EL DEBATE COMO RITO DE INICIACIÓN.
El hábito hace al monje. Las corbatas rojas en los trajes de Frei y Piñera señalaron el inquietante peso que en el debate ejerció el fantasma de Marco Enríquez-Ominami. El vestuario es un discurso complejo y los votantes marquistas debían percibir en las corbatas un guiño incandescente que se congeló en el momento de iniciado el intercambio de propósitos diferenciadores, como si se tratara de una discusión de patio escolar, en que poco faltó para que alguien gritara “!tócale la oreja!”.
Esta fue la noche en que la televisión produjo su propio homenaje, haciendo ostentación de su poder en el diseño del espacio público. Para ejecutar el cometido sometió a los dos candidatos a un ritual de iniciación en que la estructura de las preguntas correspondía a una sesión de indagación parlamentaria, en que los sujetos fueron presentados como sospechosos de un acto alevoso; por ejemplo, el haber manifestado el deseo de ocupar la primera magistratura.
Sin embargo, la odiosidad teatral de los periodistas aparece como un intento eufórico de su parte, que hace pensar en una independencia que no tienen. El poder del medio no pasa por el poder de los periodistas, sino que éstos solo se verifican como agentes operativos de una estructura de enunciación que los supera.
Siendo nulo el efecto del debate en el electorado ya confirmado a estas alturas, solo quedaba realizar esta ceremonia discursiva mediante por la que la industria expone la regulación de un dissenso regulado que está destinado a asegurar la continuidad de su carácter.
En definitiva, esa noche no fue la noche de los candidatos sino la noche de los periodistas. A tal punto, que uno de ellos se convirtió en figura nacional por haber introducido elementos de crispación suplementarios. En todo caso, lo que dominó el debate en formato de examen oral fue la diferenciación de grados y no la naturaleza de las ofertas. La balanza de los discursos estaba arreglada para sostener medidas que no ponían en suspenso los supuestos de su equilibrio. La continuidad cromática de las corbatas mantenía el rigor de la escala desde un “más de derecha” a un “menos de derecha”, pero hablando la misma lengua económica, con la promesa de una mayor o menor Protección Social.