HISTORIA DE PAPEL.

Al momento de escribir la entrega anterior, visito la galería González&González, que queda situada en el edificio histórico de Sergio Larrain, en la esquina de Merced con José Miguel de la Barra. Es una de las galerías-departamento que ha sido objeto de la atención de la crónica. Pero eso es falso. Es una galería pequeña, pero que posee una fuerza expansiva que ninguna otra galería santiaguina puede exhibir, en las actuales condiciones de pereza de sus modelos de gestión. Lo que me importa, de todos modos, es la obra de Darío Escobar, que estaba por colgar. Al momento no ha sido inaugurada su exposición. Se trata solo de papeles. No de collages. ¡Por favor! Lo que me conduce en estas entregas es el papel, como soporte y como rol. Resulta obvio, ¿verdad? Sobre todo en el momento de mayor inflación del universo del blog.

Mencionó en dos entregas anteriores, el trabajo de collage de un artista conocido que desarmaba los libros patrimoniales de la biblioteca familiar y que con los papeles de contratapa y pedazos de lomo hacía delicadas composiciones arquitectónicas. Estas ejecuciones, al final de cuentas, eran sublimes. Pero Darío Escobar hace algo totalmente desprovisto de clase, porque en vez de recurrir al yacimiento de la biblioteca, solo puede acceder a los fondos descontinuados de los depósitos de viejas librerías, aunque todo parece indicar que ha tenido que acudir a oficinas de tinterillos que no renuevan su papelería. En verdad, allí podemos encontrar papeles de distinto formato, pero sobre todo, en diversos momentos de envejecimiento. El cual puede ser el efecto de años de exposición a la luz, que le proporciona a los bordes de las resmas un tono amarillento que amenaza con invadir el espacio interno. O bien, guardados en la oscuridad y sometido a la acción de la humedad, las esquelas, las cartas y los blocs de anotaciones adquieren la pigmentación provocada por hongos de diversa procedencia, y sobre todo, consistencia.

Lo anterior me hace pensar en aquel fotógrafo japonés cuyo nombre no retuve y que colgaba sus rollos de negativos en el secador de su terraza, a merced de todas las agresiones posibles del clima. Solo hacía copias después de recuperar estas películas afectadas por la violencia ambiental sobre la emulsión, como si buscara acelerar el deterioro de los mecanismos de defensa del yo. Frase, esta última, que remite al relato freudiano ya conocido en la crítica, sobre las láminas del “bloc maravilloso”, ese dispositivo infantil que junto a la bobina de hilo ha sido tan explotado en las presentaciones de catálogos. (Aplausos prolongados). “Porque el bloc mágico no es un bloc de papel sino una tablilla de resina o de cera castaño oscuro. Sólo está bordeado de papel” (Derrida, Papel Máquina, Trotta, página 218). ¡Era que no!

Darío Escobar dispone papeles de distinto formato sobre una lámina que calza con el tamaño de una pieza delicadamente enmarcada. Digamos que el marco es un cierre, como si produjera el efecto relicario para una composición que solo exhibe los atentados a la normalidad de los bordes y los oscurecimientos parciales de zonas tan inquietantes como inservibles, pero en las que hay un denominador común gráfico: la certeza cromática de la decrepitud del soporte como única elocuencia discursiva. Es decir, en los papeles de Darío nada puede ser escrito, porque de algún modo, ya han sido escritos por la silenciosa disponibilidad potencial de aquello que tenía impresa en tinta indeleble su fecha de vencimiento. Lo letal de su puesta en tensión de material de oficina discontinuado pone en evidencia la preeminencia de lo que no está destinado a la imprenta, sino tan solo a la autografía.

El trabajo de Darío se asemeja a un ensayo de lengua, porque como Derrida nos recuerda, Saussure sostenía que “la lengua es también comparable a una hoja de papel”. ¡Ándale! Las hojas de papel sin escribir son sinónimos materiales de la cama nupcial y, sobre todo, del cuerpo de la madre. Pero más que nada, de la angustia ante la falta de papel. Por eso, las piezas de Darío, en esta exposición, se asemejan a camas recién hechas. Lo cual hace que las cosas sean más interesantes, ya que el servicio doméstico ha retirado todo rastro de desenlace gráfico, más allá de los signos de afección a los que ya me he referido y que definen por exceso la verificación de la figura y del fondo como síntomas de una cadena de valor que pone en relieve el papel político del papel: “La historia de lo político es una historia de papel, si no una historia de papel, de aquello que habrá precedido y seguido a la institución de lo político bordeando el ‘margen’ del papel” (Derrida, op,cit. P. 232).

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