NOTA SOBRE UNA PROVOCACIÓN FRONTERIZA:

El arte contemporáneo piensa el mundo. Esto equivale a sostener que el arte contemporáneo piensa la cultura. Pensar, por cierto, de manera polémica, al borde de la provocación. La polémica apunta a la negativa de las prácticas artísticas para dimitir como otros ya han dimitido, si se dimensiona la gran defección de las ciencias humanas en el período concertacionista. El arte permite pensar polémicamente la industria cultural, pero sobre todo, el arte chileno puede pensar polémicamente la estrategia de instalación interminable de la institucionalidad cultural. Este es un punto al cual no se debe renunciar. Sobre todo si se entiende que la distinción entre arte y cultura no es ni técnica ni administrativa, sino epistemológica. Más aún, si el arte de hoy no está subordinado al régimen de la belleza platónica.

Señalemos algunas cosas que pueden ser muy útiles para un intercambio riguroso de puntos de vista. Si se habla de arte y cultura, hay que ir más allá de la frase “el arte forma parte de la cultura” (de un pueblo), a la que recurren los funcionarios de la generalidad cultural. Este ir más allá puede verificarse, de hecho, en términos de integración negativa. Es decir, que padecemos los efectos de un proceso irreversible de integración del arte a la industria cultural. Integración que es vivida por las prácticas artísticas como una verdadera subordinación. ¿Resulta provocador pensar esta situación y proponer estrategias formales que aseguren la autonomía de ciertas prácticas?

Ciertamente, la absorción de la mayor parte de las formas de creación artística por parte del entretenimiento, del turismo, la moda y la comunicación, satisface los imperativos –legítimos, por lo demás- de un sistema económico fundado sobre la rentabilidad, de acuerdo a una inquietud que Horkheimer ya señaló hace más de medio siglo y que Marc Jimenez, su traductor francés, y una de las voces más prestigiosas de la historia del arte y de la estética contemporánea, cita de manera muy pertinente en su libro “La querella del arte contemporáneo”, publicado por Gallimard en el 2005: “En el contexto de la economía capitalista, la relativa independencia del individuo no es más que un recuerdo. El individuo ya no piensa por si mismo. El contenido de creencias colectivas en las que nadie cree verdaderamente es el producto directo de las burocracias que están en el poder de la economía y del Estado, y sus adeptos no hacen más que obedecer en secreto a intereses personales atomizados y por eso mismo inauténticos; estas creencias ya actúan como simples mecanismos económicos”.

La distinción entre arte y cultura es fundamental para que el arte chileno recupere su densidad. ¿Es eso polémico? (Veamos: polemos, litigio entre ciertas distinciones que se dan por evidente, por un lado, y por otro, reparto o distinción entre saber e ignorancia). Aunque hay veteranos que amenazan con bibliografías ya superadas por el sociologismo reductor que practican quienes desde la cultura ejercen el control punitivo de las artes. Otra cosa, totalmente diferente, es el dominio de la relación arte-cultura-economía, pero en términos estrictos, no subordinados a las restricciones de un fondo concursable.

El futuro del arte chileno está en su proyección como una práctica que se ejerce muchísimo más allá de la esfera de lo concursable. Existe lo que se llama “las reglas del arte”. Y no me refiero a Bourdieu, sino a la pragmática del “sistema internacional de arte”, que impone su lógica, a contramano de lo que se reconoce como “prácticas culturales”. ¿Es esto provocador?

Más aún, cuando la industria cultural, al estar deliberadamente orientada hacia la producción y la difusión de una cultura de masas, no parece estar en medida de favorecer una experiencia estética de calidad, de una profundidad susceptible de ser compartida por la ciudadanía. Algunos autores llegan a sostener que la sustitución del arte por la cultura -¡hablan de sustitución, abiertamente!- y por la comunicación aparece como la forma postmoderna de una muerte efectiva del arte. Se trata de una muerte anunciada, no ya por Hegel, sino simplemente por un pensador más cercano, como Danto, que formula la hipótesis de una muerte del arte por sustitución, a tal punto que según la fórmula de Luigi Pareyson, ésta vendría a ser una época en la que se reemplaza el arte por su ersatz.

Entonces, ¿por qué no pensar en la distinción política entre arte y cultura? ¡Más allá, nuevamente, de la defensa gremial de las disciplinas. Resulta deplorable constatar que el fracaso relativo de la democratización cultural descansa en gran parte sobre esta conmutación, en que la cultura –producto de consumo- aparece como un sucedáneo de la experiencia estética. Justamente, este fenómeno desmiente de manera radical el discurso de una pluralidad cultural que reproduce la idea según la cual todos los clientes responden a las solicitudes del sistema con el mismo fervor comunicacional. Si hay algo que las prácticas de arte nos han enseñado ha sido a desconfiar de este fervor. No resulta evidente que el rol otrora asignado al arte como cemento social, sea hoy reemplazado por una ficción consensual y participativa de una cultura plural convertida en privilegio de todos como por arte de magia.

La realidad es mucho más compleja. Recientes estudios revelan que en Francia, por ejemplo, la separación entre prácticas de arte y prácticas culturales se ha acrecentado de manera crítica. Nada parece haber cambiado radicalmente desde la época en que Bourdieu escribió “La distinción”. No cabe duda que las disonancias operan en una relación dinámica, pero el esquema de base sigue siendo el mismo. Es más fácil para un intelectual pasar de una lectura de Sartre a una novela policial, que un consumidor de sitcom y de fotonovelas acceda a una obra perteneciente a la “alta cultura”, si bien, todos sabemos que estas rupturas se reproducen en un espacio que sufre la inercia de la propia industria. De modo que pensar la distinción entre arte y cultura es obligar a reflexionar sobre la inercia autocomplaciente de la propia industria cultural. ¿Y los artistas, donde?

El arte contemporáneo ha provocado una gran desestabilización del campo cultural, llegando a mostrar de qué manera la cultura industrializada, lejos de hablar a todos, se dirige en realidad a públicos muy segmentados, a veces ghettizados, bajo la coartada de una gran reconciliación al interior de la democracia consensual. Es lo que en lengua de gestor cultural se denomina “formación de audiencias”. En este sentido, valga la pertinencia de este enunciado para terminar la nota, recogido de una de las obras más significativas del ya citado Pareyson: “El arte realiza la noción más difícil de la socialidad, ya que la obra de arte se dirige a todo el mundo, pero hablándole a cada uno a su manera”.

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