política bloguera. Justo Pastor Mellado

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RADIO ZERO (2).

En el margen del programa de Radio Zero del 22 de enero, Pato Fernández me hace una observación cuya pertinencia es evidente.  Manifestando su acuerdo con mi argumentación acerca de las estrategias de extorsión victimalizante empleada por la Concertación, le asalta el temor de que esta misma argumentación pueda ser empleada por los talibanes de la derecha, para poner en duda lo alcanzado en la defensa de los DDHH. Mi respuesta inmediata es que la propia estrategia de extorsión  ha puesto sobre la mesa dicha posibilidad real. Ha instalado el interdicto interpretativo bajo la excusa de que cualquier apertura analítica de este tema significa entregarle armas al enemigo.

Los artistas anticiparon los estragos que esta estrategia acarreaba consigo y no quisieron ser suficientemente radicales. Les cabía la tarea de circunscribir la irremontable condición de impostura de las compensaciones recibidas. Aceptaron satisfacer sin restricciones la petición de  decoración  cívica  de nuevo tipo,  incurriendo en las operaciones de desmantelamiento nocional que la Concertación copevizó. La corrupción programática se hizo extensiva a las políticas de la imagen; de modo que un  auto-denominado arte de vanguardia se convirtió rápidamente en arte oficial, mediante el aval de algunos premios nacionales cuyas conquistas totémicas encubrieron el desgaste proporcional de las fuerzas que garantizaron sus fuentes de financiamiento. En este sentido, el arte chileno puede ser entendido -mayoritariamente- como un arte de funcionarios, estatalmente garantizado.


La segunda cuestión significativa abordada en el programa de Radio Zero fue planteada por Claudia Alamo y estaba referida a la aparición de un nuevo sujeto político; en definitiva, un nuevo movimiento ciudadano. Puse en duda la pertinencia del uso de dicha palabra, convertida en fetiche por la administración delegada de la soberanía.  Es efectivo, quisiera creerlo, que existe algo así como un nuevo sujeto político. Sin embargo, la manera más rápida de descalificar esta aparición consiste en atribuirle el carácter de movimiento ciudadano. La propia palabra ciudadanía, como he dicho,  ha sido convertida en palabra-valija por la política de comunicaciones de La Moneda. O sea, una palabra en la que cabe todo y nada.

En cuanto a la apelación de movimiento, no existe en el léxico de las ciencias sociales otro fetiche más ineficaz que éste. Sobre todo, si se verifica el destino de los dos movimientos relativamente referenciales de los setenta: MAPU y MIR. De modo que hablar de movimiento ciudadano era referirse a un simulacro que ya ha tenido, en la historia reciente, suficiente paño.

Ahora bien: todas las discusiones de mediados de la dictadura, antes que los partidos políticos pasaran por encima de los movimientos sociales, han vuelto a tener vigencia con una derrota electoral que puede tener proyecciones  de derrota social de proporciones.  Esto me hace recordar esas distinciones maravillosas en virtud de las que mis amigos dirigentes se disputaban el financiamiento desde las fuentes del discurso, acerca de si la dictadura había entrado en una fase de consolidación definitiva o si solo se trataba  de una fase de afianzamiento relativo. En la resolución de dicho de base te selló el destino ministerial y parlamentario de muchos de ellos.


De lo anterior surge una ficción subordinada, que se aferra en la pregunta por saber si ésta es una derrota táctica con ´proyecciones estratégicas, o si tan solo hay que ver “en aquello” una derrota estratégica que puede abarcar un régimen de larga duración. El hecho es que  la ilusión de autonomía que se había manifestado en la invención lexical del movimiento social, solo fue una
sustitución temporal extremadamente acotada, rápidamente arrasada por la eficacia y la rentabilidad orgánica de los aparatos  que edificaron el Estado de la Transición, que perpetuaron sus condiciones de reproducción al tiempo que concentraron los dispositivos de control social de poblaciones.


Lo anterior se refiere a que la propia noción de movimiento social fue una superchería de los cientistas que redactaban proyectos, sosteniendo que en el país existía una sociedad civil que se estaba fortaleciendo, cuando en términos estrictos fue un tipo de organización para-partidaria que los convirtió a algunos de ellos en los dirigentes que no habían alcanzado a ser durante la UP. Recuerden: era la época en que comenzaba a circular en Chile el librito de Claudín sobre el eurocomunismo y que los tenía a todos con la cabeza a dos manos.  Lo que vino fue un gran momento de restauración partidaria: los cientistas fueron barridos y tomaron asilo en las universidades y en las redes de asesoría internacionales. Ese fue el momento en que la Concertación neutralizó toda posibilidad de vigilancia teórica sobre su trayecto.


Durante el año 2009, lo que adquirió visibilidad fue la manifestación de un malestar que de a poco se fue transformando en un síntoma irreparable. El discurso de ME-O dio forma a un deseo de reparación de la confianza en la palabra propia y eso fue verificado mediante un porcentaje nada despreciable. El malestar es algo más que un “voto testimonial”, como calificó Solari el gesto de esa candidatura. Había una dimensión de lo impensado como política de reparación. Pero eso no basta para dibujar a un sujeto político de nuevo tipo.


Claudia Alamo apuntó a lo esencial: ¿Cómo darle nombre a esto que ni siquiera cabe en la condición de una ciudadanía movimientista, porque tanto la palabra ciudadano como la palabra movimiento carecen de toda posibilidad de acogida? La candidatura de ME-O fue la corta y precaria expresión  que permite reconocer el deseo de existencia de este nuevo sujeto, respecto del que se pone en duda su propia condición de sujeto, por impronunciable. Y algo más: in/localizable, porque en definitiva es un sujeto sin domicilio fijo,  que deambula portando consigo la densidad de algunas lecturas, en la frontera comprensiva de no pocas fracturas.


El sujeto del que Claudia Alamo está hablando ha desarrollado la capacidad de leer en la autonomía de sus deseos inscriptivos y puede montar ficciones de reparación sobre fragmentos de realidad posible, donde cabe la posibilidad, si no de transformar el mundo, al menos, de hacer avanzar algunas cosas en algún sentido, desarmando las lógicas de los bloques.


Un nuevo sujeto político debiera contemplar la edificación de un modo de presencia social que supere, tanto el genitalismo flamígero leniniano, como la encarnación socialcristiana del verbo en un cuerpo previamente declarado “sin voz”.

February 11, 2010   No Comments

RADIO ZERO (1).

En el encuentro del 22 de enero en Radio Zero, con Pato Fernández y Claudia Alamo, hubo tres cuestiones planteadas sobre las que quisiera hacer algunas anotaciones. La primera fue la cuestión de la extorsión concertacionista de las víctimas; la segunda, la aparición de un nuevo sujeto político; y la tercera, la Pequeña Gigante y su tío Escafandra.

Pato Fernández señala la recurrencia que hay sobre ese tema en mi discurso. Esto me permite rápidamente hablar de la cuestión del sacrificio, citando una frase latina a la que ya había recurrido a fines de los ochenta, para abordar la crítica del ilustracionismo plástico del discurso de los DDHH. Una cosa es la defensa de éstos, otras cosa la política de subordinación ilustrativa. Para el sentido común de la oposición a la dictadura, no había autonomía discursiva en ese terreno. Este hábito analítico se trasladó a la transición y perduró hasta ahora. La relación de los DDHH con su “representación plástica” se extiende a la presencia de algunas obras en el Museo de la Memoria, reciente y aceleradamente inaugurado.

¿Cual era la cita a la que me refería, en los ochenta? Sanguis mártires, semen christianorum (Sangre de mártires, semillero de critianos). Es curioso: en el libro sobre arte chileno publicado a fines de los ochenta,  Chile Arte Actual (Galaz-Ivelic), aparece publicado en un anexo. Se trata, pues, de un texto disponible desde hace dos décadas, pero que -al parecer- nadie había querido leer. Nadie podría venir hoy día a declamar sorpresa. Desde siempre ejercí la crítica contra quienes, en el fondo, hacían una valoración invertida de la represión.  Esta era una reflexión interna -en la cultura de izquierda-, que  buscaba analizar el discurso justificativo de dos entidades: el MIR y el FPMR. En efecto, a propósito de Neltume y de los Queñes, por mencionar solamente dos hechos, había dos cuestiones que  no deseaba dejar pasar; la primera, la legitimación que -a través de un sacrificio- se hacía de una decisión política; la segunda, la posibilidad jurídica de hacer extensiva una responsabilidad política hacia terreno de una responsabilidad penal.

La segunda cuestión determina la primera. En virtud de un análisis político de las condiciones de  lucha opositora a la dictadura, unos sujetos determinados, dotados de un poder de decisión determinado, enviaban a la muerte a otros sujetos. Es decir, una lectura de la fase legitimaba y autorizaba la validez de unas acciones, cuya realización efectiva demostraba la ausencia absoluta de los elementos que la habilitaban. Las condiciones de los relatos no podían dar cuenta de las condiciones materiales objetivas bajo las cuáles dichas acciones debían tener lugar. No solo el abordamiento político era incorrecto, sino que la situación operativa no correspondía a las ensoñaciones que -a sabiendas o no- las encubrían.

Lo anterior nunca fue abordado ni por las propias organizaciones involucradas, ni por el resto de la izquierda. De modo que el tema del respeto al sacrificio cubría toda tentativa analítica que pusiera en crisis una ética de lectura. Desde ahí, el uso extorsivo de la víctimas, para justificar una decisión de voto, era el punto terminal de una argumentación que jamás fue puesta en duda, durante más de veinte años.

En este contexto, la observación de Pato Fernández adquiere total pertinencia. Manifestando su acuerdo con mi argumentación de base, sin embargo teme que ésta pueda ser empleada por los talibanes de la derecha.

February 9, 2010   No Comments

Necesitamos menos circo, menos carnaval

La decisión del crítico de arte y curador Justo Pastor Mellado de apoyar a Piñera provocó un remezón en el mundo de la cultura. Aquí explica sus razones y por qué piensa que en la Concertación hay más intolerancia que en la derecha.

Lo más suave que le dijeron en Twitter es que estaba confundido. Pero Justo Pastor Mellado tiene las cosas claras. Este crítico de arte y curador es uno de los tipos más lúcidos –y a la vez resistidos– de la escena plástica local y por lo mismo su decisión de apoyar a Piñera causó revuelo. Muchos le quitaron el saludo; otros lo trataron de traidor o vendido. Unos pocos lo llamaron para felicitarlo (aunque de forma reservada); la mayoría criticó duramente su opción por el candidato derechista. Hasta el editor de su último libro le mandó una carta casi insultante. “Prefiero ni aparecerme por los cafés de Lastarria”, dice mientras nos ponemos de acuerdo en dónde juntarnos.

continuar leyendo la entrevista en Revista Capital

February 3, 2010   No Comments

Entrevistas The Clinic y Radio Zero.

Radio Zero, 22 de enero 2010.

http://www.radiozero.cl/podcast/desde_zero/JUSTO.mp3

“El triunfo de Piñera es un golpe a la intolerancia”.
The Clinic, 21 de enero 2010.
ver artículo en el sitio web de The Clinic


					

January 28, 2010   No Comments

EL QUIEBRE DE GOCE.

La Nación del 20 de enero señala se refiere a la Concertación como si existiera como ente orgánico, capaz de llevar a cabo dos tareas inmediatas: realizar la autocrítica y ampliar el bloque. Pensar que la renuncia de los jefes de partido hubiese sido eficaz ya no tiene sentido, más que como un síntoma de descomposición política. Era tal el avance de ésta que hasta el propio Gobierno se distanció para no ser contaminado por la derrota.
¿Cómo es posible que la aprobación de la presidenta no se hubiese volcado en provecho del candidato? La respuesta de hoy hace pensar que dicha aprobación tiene todas las características de una operación escenográfica, siendo fiel a la instancia Curepto de su validación. O cierto es que el Gobierno no podía, desde su legitimidad evidente, sostener a un candidato cuya ilegitimidad se convirtió en tema. La Concertación, probablemente, se derrumbó el día en que Escalona agredió a Gómez, porque dejó en evidencia que los intereses de los aliados ya se habían reconocido en una incompatibilidad que excedía el programa, afectando sus propias bases afectivas.
Mi hipótesis de que Latorre deseaba la derrota de Frei, porque lo convertía en un personaje político autónomo, no fue la correcta. Latorre, por todo lo que analizado de su trayectoria partidaria, ha sido un simple secretario que fue conducido a ocupar un rol político para el cual no tenía peso propio. De este modo, carecía de ambición, en relación a la dupla Martínez-Alvear, que demostraba que tenía demasiada ambición. Ninguna de las dos estrategias cuajó dando lugar a una autonomía partidaria re-identitaria, si bien Latorre, al menos, dejó al partido en un buen pie como fuerza senatorial. Pero de ahí, a pensar que él podía liderar una autonomización partidaria consistente, me equivoqué. Aunque él sabe que el mayor peso de la visibilidad del desorden se lo lleva el partido socialista, al sostener -como ingeniero que es- que las tres candidaturas son un hecho indesmentible, sin entrar a responsabilizar a Escalona en el asunto. Le bastó señalar el dato empírico.
El problema de Escalona es más complejo, porque él representa un tipo de socialismo histórico apegado a sus más fieles tradiciones discursivas; como puede ser, en esta ocasión, la tradición ceremonial de la “autocrítica”, como pieza retórica destinada a distribuir responsabilidades en función de una operación de justificación interminable de “justeza de línea”.
Pues bien: la necesidad de ampliar el bloque depende de los alcances de la autocrítica. Pero aquí hay un supuesto insostenible: que el bloque existe. Más allá de los deseos de que exista, es muy probable que haya dejado de existir hace mucho. Como digo, en el momento del triunfo de Frei en las primarias-Curepto. Lo cual los hizo trabajar sobre una hipótesis imposible de remontar, respecto de la credibilidad de los guiones en juego, en esas escenas de amedrentamiento y de extorsión, que caracterizaron los últimos meses de campaña. Es decir, cuando la Concertación apeló a la memoria de las víctimas, ya perdió la batalla.
Desde el momento que Carolina Tohá tomó la jefatura y habló de la necesidad de acoger, dejó de ser acogedora. No podía ser de otra manera: no hizo absolutamente ningún gesto de acogida, más que amedrentar con el endoso de la derrota. Trasladó sus dotes de respóndelo-todo a un comando; pero ahora se advierte la dimensión del gesto de desistimiento de la propia presidenta: la envió en comisión-de-servicio, desde el Gobierno al Comando. En esta lógica, el Partido no existió. Es decir, la defección de las orgánicas ya había tenido lugar, porque se demostraron ineficaces para levantar una campaña territorial. La única estructura eficaz en ese ámbito seguía siendo el Gobierno. De modo que la solicitud condicionante planteada por ME-O no fue entendida como el procedimiento que encubrí el punto real del derrumbe. La petición de descabezar a los partidos demostraba que los partidos ya no tenían cabeza; que la cabeza de los partidos había sido transferida al Gobierno. En este sentido, el Gobierno fragilizó a los partidos como parte de un proceso inevitable, sin haberlo pensado mucho, pero desmantelando sus mitos a través de un desplazamiento de las dinámicas de deseo, desde el goce del aparato partidario al goce del aparato de Gobierno, lo que provocó una mutación en las dependencias subjetivas y en las lealtades grupales de nuevo tipo surgidas bajo protección funcionarial, en todos los niveles.
Dicho lo anterior, la autocrítica partidaria debiera ser realizada por quienes no participaron del goce de los aparatos; lo cual resulta simbólicamente impracticable, hasta que no se realicen los primeros ajustes de cuenta. No se debe confundir la autocrítica partidaria con el diagnóstico reservado de la pragmática gubernamental. De ello depende la posibilidad, no ya de ampliar el bloque, sino de recomponer la dignidad interna de cada partido.

January 21, 2010   No Comments

EL ARGUMENTO ENCUBRIDOR.

Sorprendente, el argumento inicial de Marco Enríquez-Ominami para dar cuenta de sus diferencias inconciliables con Piñera. El propio nombre compuesto, en su enunciación, es más fuerte que cualquiera de los argumentos vertidos, porque los supera, los inscribe y los reproduce en una memoria activa y contradictoriamente actual. Enríquez es la huella parcial expandida que sostiene el emblema y la enseñanza de Marco.
De este modo, el argumento inicial empleado por Marco, desvía la atención sobre sus propias inconciliabilidades con el freismo, cuyo programa reproduce la corrupción del sistema de gobernación imperante. La noche del 14 de enero, Lagos ironizó mediante inversión comparativa la fórmula expresiva de Marco Enríquez-Ominami, declarando como trofeo discursivo que el “candidato del veinte por ciento” estaba presente, a pesar suyo, en el acto de proclamación del Innombrado.
El argumento empleado es una operación ostentatoria que señala un aspecto regresivo en lo que fue su estrategia argumental en el trato con la historia y su autobiografía. La introducción al discurso de apoyo requería pinochetizar en extremo a Piñera, para hacer evidente el rechazo al endoso de la derrota, que ha operado como un significante extorsivo decisivo en su decisión.
Cuestión discursiva: hay que volver a leer los textos que escribía Tironi a comienzos de los años ochenta, cuando reconocía las virtudes de la “democracia burguesa”. De algún modo, la izquierda debía re-democratizarse, en términos sistémicos, para hacerse creíble en una política de renovación.
¿No sería posible reconocer la existencia de una renovación discursiva y política en el extenso e intenso campo de la derecha chilena? Es decir, valga este chiste cruel: la derecha también tendría sus propios Tironi. Lo cual, por cierto, no es ninguna garantía. Pero vale el argumento comparativo, que sostiene la pregunta: ¿sería posible advertir la existencia de una derecha despinochetizada? Si se piensa en Fontaine o en Gallagher, resulta evidente que han sido sujetos de dicha renovación. Entonces, Marco Enríquez-Ominami debió haber sido consecuente con su método de hacer distinciones y no meter a todo el mundo en el mismo saco.
Repito: su solo nombre es portador de una memoria distinguida, distintiva y diferenciada. Si Piñera está ligado a la noche oscura que llenó de luto a nuestro país, entonces será preciso deslizarse por la pendiente del apellido y sus proximidades socialcristianas para indagar en las complicidades del luto.
El Innombrado fue golpista, como su padre, y en esa línea de recuperación de los cómplices del luto, posee una responsabilidad que la venalidad política del socialismo le permitió blanquear.
Lo que dice Marco Enríquez-Ominami, por omisión, es que a pesar de todo, su distancia con el Innombrado es, en otro registro, inconciliable e incompatible. Marco Enríquez-Ominami tuvo la osadía argumental, durante la campaña, de recordarle al candidato oficialista cierta donación, realizada en una fecha que era próxima al asesinato de Miguel Enríquez.
Esta campaña ha sido una escena en que han salido a flote los argumentos que siempre estuvieron cubiertos por la necesidad política de asegurar, a como diera lugar, el índice concertacionista de la gobernabilidad. Nunca antes se había recordado tanto el compromiso de la democracia cristiana con el golpe militar. Sus operadores solo conversaron con el socialismo cuando vieron que el poder no les sería restituido. De modo que bien se puede pensar que los socialistas blanquearon a quienes condujeron a Allende a la muerte, para poder disponer de un gobierno.

January 16, 2010   No Comments

LA DERROTA ESTRATÉGICA.

Pudo haber defendido la opción de haber votado nulo y rechazar la extorsión del endoso de la derrota. Debió haber tomado la ofensiva argumental que hubiera significado evidenciar la corrupción programática de la Concertación, que él mismo colaboró en su identificación. Sin embargo, cedió a las presiones de parte del sector que jamás aceptó de buen grado la lección de su gesto. Solo calificaron los efectos visibles de su puesta en duda como garantes de gobernabilidad. Así las cosas, el remezón simbólico de la Concertación demuestra que la fortaleza de sus sistemas de reducción de la diferencia están en directa relación con la fortaleza de la impugnación. En ese sentido, Marco Enríquez-Ominami no fue lo suficientemente fuerte como para romper la lógica de la extorsión filial. Había que serlo. Había que tener la disposición de realizar el corte irremediable con el modelo concertacionista de hacer política. Al murmurar su decisión de votar por el candidato del veintinueve por ciento, reprodujo a pesar suyo el mismo modelo. Mejor dicho, se expuso como la víctima de un proceso que no pudo concluir por si mismo.
En su discurso de su “apoyo”, el candidato quedó no solo nombrado, sino como un innombrable. Quien armó una estrategia de posicionamiento basada en la ilegitimidad de la nominación del candidato, tuvo que pronunciar un enunciado que le atribuye a última hora la legitimidad que hasta ayer jamás le reconoció. En este acto quedó desprotegido y experimentó el primer castigo desde los agentes del modelo de reducción política; a saber, la omisión como articulador explícito de las leyes de la última semana. Lo cual ya invalidaba la hipótesis por la cual el apoyo de Carlos Ominami al Innombrado era un puente para el arribo del marquismo.
Fue un error pensar que su arribo significaría probablemente un apoyo a los aires de renovación de la Concertación, encarnados en Orrego, Tohá y compañía. Eso hubiese querido decir que estos debían aceptar a un aliado que les vendría a disputar un liderazgo, lo cual, a ojos vista resultaba inaceptable. La renovación concertacionista no desea por motivo alguno la presencia de Marco Enríquez-Ominami. Hay que hacerle pagar el “daño” que hizo. O sea, haber demostrado un mayor espíritu libertario, a riesgo de deshacer las lealtades que se anudan en los orígenes de cada carrera.
Mi hipótesis es que la Concertación es in-renovable. Las palabras que habría que emplear serían, más bien, “recambio de cuadros”, sin que ello signifique tocar las estructuras de validación discursiva de la política concertacionista. Los nuevos rostros de este recambio, los llamados “príncipes”, son los “jóvenes lobos” aspiracionales que, en el seno de los partidos, esperan la garantización de los padres totémicos de la política chilena.
El gesto de Marco Enríquez-Ominami ya fue neutralizado orgánicamente al interior de la Concertación. La operación de Carlos Ominami y el saludo irónico de Escalona sobre la valentía de Marco, señalan la restitución del manejo paterno-saturnal de la política.
Lo que pudimos apreciar en esta ceremonia fue el sacrificio bíblico de quien sostuvo la amenaza simbólica de quienes lo levantaron, pero que a fin de cuentas ya no podían aceptar la radicalidad de sus propósitos. Resulta claro que Abraham Ominami escucha el mandato de Yaveh Concertación y sacrifica a Isaac Enríquez para recuperar los honores de la obediencia debida. Isaac resuelve salvar a Abraham en una variante del relato, en que todos terminan doblegándose a las leyes del Templo. Cambiamos un mito griego de pacotilla por un relato bíblico de origen, para validar un falsa parodia del regreso del hijo pródigo. Tal figura, sin embargo, no es viable, porque el que regresa debe nombrar al padre y el padre debe acoger a quien regresa, aún a riesgo de despertar los celos de los hermanos que permanecieron bajo su techo. No fue ese el guión de esta ceremonia.
A Marco Enriquez-Ominami lo hicieron hipotecar su capital político y cancelar, de paso, la posibilidad de liderar un movimiento que, inevitablemente, debía constituirse mediante una ruptura visible con las formas de producción de la política. El combate contra la corrupción programática de la Concertación era solo el comienzo. Sin embargo, los vigilantes de dicha corrupción, en el seno mismo de su iniciativa, ganaron la partida.
La programada y fatal defección de Marco Enríquez-Ominami ha sellado la derrota estratégica de quienes pensamos que era posible montar una ficción movimientista que asegurara la autonomía de un tipo complejo de producción de ciudadanía.

January 15, 2010   No Comments

EL DEBATE COMO RITO DE INICIACIÓN.

El hábito hace al monje. Las corbatas rojas en los trajes de Frei y Piñera señalaron el inquietante peso que en el debate ejerció el fantasma de Marco Enríquez-Ominami. El vestuario es un discurso complejo y los votantes marquistas debían percibir en las corbatas un guiño incandescente que se congeló en el momento de iniciado el intercambio de propósitos diferenciadores, como si se tratara de una discusión de patio escolar, en que poco faltó para que alguien gritara “!tócale la oreja!”.
Esta fue la noche en que la televisión produjo su propio homenaje, haciendo ostentación de su poder en el diseño del espacio público. Para ejecutar el cometido sometió a los dos candidatos a un ritual de iniciación en que la estructura de las preguntas correspondía a una sesión de indagación parlamentaria, en que los sujetos fueron presentados como sospechosos de un acto alevoso; por ejemplo, el haber manifestado el deseo de ocupar la primera magistratura.
Sin embargo, la odiosidad teatral de los periodistas aparece como un intento eufórico de su parte, que hace pensar en una independencia que no tienen. El poder del medio no pasa por el poder de los periodistas, sino que éstos solo se verifican como agentes operativos de una estructura de enunciación que los supera.
Siendo nulo el efecto del debate en el electorado ya confirmado a estas alturas, solo quedaba realizar esta ceremonia discursiva mediante por la que la industria expone la regulación de un dissenso regulado que está destinado a asegurar la continuidad de su carácter.
En definitiva, esa noche no fue la noche de los candidatos sino la noche de los periodistas. A tal punto, que uno de ellos se convirtió en figura nacional por haber introducido elementos de crispación suplementarios. En todo caso, lo que dominó el debate en formato de examen oral fue la diferenciación de grados y no la naturaleza de las ofertas. La balanza de los discursos estaba arreglada para sostener medidas que no ponían en suspenso los supuestos de su equilibrio. La continuidad cromática de las corbatas mantenía el rigor de la escala desde un “más de derecha” a un “menos de derecha”, pero hablando la misma lengua económica, con la promesa de una mayor o menor Protección Social.

January 14, 2010   No Comments

UN ESCENARIO POSIBLE.

En Tolerancia Cero, Carolina Tohá completó la operación masacre de la imagen de Marco Enríquez-Ominami, pasando a ocupar el rol de la mensajera a la que le han encomendado la tarea de señala la hora del arribo del tren a Yuma.

No duda en repetir la lección que reproduce la palabra martes como situación indicativa de una amenaza de proporciones.  En los días anteriores, Bachelet ha telefoneado en privado al senador Ominami, haciéndolo asumir el rol del vigilante en el frente interno de Marco. De hecho, parece hacerle entender que le harán pagar caro el efecto de su diligencia. Si Marco apoya a Frei, el senador regresará a la política grande, como lo dado a entender  Carolina Tohá, en el mismo programa.

Si Marco no apoya a Frei, Carlos será repudiado entre los veteranos de su generación. A menos que demuestre la suficiente distancia que le permita  lavarse las manos. Pero a estas alturas, ni eso ya tiene valor. Los tiempos no están para la metáfora, sino para el voto.

En la previa, el objeto es hacer que Marco permanezca en un área que se le ha diseñado especialmente. Por oposición a la política grande a la que reingresa el padre, el hijo debe no poder abandonar un área de política chica, en la que debe quedar confinado. Ese debe ser el castigo para quien ha quedado desprotegido -al no pasar a segunda vuelta- y es objeto de la persecución de una jauría que no le debe perdonar el haber roto con ciertas trabas simbólicas.

Una de ellas ha sido desentenderse de las garantía simbólicas de los tutores de la política chilena.

Para enfrentar a Marco y su rupturalidad, debían poner a la cabeza del comando a Carolina Tohá,  una eficiente vocera en situación de garantización permanente y que está disponible –diputada, vocera, jefa de comando- para ser la primera en demostrar que es la mejor alumna del socialismo orgánico. Lo que le importa no es Frei, sino La Concertación; en definitiva, el PS en La Concertación.  Ella no posee autonomía, sino que es “operada” por su “inconciente socialista”.

La hipótesis que La Moneda se juega sobre Marco es que no pueda salir del área de la política chica, sobre todo por su demora en pronunciarse. De todas maneras hay que endosarle el precio de la derrota. Tironi ya lo advirtió en El Mercurio del sábado 9, porque aunque  no esté en el comando, es portavoz del sentido común consistente: Marco está jugando con nosotros, dice; ya habría pasado  el momento en que su pronunciamiento hubiese sido eficaz. A estas alturas, cada día que pasa, tiene cada vez menos valor.

¿Qué debiera hacer Marco Enríquez-Ominami? ¿Hablará el martes, después del debate de la noche del lunes? Lo que debiera hacer es continuar con su política de distinciones.

Ese ha sido su mayor logro: separar problemas y promover conexiones inhabituales, desbaratando las retóricas de la autojustificación interminable.

Si Frei es un mal menor, entonces, Marco Enríquez-Ominami debiera  establecer relaciones micropolíticas con las figuras de la “renovación” concertacionista; es decir, con la minoría crítica que sabemos. Eso significaría justificar su apoyo a Frei, solo para fortalecer las dinámicas de renovación de la Concertación. Pero, ¿es efectivo que esas dinámicas existen, más allá de las imágenes que proyectan algunos rostros emergentes? De modo que la ficción de unos aliados al interior de dicho bloque en desconstitución no es efectiva.

Solo tendría eficacia si la Concertación sobrevive a este batalla decisiva. De lo contrario, ya no existirá como lo que se ha conocido hasta ahora. La  masa crítica minoritaria se ocupará de fortalecer su posición al interior de cada partido, en situación de afirmación diferenciada.

Pensando en hoy:  ¿bastan los rostros de Orrego, Navarrete, Walker, Díaz, Rossi, por nombrar a algunos, para garantizar un proceso de renovación de las “maneras de hacer” de  la Concertación? Un rostro facializa una intención, pero no asegura una política de infraestructura, todavía. Aunque Marco  declare sus propósitos en esta hipótesis, los supuestos anfitriones no están dispuestos a enfrentar a los padres totémicos en su nombre. Prefieren la autonomía relativa que les permita manejar una nueva  legitimidad tolerada. Esto hace pensar que la Concertación, estructuralmente, es in-renovable.

Estamos a lunes en la tarde: las leyes “marquistas”, mal que le pese la denominación a Bachelet, no son suficiente garantía de renovación, sino una muestra desesperada de la voracidad electoral freista. Eso deja en claro la desidia del Ejecutivo, al no haber instalado estas iniciativas en su agenda normal. Lo cierto es que la existencia de Marco Enríquez-Ominami no permite  imaginar transacciones como ha sido la tradición concertacionista. El hombre conoce las técnicas del reduccionismo de aparato y no tiene confianza en las lealtades obtenidas bajo amedrentamiento.

Para ser fiel a si mismo y al delirio estructurado que montó y sistematizó, debe radicalizar su posición respecto de Frei y hacerlo responsable de la corrupción programática a la que hizo tan brillantemente mención en Tolerancia Cero de hace algunas semanas.

Forma parte de esa corrupción el recurrir en momentos de desesperación, a la extorsión mediante la ostentación de la victimalidad.

La Concertación ha heredado la frase monumental de “ser la voz de los que no tienen voz”, convirtiendo a las víctimas en una reserva moral, exhibida sólo cuando debe recurrir a ella como un último recurso, que es nuevamente, un modo abyecto de seguir poniendo los muertos sobre la mesa.

Marco Enríquez-Ominami debe recusar con decisión los intentos de endoso de la derrota, con la suficiente elocuencia que impida que la hipótesis de Bachelet funcione. La transformación de la política a la que Marco Enríquez-Ominami apela, tuvo su comienzo en la canalización y sistematización de un malestar colectivo respecto de las prácticas reductoras de la autonomía. Pero es tan solo el comienzo de una propuesta que ha tenido una forma de expresión excepcional, en el formato de una presidencial. Sin embargo, es deseable pensar que Marco Enríquez-Ominami encabeza un movimiento de transformación de la política que exige romper simbólicamente con las cadenas de extorsión sobre las que la Concertación ha llegado al gobierno y se ha mantenido en él.

La derrota de Frei es el síntoma del desgaste que ha experimentado la sustitución policial de las voces de la multitud.

El triunfo de Marco Enríquez-Ominami solo se ratifica en el terreno de la ficción ética, que autoriza el montaje de dispositivos de emancipación de la subjetividad cívica.

January 12, 2010   No Comments

FREI NO ES NI LA SOMBRA DE LO QUE ERA.

La eficiente performance de Carolina Tohá en Tolerancia Cero del domingo 11 de enero redistribuye las tensiones interpretativas que la prensa escrita había exhibido durante la mañana. Toso se está definiendo hora a hora, en estos días. Su principal tarea era remontar el efecto demoledor de las palabras impresas mediante la representación histérica de las discusiones escolares de recreo donde el objetivo es desestabilizar al adversario tocándole la oreja.
La portada esgrimida por la sección Reportajes de La Tercera en su edición dominguera, propinó el golpe mediático más duro a la vanidad de una candidatura. Junto a la reproducción de la sombra perfilada y del gesto manual que caracterizó la proxémica de Frei, la frase de bajada corresponde al texto de una lápida: “Chile no es el mismo de los 90 y yo tampoco”.
La portada es todo. Lo que está diciendo La Tercera es que Frei no es ni la sombra de lo que era en el 90. La afirmación se agrava en la medida que el gesto manual solo sirve para medir la consistencia de un perfil apenas acarreado. La silueta de Frei es el síntoma regresivo de aquello que no logra establecer una imagen de si.
Así como Escalona hacía referencia inconciente a los zapatos de van Gogh, al sostener que los partidos eran los pies del comando, aquí, la silueta del candidato reproduce otra historia de pacotilla de la imagen, al establecer la distancia entre el deseo programático y la representación de sus (d)efectos.
Al interior del suplemento, en las páginas 4 y 5, la entrevista no hace más que ilustrar narrativamente el contorno de un discurso destinado a reproducir su propio cierre. Y si se compara el cuerpo de escritura de esta entrevista con el análisis político de las páginas 6 y 7, entonces, Frei nuevamente queda como un replicador de si mismo, ante los efectos aceleradores de campo que supone el nombre de Marco Enríquez-Ominami, en el espacio de manejo informativo. No es Frei el que domina el debate. Por el contrario, La Moneda sustituye al Comando en la ofensiva real, modificando su agenda legislativa, con el solo propósito de lograr limpiar las supuestas responsabilidades de Bachelet en una eventual derrota de Frei. Ha llegado la triste hora de lavarse las manos. Eso se prepara con ahínco. Y para ello, qué mejor que pasar a una ofensiva que ofrece un elemento distractor de gran envergadura, que consiste en la proclamación de Bachelet como candidata al 2014. Esa campaña ya ha comenzado. Aquí no se debe perder el tiempo.
Para lavarse de la responsabilidad que significa no haber podido trasladar su porcentaje de aprobación hacia el candidato oficial, la hipótesis consiste en que Bachelet está dispuesta a que Marco pague un alto precio por no apoyar a Frei. Eso pasaba por amedrentar al padre. Así las cosas, quedaba libre la vía de criminalizar la negativa eventual de Marco, para obtener un propósito subordinado, que es el alejar de la Presidenta toda responsabilidad en la derrota de Frei. La Moneda ha resuelto reproducir la frase de Rodrigo Salinas en El Club de la Comedia: “Perdón, perdón, no fue mi intención, …”.
Para la Concertación, la historia ya no se repite como farsa, como parodia, sino como sketch.
La jugada de La Moneda exhibió su exceso de verosimilitud en el momento mismo en que fue enunciada. Primera fase: las tres iniciativas legislativas fueron presentadas para ser percibidas como un gesto desde La Moneda hacia el marquismo. Segunda fase: La Moneda presenta las iniciativas poniendo el énfasis en que el origen de éstas pertenece al Ejecutivo.
Está claro. Las segunda fase anula el propósito de la primera. Por lo tanto, la operación pierde toda eficacia. Estaba prevista la exhibición de esta pérdida. La potestad presidencial no puede quedar a merced de los cálculos del Comando en los últimos días de la campaña. Entonces, Bachelet ha estado errática. Las iniciativas invalidadas como garantía implícita hacia el marquismo, ponen el acento en la desconfianza hacia un alguien que a su juicio puso en peligro la ley del silencio, al tomarse en serio un deseo que involucra algo más que la renovación de la Concertación, porque en términos estructurales, ésta es in-renovable.
Finalmente, el supuesto con que parece haber trabajado La Moneda fue simplemente la exposición perversa de la solución de compromiso entre Pérez-Yoma y Viera-Gallo. El rimero borrando con el codo lo que el segundo había intentado escribir con la mano.

January 11, 2010   No Comments