CASTAGNINO-MACRO: Los únicos museos dedicados al Arte Argentino (1)

En el debate sobre arte argentino, Fernando Farina debía guardar silencio. Todo su empeño consistió en desplazar problemas de interpretación que, finalmente, regresaban a un punto de partida que había que reconocer fuera del recinto, en una anterioridad de a lo menos cuatro meses.

Justamente, hace cuatro meses tuvo lugar ArteBA. Para esa ocasión, el Museo Castagnino-MACRO editó una serie de tarjetas postales en riguroso blanco y negro, con imágenes en alto contraste que reproducían los retratos de una docena de personajes emblemáticos de la historia argentina, desde San Martín a Belgrano, pasando por Evita y Sarmiento. En la tarjeta había dos frases. Una, en el extremo superior derecho, sostenía “Castagnino- Macro, los únicos museos dedicados al arte argentino”. La segunda, en el extremo inferior derecho, “Por primera vez la Argentina unificada”.

A lo anterior, es necesario agregar la reciente inauguración en la sala Cronopios, del Centro Recoleta, de la exposición “Macro en Recoleta”. Esta consiste en una selección de la colección de arte argentino contemporáneo de dicho museo, bajo la concepción de una curadora externa, Clelia Tarico. Y para no dejar cabos sueltos, en el mes de junio, en la galería Zabaleta-Lab de Buenos Aires, Nancy Rojas, jefa de  investigación del mencionado museo, había organizado una exposición de trece artistas rosarinos. Es decir, Fernando Farina,  en el debate sobre arte argentino, no tenía para qué hablar. El museo que dirige ya había presentado sus descargos ante el tribunal imaginario de la crítica porteña.


La edición de la tarjeta es, a mi juicio, un trabajo institucional, no de promoción, sino de inscripción de una política. La broma estructural de la segunda frase apunta a sostener que la difícil unidad de la Nación, está garantizada por la construcción de una musealidad consistente. No me refiero al estado actual de los museos, sino al hecho de que la unidad simbólica solo se adquiere cuando las clases dirigentes invierten su vanidad en edificaciones destinadas a proclamar su vanidad autorepresentativa. Rosario era una ciudad de inmigrantes que decidieron fundar un museo destinado a ser el más importante del país. Esa es la vanidad instituyente de los inmigrantes, que edifican un mojón de señalamiento de su arribo.

En el marco de la prosperidad rosarina de fines del siglo XIX, en que seis líneas de navegación conectaban directamente la ciudad con puertos europeos, principalmente Génova y Nápoles, se funden tradiciones de distinta proveniencia. Eso planteó la necesidad de homogeneizar la cultura cívica mediante la educación y la enseñanza del castellano. Ese esfuerzo requirió de inmediato la edificación de formas de expresión institucional que abarcaran la política, las artes y el urbanismo. Ello explica la fundación, en 1920, del Museo Municipal de Bellas Artes Juan Bautista Castagnino.

¿Por qué ha sido preciso mencionar lo anterior? Simplemente, para dibujar el campo en el que la broma inicial de Fernando Farina en el debate organizado por el CIDEP adquiere sentido. Lo cual remite a la publicación que en el 2004 realiza el museo, bajo el título “La sociedad de los artistas. Historias y debates de Rosario”. Este resulta ser, en verdad, el título de una exposición armada como resultado de un curso, que organiza Fundación Antorchas con el apoyo del British Council y la Smithsonian Institution. Participó del curso personal técnico de museos de bellas artes de la Argentina con algunos invitados de Chile y Brasil.

Esa exposición y ese curso tuvieron que encarar la carencia de una historia específica del arte en Rosario. En ese terreno, el seminario significó la realización de una investigación de la ciudad, sobre la base de archivos que habían sido poco estudiados, lo que permitió esbozar guiones para una exposición. Lo cual debía sustentar sus hipótesis en el estudio del contexto social de las obras y en la definición del propósito de la misma muestra.

No cabía duda que la pregunta inicial del debate, Rosario la había respondido con creces ya desde hacía cuatro años.

Un dato final para este texto: el nombre de la actual directora-fundadora del CIDEP y de la realizadora del seminario que he mencionado se repite; Andrea Giunta.

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