta que no se realicen los primeros ajustes de cuenta. No se debe confundir la autocrítica partidaria con el diagnóstico reservado de la pragmática gubernamental. De ello depende la posibilidad, no ya de ampliar el bloque, sino de recomponer la dignidad interna de cada partido.

January 21, 2010   No Comments

LA DERROTA ESTRATÉGICA.

Pudo haber defendido la opción de haber votado nulo y rechazar la extorsión del endoso de la derrota. Debió haber tomado la ofensiva argumental que hubiera significado evidenciar la corrupción programática de la Concertación, que él mismo colaboró en su identificación. Sin embargo, cedió a las presiones de parte del sector que jamás aceptó de buen grado la lección de su gesto. Solo calificaron los efectos visibles de su puesta en duda como garantes de gobernabilidad. Así las cosas, el remezón simbólico de la Concertación demuestra que la fortaleza de sus sistemas de reducción de la diferencia están en directa relación con la fortaleza de la impugnación. En ese sentido, Marco Enríquez-Ominami no fue lo suficientemente fuerte como para romper la lógica de la extorsión filial. Había que serlo. Había que tener la disposición de realizar el corte irremediable con el modelo concertacionista de hacer política. Al murmurar su decisión de votar por el candidato del veintinueve por ciento, reprodujo a pesar suyo el mismo modelo. Mejor dicho, se expuso como la víctima de un proceso que no pudo concluir por si mismo.
En su discurso de su “apoyo”, el candidato quedó no solo nombrado, sino como un innombrable. Quien armó una estrategia de posicionamiento basada en la ilegitimidad de la nominación del candidato, tuvo que pronunciar un enunciado que le atribuye a última hora la legitimidad que hasta ayer jamás le reconoció. En este acto quedó desprotegido y experimentó el primer castigo desde los agentes del modelo de reducción política; a saber, la omisión como articulador explícito de las leyes de la última semana. Lo cual ya invalidaba la hipótesis por la cual el apoyo de Carlos Ominami al Innombrado era un puente para el arribo del marquismo.
Fue un error pensar que su arribo significaría probablemente un apoyo a los aires de renovación de la Concertación, encarnados en Orrego, Tohá y compañía. Eso hubiese querido decir que estos debían aceptar a un aliado que les vendría a disputar un liderazgo, lo cual, a ojos vista resultaba inaceptable. La renovación concertacionista no desea por motivo alguno la presencia de Marco Enríquez-Ominami. Hay que hacerle pagar el “daño” que hizo. O sea, haber demostrado un mayor espíritu libertario, a riesgo de deshacer las lealtades que se anudan en los orígenes de cada carrera.
Mi hipótesis es que la Concertación es in-renovable. Las palabras que habría que emplear serían, más bien, “recambio de cuadros”, sin que ello signifique tocar las estructuras de validación discursiva de la política concertacionista. Los nuevos rostros de este recambio, los llamados “príncipes”, son los “jóvenes lobos” aspiracionales que, en el seno de los partidos, esperan la garantización de los padres totémicos de la política chilena.
El gesto de Marco Enríquez-Ominami ya fue neutralizado orgánicamente al interior de la Concertación. La operación de Carlos Ominami y el saludo irónico de Escalona sobre la valentía de Marco, señalan la restitución del manejo paterno-saturnal de la política.
Lo que pudimos apreciar en esta ceremonia fue el sacrificio bíblico de quien sostuvo la amenaza simbólica de quienes lo levantaron, pero que a fin de cuentas ya no podían aceptar la radicalidad de sus propósitos. Resulta claro que Abraham Ominami escucha el mandato de Yaveh Concertación y sacrifica a Isaac Enríquez para recuperar los honores de la obediencia debida. Isaac resuelve salvar a Abraham en una variante del relato, en que todos terminan doblegándose a las leyes del Templo. Cambiamos un mito griego de pacotilla por un relato bíblico de origen, para validar un falsa parodia del regreso del hijo pródigo. Tal figura, sin embargo, no es viable, porque el que regresa debe nombrar al padre y el padre debe acoger a quien regresa, aún a riesgo de despertar los celos de los hermanos que permanecieron bajo su techo. No fue ese el guión de esta ceremonia.
A Marco Enriquez-Ominami lo hicieron hipotecar su capital político y cancelar, de paso, la posibilidad de liderar un movimiento que, inevitablemente, debía constituirse mediante una ruptura visible con las formas de producción de la política. El combate contra la corrupción programática de la Concertación era solo el comienzo. Sin embargo, los vigilantes de dicha corrupción, en el seno mismo de su iniciativa, ganaron la partida.
La programada y fatal defección de Marco Enríquez-Ominami ha sellado la derrota estratégica de quienes pensamos que era posible montar una ficción movimientista que asegurara la autonomía de un tipo complejo de producción de ciudadanía.

January 15, 2010   No Comments

FREI NO ES NI LA SOMBRA DE LO QUE ERA.

La eficiente performance de Carolina Tohá en Tolerancia Cero del domingo 11 de enero redistribuye las tensiones interpretativas que la prensa escrita había exhibido durante la mañana. Toso se está definiendo hora a hora, en estos días. Su principal tarea era remontar el efecto demoledor de las palabras impresas mediante la representación histérica de las discusiones escolares de recreo donde el objetivo es desestabilizar al adversario tocándole la oreja.
La portada esgrimida por la sección Reportajes de La Tercera en su edición dominguera, propinó el golpe mediático más duro a la vanidad de una candidatura. Junto a la reproducción de la sombra perfilada y del gesto manual que caracterizó la proxémica de Frei, la frase de bajada corresponde al texto de una lápida: “Chile no es el mismo de los 90 y yo tampoco”.
La portada es todo. Lo que está diciendo La Tercera es que Frei no es ni la sombra de lo que era en el 90. La afirmación se agrava en la medida que el gesto manual solo sirve para medir la consistencia de un perfil apenas acarreado. La silueta de Frei es el síntoma regresivo de aquello que no logra establecer una imagen de si.
Así como Escalona hacía referencia inconciente a los zapatos de van Gogh, al sostener que los partidos eran los pies del comando, aquí, la silueta del candidato reproduce otra historia de pacotilla de la imagen, al establecer la distancia entre el deseo programático y la representación de sus (d)efectos.
Al interior del suplemento, en las páginas 4 y 5, la entrevista no hace más que ilustrar narrativamente el contorno de un discurso destinado a reproducir su propio cierre. Y si se compara el cuerpo de escritura de esta entrevista con el análisis político de las páginas 6 y 7, entonces, Frei nuevamente queda como un replicador de si mismo, ante los efectos aceleradores de campo que supone el nombre de Marco Enríquez-Ominami, en el espacio de manejo informativo. No es Frei el que domina el debate. Por el contrario, La Moneda sustituye al Comando en la ofensiva real, modificando su agenda legislativa, con el solo propósito de lograr limpiar las supuestas responsabilidades de Bachelet en una eventual derrota de Frei. Ha llegado la triste hora de lavarse las manos. Eso se prepara con ahínco. Y para ello, qué mejor que pasar a una ofensiva que ofrece un elemento distractor de gran envergadura, que consiste en la proclamación de Bachelet como candidata al 2014. Esa campaña ya ha comenzado. Aquí no se debe perder el tiempo.
Para lavarse de la responsabilidad que significa no haber podido trasladar su porcentaje de aprobación hacia el candidato oficial, la hipótesis consiste en que Bachelet está dispuesta a que Marco pague un alto precio por no apoyar a Frei. Eso pasaba por amedrentar al padre. Así las cosas, quedaba libre la vía de criminalizar la negativa eventual de Marco, para obtener un propósito subordinado, que es el alejar de la Presidenta toda responsabilidad en la derrota de Frei. La Moneda ha resuelto reproducir la frase de Rodrigo Salinas en El Club de la Comedia: “Perdón, perdón, no fue mi intención, …”.
Para la Concertación, la historia ya no se repite como farsa, como parodia, sino como sketch.
La jugada de La Moneda exhibió su exceso de verosimilitud en el momento mismo en que fue enunciada. Primera fase: las tres iniciativas legislativas fueron presentadas para ser percibidas como un gesto desde La Moneda hacia el marquismo. Segunda fase: La Moneda presenta las iniciativas poniendo el énfasis en que el origen de éstas pertenece al Ejecutivo.
Está claro. Las segunda fase anula el propósito de la primera. Por lo tanto, la operación pierde toda eficacia. Estaba prevista la exhibición de esta pérdida. La potestad presidencial no puede quedar a merced de los cálculos del Comando en los últimos días de la campaña. Entonces, Bachelet ha estado errática. Las iniciativas invalidadas como garantía implícita hacia el marquismo, ponen el acento en la desconfianza hacia un alguien que a su juicio puso en peligro la ley del silencio, al tomarse en serio un deseo que involucra algo más que la renovación de la Concertación, porque en términos estructurales, ésta es in-renovable.
Finalmente, el supuesto con que parece haber trabajado La Moneda fue simplemente la exposición perversa de la solución de compromiso entre Pérez-Yoma y Viera-Gallo. El rimero borrando con el codo lo que el segundo había intentado escribir con la mano.

January 11, 2010   No Comments

LA DIALÉCTICA COMANDO-PARTIDO.

En el texto anterior hablé de la dialéctica partido-masas. En épocas de campaña es preciso recuperar las viejas palabras, con la secreta esperanza de redorar viejos blasones. Ahora habrá que hablar de la dialéctica comando-partidos, para convencer a los cercanos de que las tareas pueden ser cumplidas. Ricardo Solari, en un programa en horario de “regreso a casa” de radio Futuro, el lunes 28, no es capaz de explicar las causas de la más baja votación de la Concertación. Iván Núñez le pregunta si ha habido alguna autocrítica, frente a lo cual, Solari, un veterano de la mutación lexical del socialismo, solo constata un hecho que a su juicio, explica dicha baja. Con la parsimonia del dirigente que sabe que está ofendiendo nuestra capacidad analítica, argumenta que la causa de todo está en la dispersión de fuerzas, pasando de paso a producir la ficción de que “todos éramos lo mismo”. Solari sabe que eso no es una explicación. Es más; sabe que toda explicación es inconsistente, porque siendo uno de los dirigentes con el espíritu analítico más sutil, conoce perfectamente los límites de la lengua-cara-de-palo que domina su sector.

Lo cierto es que ni Solari puede analizar lo que el comando hace, sin tener que subordinarse a lo que sus voceros dicen. De modo que permanece prisionero de la expresión de los deseos manifiestos de la cúpula del comando, siendo él, un hombre de la cúpula partidaria que constata con horror que la permanencia de Escalona le ha impedido  ejercer con eficacia el rol de un agente garantizador del traspaso de votos del marquismo.

El hecho es que Solari solo hizo mención a  un dato que no respondió a la pregunta de Iván Núñez. Por el contrario, con la habilidad de los animales de tiro que con los ojos vendados transportan carga bordeando precipicios, se dedicó a repetir sin mayor convencimiento los dichos que la presidenta había enunciado en la mañana, sobre la necesidad de distinguir entre negocios y política.

No es seguro  que ese ataque al piñerismo tuviese eficacia frente al electorado marquista, que necesita señales más “potentes”, como suelen decir los comandantes freístas.  A menos que apunten hacia la reivindicación de una moralidad superior que, viniendo de la Concertación, no podría ser más que contraproducente, sobre todo después del sobreseimiento de Ajenjo y compañía. Más allá de la presunción de inocencia, lo que queda es un amargo sabor de incredulidad ante la justicia de la Justicia.

Al menos, Solari demostró tener buenos zapatos para caminar en este terreno extremadamente movedizo de la interpretación de los deseos de su propio sector. Por que si hay una cosa a la que hay que poner atención, más que a la captación de votos de otros sectores, es a la fidelización de los propios partidarios, y para eso, Solari derrochó alabanzas para Carolina Tohá, que fuera una excelente vocera y exitosa diputada, que sabe enfocar muy bien los problemas y ajustar las relaciones entre las cuestiones menores y las cuestiones centrales, con propósitos claros y un gran sentido de la perspectiva. Pero eso es casi una arenga para satisfacer a las huestes paralizadas por un gran sentimiento de derrota y que apenas se reponen, a fuerza de una movilización centrada en la victimalidad.

Por su parte,  Escalona, incólume, sigue apostando a que  los agentes del comando freista carecen de buenos zapatos. Es una manera vedada de decir que perdieron la ruta. Mientras Auth, previsor por exceso, declara estar dispuesto a cambiarse de horma a la primera ocasión en que le ofrezcan otro par. Lo cual no le impide a Escalona amenazar con  que sería suicida la pretensión de alejar a las colectividades oficialistas de la campaña.

Aquí, Escalona aceleró la  variación lexical para sustituir en la percepción pública dos palabras: colectividad y campaña. Escalona pretende a través de esta proyección evocar la legitimidad de una ficción a dos bandas; una, que afecta los principios; otra, que apunta a cuestiones pragmáticas. Lo colectivo apela a la vertiente arcaica del socialismo; la campaña remite a una gesta heroica que transmite el espíritu de la perseverancia allendista. Si hay algo que se asocia a la fantasmática allendista es la noción de campaña. Porque mejor ni mencionar en este contexto el “espíritu” de la Marcha de la Patria Joven. Probablemente, más allá de las reivindicaciones doctrinarias de Latorre en El Mercurio, esta mención no parece del todo oportuna.

En verdad, lo que Marco Enríquez-Ominami planteó y que a estas alturas no tiene ninguna posibilidad de ser, es que  las actuales cúpulas  abandonaran las direcciones que condujeron a la derrota y que fuesen reemplazadas por otras que estén en condiciones de ofrezcan algunas garantías que las actuales no están en medida de asegurar.

Y la respuesta es clara: no hay desplazamiento. Todo lo contrario: se quedan y afirman la nece(si)dad de su existencia en el comando, que no logra articular una campaña suficientemente asentada en los partidos.

Todo lo cual no deja de ser confuso y contradictorio, puesto que Frei es quien legitima a los dirigentes del comando en contra de los dirigentes partidarios, a quienes –en el fondo- jamás ha respetado. Lo cual me lleva a pensar que Latorre gana más con Frei derrotado, porque se convierte en figura nacional incontestada, al dirigir eventualmente al mayor partido de la futura oposición.

¿Y quién no asegura que Latorre esté pensando formar con Piñera una plataforma “a la alemana”, que consista en abandonar a sus aliados de hoy, los socialistas, para pactar con la centro derecha, que por su parte, debiera desentenderse de su alianza con la extrema derecha. Pero esta hipótesis es la que Patricio Navia ya formuló hace meses, imaginando un escenario en el que Piñera como presidente tendría que hacer algo de esta naturaleza para construir  una base estable de gobernabilidad.

En definitiva, el 17 de enero no es tan solo una fecha más en la historia de las rearticulaciones de bandas. Por eso Escalona está más crispado que nunca. De otro modo no se explica la bronca contra Gómez, en el estrado aquel, en el que Frei fue devorado por la premura de hablar primero.

El diseño por el que tanto ha sacrificado fue puesto en apuro con  las pretensiones de Insulza. Por eso, una vez experimentada la caída de éste último, debía correr para comprometer su apoyo a Frei, antes que surgiera otro candidato en el seno de sus propias filas. No tuvo éxito. Se levantó algo peor para él: la candidatura de Marco Enríquez-Ominami.  Solo que a éste no lo podía tratar como a Gómez.  Algunas  bases ofendidas por su lengua-de-palo se habían rebelado sosteniendo apenas la salida de Arrate, que permanecería en la crítica  políticamente correcta de la Concertación. Pero el levantamiento del nombre de Marco Enríquez-Ominami iniciaba su arremetida simbólica contra los supuestos en que la propia Concertación se sostenía, poniendo en evidencia  la ruptura de la filiación extorsiva con que ésta ha alcanzado los últimos gobiernos.

El discurso actual del comando freista no ha superado la impasse estructural que la salida de Escalona y de Latorre hubiesen contribuído a resolver, sin tener que recurrir a la amenaza y al terror. De todos modos, Latorre está a la espera. El triunfo de Frei lo sumerge a la cabeza del principal partido de un candidato que accede a la primera magistratura simbólicamente fragilizado. La derrota de Frei lo catapulta a un destino político superior, ya sea a la cabeza del principal partido de la oposición, o como articulador de una “nueva mayoría”.

December 31, 2009   No Comments

ESCALONA: CARA DE PALO.

El léxico de Marco Enríquez-Ominami le resulta insoportable e insostenible a Escalona. Tiene de qué. Aunque éste último declare a los medios otra cosa de lo que (el mismo) lee. Resulta sorprendente verlo afirmar sostener que no se saca nada con menoscabar a los partidos. Escalona siempre responde por algo que no le han preguntado, porque lo que busca instalar en la prensa es la invención de otra pregunta. En francés, hay una fórmula para describir este hábito y que traducida literalmente no funciona: “langue de bois”. Lengua de madera. La traducción aproximativa sería CARA DE PALO. En general, es un atributo que siempre se ganaban los viejos dirigentes del comunismo francés, que se caracterizaban por ser expertos en justificar lo injustificable. Digo, francés, para particularizar un poco. Al punto que se convirtió en un elemento fundamental de la carrera de todo dirigente profesional.

Marco Enríquez-Ominami no menoscaba a los partidos, sino al modelo de conducción partidaria encarnado en Escalona. Desde dicho modelo el dirigente del socialismo chileno señala que los partidos son los pies de la candidatura. ¡No se puede cortar los pies al comando!. Recuerdo hace muchos años atrás, haber visto los restos de un cuerpo petrificado de la cueva Morín (España), preservado en un bloque de material transparente por arqueólogos estadounidenses. El hombre llevaba un cervatillo en la espalda y tenía los pies cortados a la altura de los tobillos. Era una señal corporal para que no regresara a perturbar las andanzas de los vivos. Suena razonablemente campechano. El comando freísta jamás le podría cortar los pies a los partidos, porque éstos viven de la explotación y manejo de las ensoñaciones de los vivos. El comando mismo de campaña es una invención partidaria que se ha tomado patéticamente en serio su autonomía. Y claramente, mi recuerdo descalifica al propio comando freista al asociarlo a un fósil. El cervatillo es colocado en la tumba como una ofrenda para que el muerto pueda llevar sus propias vituallas  durante el viaje. En la variante jocosa de este recuerdo, el cervatillo señala el cúmulo de prebendas con que los fósiles de la Concertación tendrán que portar al momento de abandonar el goce del aparato.

Regreso a Escalona: éste es más temible para si mismo cuando emplea el tipo de metáforas, como la de los pies, porque deja visible en extremo los flancos de su discursividad.

Ahora bien: si los partidos son los pies, a lo mejor, lo que hay que hacer es cambiar de zapatos. Hay un célebre comentario de filósofos y criticos de arte, sobre la importancia de los zapatos en la pintura de van Gogh. Se menciona el hecho que uno de los pares de zapatos que este pinta como desplazamiento de su autorretrato, no tiene cordones. Muestra los orificios del zapato exhibiendo la imposibilidad de cierre. Eso le ocurre a los partidos respecto del comando freista. No cierran. Los partidos tienen su zapatos des/lazados. Es decir, no amarran. No se amarran. No amarran a nadie, ni siquiera a sus bases. Porque los primeros des/amarrados –desligados de sus referentes simbólicos y textuales- son sus propios dirigentes. Estos carecen de referente filial más allá de lo que reúne a una banda de operadores que no trepida en recurrir a la  extorsión simbólica de aquellos que todavía los sostienen, portando la avería analítica de su propia historia partidaria.

¿Cómo se escribe la historia de un partido? Ciertamente, como un gran sistema justificatorio de las decisiones de plenos y de comités ejecutivos sobre cuestiones programáticas cuya legitimidad se acomoda a los intereses de la fracción más fuerte de la banda, en una coyuntura específica. En este sentido, hay que saber que las bases partidarias, deudoras del mito del centralismo-democrático, son una invención orgánica de la dirigencia para llevar a cabo sus felonías. En primer lugar, la felonía de sostener la ilusión de dicho método de manejo de las subjetividades que conduce a la farsa policíaca de la dialéctica partido-masas.

December 31, 2009   No Comments