III.- ARTE, BUROCRACIA, PRODUCCIÓN INSTITUCIONAL.

No había de qué estar sorprendido: el trabajo de Santiago Sierra se sustenta en la disolución de las lealtades institucionales del campo del arte. Le pagó a doscientos inmigrantes peruanos el salario de unos extras de cine. Es la primera deslealtad, en términos objetivos: buscar una medida de valor fuera del campo plástico, de lo contrario tendría que haber tenido que contratarlos como “materia prima” de una pieza “museal”, susceptible de ser acogida en cualquier espacio de artes visuales. Es decir, Sierra trabajó en el campo de artes visuales operando como productor de espacio audiovisual. La condición de “extra” cambia completamente la situación. En este terreno, exijo para mi, una condición similar. No es por el monto, sino por la exactitud de la operación. Exijo ser tratado en el mismo rango laboral. Por lo menos. De lo contrario, si se trata de “materia prima” en el campo de las artes visuales, mi precio hubiese sido impagable. Solo trabajo operando con los mismos términos que metodológicamente Santiago Sierra trabaja, pero de los cuáles me excluye.

Lo que hay que saber es el tipo de argumentos que esgrimió la producción del evento para conseguir a doscientos inmigrantes peruanos y cuál fue la lógica de mercado que permitió determinar el monto del pago. El método es crucial para la limpieza del cometido: ¿son “extras” (espacio audiovisual) o son soporte de un trabajo firmado por otro (espacio de artes visuales? Aquí, las distinciones son de rigor.

Lo cierto es que la producción tuvo que hacerlos pasar por “extras” a fin de  justificar el gasto en el presupuesto compartido. Esta es una manera ejemplar de cómo el arte de Santiago Sierra  es un arte público en que la burocracia productiva ocupa un lugar central, terminando por redefinir y afinar el efecto de las acciones. Es un arte de exhibición de la procesualidad institucional.

En general, no se reconoce suficientemente el rol de inducción paradigmática de las gestiones con la  administración. Cuando alguien se define como “artista de proyectos”, el inconciente de la institución interlocutora es quien modela la forma de expresión visual que le corresponde. De este modo, el trabajo de Sierra se inicia en el momento en que la producción de su montaje establece la lista de invitados.

En la medida que grandes empresarios que habrían sido convocados no accedieron a participar, corrió la lista y fuimos incluidos. Esta es la condición del “galleta” en los clubes de barrio. Se trata de aquellos jugadores de otros clubes o de otras categorías que son llamados a reforzar un equipo. En este caso, la categoría del refuerzo más bien fue reemplazada por la del sustituto. Pero eso lo supimos en bambalinas después de realizada la acción. En verdad, la tolerancia de mi inclusión está directamente vinculada a la imposibilidad de haber conseguido “agentes de poder” más eminentes. Es así como los primeros de la lista eran empresarios, luego políticos, o viceversa. En fin, se me hizo saber, a posteriori: gente de power.

En esta medida, no se justifica la juntura entre un ministro de defensa y un crítico de arte. Una cosa es que en mi trabajo analítico utilice metáforas del arte de la guerra, otra cosa es que mi trabajo sea homologado al de un ministro de defensa o un secretario general de gobierno, o incluso, un diputado.

En este terreno,  los productores de Santiago Sierra, en su rol de informantes, cometieron un error grave, porque literalizaron el grupo de localización del poder en la política y en la cultura. Nos metieron a todos en un mismo saco; lo que ya es de una agresión destinada a reducir las distinciones y a atribuirnos maliciosamente las funciones de otros. Cabe preguntarse por la inversión curatorial de quien hace de anfitrión. No se invita a su casa para esgrimir una ofensa sin dar en el instante la posibilidad de responder.

No solo es incorrecto, conceptual y políticamente, meternos a todos en la misma “caseta”, sino pensar que es en este grupo que se localiza, efectivamente, el poder. En la batalla terminológica chilena, la “gente de power” carece de poder. En definitiva, el poder nunca está allí donde se supone que está. La acción consistente en reunir a “gente de poder” para ejercer sobre ella el efecto de la mirada sostenida por unos “extras”,  se desarma como ejercicio de visibilización de éste, si diariamente la pragmática del gobierno, por poner un caso, consiste en reunir a “gente de poder” con “gente sin poder” en el marco de unas “mesas de trabajo”, donde el propósito es el de diluir la energía de movilización que la “gente sin poder” esgrime como activo. Y para eso, no se le paga a nadie, sino que se los hace sostener en su propio cuerpo el costo de estar allí, para hacer evidente la carencia.

Es decir, cualquier modalidad de trabajo esbozada desde el funcionariato y destinada a la ciudadanía resulta más perversa, en su alcance, en su método constructivo, en sus objetivos, que cualquier iniciativa demostrativa que Sierra nos hubiese venido a señalar como metáfora de la política del arte. En términos estrictos, no hubo acción de Sierra, sino ACCIÓN CURATORIAL DE MATUCANA en la que Sierra aparece como un “contratado” para dinamizar un proceso en el que, pensando en ir a por lana, resultó trasquilado.

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