RADIO ZERO (2).
En el margen del programa de Radio Zero del 22 de enero, Pato Fernández me hace una observación cuya pertinencia es evidente. Manifestando su acuerdo con mi argumentación acerca de las estrategias de extorsión victimalizante empleada por la Concertación, le asalta el temor de que esta misma argumentación pueda ser empleada por los talibanes de la derecha, para poner en duda lo alcanzado en la defensa de los DDHH. Mi respuesta inmediata es que la propia estrategia de extorsión ha puesto sobre la mesa dicha posibilidad real. Ha instalado el interdicto interpretativo bajo la excusa de que cualquier apertura analítica de este tema significa entregarle armas al enemigo.
Los artistas anticiparon los estragos que esta estrategia acarreaba consigo y no quisieron ser suficientemente radicales. Les cabía la tarea de circunscribir la irremontable condición de impostura de las compensaciones recibidas. Aceptaron satisfacer sin restricciones la petición de decoración cívica de nuevo tipo, incurriendo en las operaciones de desmantelamiento nocional que la Concertación copevizó. La corrupción programática se hizo extensiva a las políticas de la imagen; de modo que un auto-denominado arte de vanguardia se convirtió rápidamente en arte oficial, mediante el aval de algunos premios nacionales cuyas conquistas totémicas encubrieron el desgaste proporcional de las fuerzas que garantizaron sus fuentes de financiamiento. En este sentido, el arte chileno puede ser entendido -mayoritariamente- como un arte de funcionarios, estatalmente garantizado.
La segunda cuestión significativa abordada en el programa de Radio Zero fue planteada por Claudia Alamo y estaba referida a la aparición de un nuevo sujeto político; en definitiva, un nuevo movimiento ciudadano. Puse en duda la pertinencia del uso de dicha palabra, convertida en fetiche por la administración delegada de la soberanía. Es efectivo, quisiera creerlo, que existe algo así como un nuevo sujeto político. Sin embargo, la manera más rápida de descalificar esta aparición consiste en atribuirle el carácter de “movimiento ciudadano”. La propia palabra ciudadanía, como he dicho, ha sido convertida en palabra-valija por la política de comunicaciones de La Moneda. O sea, una palabra en la que cabe todo y nada.
En cuanto a la apelación de movimiento, no existe en el léxico de las ciencias sociales otro fetiche más ineficaz que éste. Sobre todo, si se verifica el destino de los dos movimientos relativamente referenciales de los setenta: MAPU y MIR. De modo que hablar de “movimiento ciudadano” era referirse a un simulacro que ya ha tenido, en la historia reciente, suficiente paño.
Ahora bien: todas las discusiones de mediados de la dictadura, antes que los partidos políticos pasaran por encima de los movimientos sociales, han vuelto a tener vigencia con una derrota electoral que puede tener proyecciones de derrota social de proporciones. Esto me hace recordar esas distinciones maravillosas en virtud de las que mis amigos dirigentes se disputaban el financiamiento desde las fuentes del discurso, acerca de si la dictadura había entrado en una fase de consolidación definitiva o si solo se trataba de una fase de afianzamiento relativo. En la resolución de dicho de base te selló el destino ministerial y parlamentario de muchos de ellos.
De lo anterior surge una ficción subordinada, que se aferra en la pregunta por saber si ésta es una derrota táctica con ´proyecciones estratégicas, o si tan solo hay que ver “en aquello” una derrota estratégica que puede abarcar un régimen de larga duración. El hecho es que la ilusión de autonomía que se había manifestado en la invención lexical del movimiento social, solo fue una
sustitución temporal extremadamente acotada, rápidamente arrasada por la eficacia y la rentabilidad orgánica de los aparatos que edificaron el Estado de la Transición, que perpetuaron sus condiciones de reproducción al tiempo que concentraron los dispositivos de control social de poblaciones.
Lo anterior se refiere a que la propia noción de movimiento social fue una superchería de los cientistas que redactaban proyectos, sosteniendo que en el país existía una sociedad civil que se estaba fortaleciendo, cuando en términos estrictos fue un tipo de organización para-partidaria que los convirtió a algunos de ellos en los dirigentes que no habían alcanzado a ser durante la UP. Recuerden: era la época en que comenzaba a circular en Chile el librito de Claudín sobre el eurocomunismo y que los tenía a todos con la cabeza a dos manos. Lo que vino fue un gran momento de restauración partidaria: los cientistas fueron barridos y tomaron asilo en las universidades y en las redes de asesoría internacionales. Ese fue el momento en que la Concertación neutralizó toda posibilidad de vigilancia teórica sobre su trayecto.
Durante el año 2009, lo que adquirió visibilidad fue la manifestación de un malestar que de a poco se fue transformando en un síntoma irreparable. El discurso de ME-O dio forma a un deseo de reparación de la confianza en la palabra propia y eso fue verificado mediante un porcentaje nada despreciable. El malestar es algo más que un “voto testimonial”, como calificó Solari el gesto de esa candidatura. Había una dimensión de lo impensado como política de reparación. Pero eso no basta para dibujar a un sujeto político de nuevo tipo.
Claudia Alamo apuntó a lo esencial: ¿Cómo darle nombre a esto que ni siquiera cabe en la condición de una ciudadanía movimientista, porque tanto la palabra ciudadano como la palabra movimiento carecen de toda posibilidad de acogida? La candidatura de ME-O fue la corta y precaria expresión que permite reconocer el deseo de existencia de este nuevo sujeto, respecto del que se pone en duda su propia condición de sujeto, por impronunciable. Y algo más: in/localizable, porque en definitiva es un sujeto sin domicilio fijo, que deambula portando consigo la densidad de algunas lecturas, en la frontera comprensiva de no pocas fracturas.
El sujeto del que Claudia Alamo está hablando ha desarrollado la capacidad de leer en la autonomía de sus deseos inscriptivos y puede montar ficciones de reparación sobre fragmentos de realidad posible, donde cabe la posibilidad, si no de transformar el mundo, al menos, de hacer avanzar algunas cosas en algún sentido, desarmando las lógicas de los bloques.
Un nuevo sujeto político debiera contemplar la edificación de un modo de presencia social que supere, tanto el genitalismo flamígero leniniano, como la encarnación socialcristiana del verbo en un cuerpo previamente declarado “sin voz”.