LA DERROTA ESTRATÉGICA.
Pudo haber defendido la opción de haber votado nulo y rechazar la extorsión del endoso de la derrota. Debió haber tomado la ofensiva argumental que hubiera significado evidenciar la corrupción programática de la Concertación, que él mismo colaboró en su identificación. Sin embargo, cedió a las presiones de parte del sector que jamás aceptó de buen grado la lección de su gesto. Solo calificaron los efectos visibles de su puesta en duda como garantes de gobernabilidad. Así las cosas, el remezón simbólico de la Concertación demuestra que la fortaleza de sus sistemas de reducción de la diferencia están en directa relación con la fortaleza de la impugnación. En ese sentido, Marco Enríquez-Ominami no fue lo suficientemente fuerte como para romper la lógica de la extorsión filial. Había que serlo. Había que tener la disposición de realizar el corte irremediable con el modelo concertacionista de hacer política. Al murmurar su decisión de votar por el candidato del veintinueve por ciento, reprodujo a pesar suyo el mismo modelo. Mejor dicho, se expuso como la víctima de un proceso que no pudo concluir por si mismo.
En su discurso de su “apoyo”, el candidato quedó no solo nombrado, sino como un innombrable. Quien armó una estrategia de posicionamiento basada en la ilegitimidad de la nominación del candidato, tuvo que pronunciar un enunciado que le atribuye a última hora la legitimidad que hasta ayer jamás le reconoció. En este acto quedó desprotegido y experimentó el primer castigo desde los agentes del modelo de reducción política; a saber, la omisión como articulador explícito de las leyes de la última semana. Lo cual ya invalidaba la hipótesis por la cual el apoyo de Carlos Ominami al Innombrado era un puente para el arribo del marquismo.
Fue un error pensar que su arribo significaría probablemente un apoyo a los aires de renovación de la Concertación, encarnados en Orrego, Tohá y compañía. Eso hubiese querido decir que estos debían aceptar a un aliado que les vendría a disputar un liderazgo, lo cual, a ojos vista resultaba inaceptable. La renovación concertacionista no desea por motivo alguno la presencia de Marco Enríquez-Ominami. Hay que hacerle pagar el “daño” que hizo. O sea, haber demostrado un mayor espíritu libertario, a riesgo de deshacer las lealtades que se anudan en los orígenes de cada carrera.
Mi hipótesis es que la Concertación es in-renovable. Las palabras que habría que emplear serían, más bien, “recambio de cuadros”, sin que ello signifique tocar las estructuras de validación discursiva de la política concertacionista. Los nuevos rostros de este recambio, los llamados “príncipes”, son los “jóvenes lobos” aspiracionales que, en el seno de los partidos, esperan la garantización de los padres totémicos de la política chilena.
El gesto de Marco Enríquez-Ominami ya fue neutralizado orgánicamente al interior de la Concertación. La operación de Carlos Ominami y el saludo irónico de Escalona sobre la valentía de Marco, señalan la restitución del manejo paterno-saturnal de la política.
Lo que pudimos apreciar en esta ceremonia fue el sacrificio bíblico de quien sostuvo la amenaza simbólica de quienes lo levantaron, pero que a fin de cuentas ya no podían aceptar la radicalidad de sus propósitos. Resulta claro que Abraham Ominami escucha el mandato de Yaveh Concertación y sacrifica a Isaac Enríquez para recuperar los honores de la obediencia debida. Isaac resuelve salvar a Abraham en una variante del relato, en que todos terminan doblegándose a las leyes del Templo. Cambiamos un mito griego de pacotilla por un relato bíblico de origen, para validar un falsa parodia del regreso del hijo pródigo. Tal figura, sin embargo, no es viable, porque el que regresa debe nombrar al padre y el padre debe acoger a quien regresa, aún a riesgo de despertar los celos de los hermanos que permanecieron bajo su techo. No fue ese el guión de esta ceremonia.
A Marco Enriquez-Ominami lo hicieron hipotecar su capital político y cancelar, de paso, la posibilidad de liderar un movimiento que, inevitablemente, debía constituirse mediante una ruptura visible con las formas de producción de la política. El combate contra la corrupción programática de la Concertación era solo el comienzo. Sin embargo, los vigilantes de dicha corrupción, en el seno mismo de su iniciativa, ganaron la partida.
La programada y fatal defección de Marco Enríquez-Ominami ha sellado la derrota estratégica de quienes pensamos que era posible montar una ficción movimientista que asegurara la autonomía de un tipo complejo de producción de ciudadanía.