ESPACIOS DE ARTE (9).

En mayo de este año, el Centro Cultural de España de Córdoba (Argentina) publica en la portada y contraportada de su boletín mensual, un mapa de corte y confección que simula la disposición del logo institucional, para anunciar la realización de Las cosas del quehacer, jornadas en torno al diseño de indumentaria en Argentina. Paso a relatar la secuencia de las intervenciones: observatorio de tendencias, contexto cultural y natural en los lenguajes del diseño, imaginarios del diseño, derechos de autor y propiedad industrial, gestión de emprendimientos, buscando la sustentabilidad de la creatividad, etc. Todas, charlas abiertas a estudiantes de diseño de indumentaria y público en general, para las que no se requiere de inscripción previa.

El boletín posee formato de tabloide y comparte con otro suplemento una estrategia implícita de colocación de cuestiones en una escena de debate público, en la que se combinan producciones de arte con emprendimientos efectivos en el área de las industrias creativas. Al mencionar este suplemento me refiero a Ciudad Equis (Revista de Culturas), editada en conjunto por el periódico La Voz del Interior y el Centro Cultural de España, con fecha de julio de este mismo año. Tenemos, entonces, el caso de una ciudad en que existen dos plataformas editoriales, sobre las que se montan iniciativas de enunciación que ordenan el campo del arte y de la cultura, en una escena local determinada.

¿Cuál es el punto? La editorial de Ciudad Equis declara que desde el diario y desde el centro estaban buscando lo mismo: “mostrar en una publicación que Córdoba es una ciudad atravesada por diversas manifestaciones culturales, una ciudad que mira hacia dentro, hacia sus expresiones locales, hacia sus tradiciones y sus vanguardias, y que también mira hacia fuera, hacia Latinoamérica y hacia el mundo”. Un centro cultural y un diario son dos factores que definen, además de la universidad y la clase política, una escena local determinada. Hacia dentro, hacia fuera: una ficción mínima para que haya escena local.

Fuera (cultura): el mapa de los emprendimientos industriales creativos. Dentro (arte): la obra de Adriana Bustos. El asunto es que el 22 de julio abrió en el Museo Caraffa la exposición “Mulas y caballos”, curada por Eva Grinstein. Los caballos ya habían sido los personajes principales de varias de sus obras, tal como lo señala en la entrevista que le hace Demian Orosz: “El caballo, orgulloso emblema de la prosperidad del campo argentino, era otro mito encargado de resistir la inminencia de un país de nueva configuración, con acentuadas desigualdades e inmovilidad social”.

En “Mulas y caballos”, Adriana Bustos extiende su investigación hacia los mapas que sobreponen dramas personales con procesos sociales. El término “mula” tiene a lo menos tres acepciones: una mentira, un animal terco y un tipo de traficante. Pero además, es una palabra anclada en la historiografía local, puesto que opera sobre la trama documentaria del tráfico de mulas en la época colonial, permitiendo conectar en diversos niveles el tráfico de metales preciosos con las rutas actuales de mujeres que son empleadas como “mulas” para el transporte de cocaína. A partir de entrevistas con personas que cumplen condena por tráfico de drogas, Adriana pinta telones en los que materializa narrativamente los “sueños” a los que estaba destinado el dinero obtenido eventualmente por el traslado: operar a un ser querido, poner una peluquería, viajar a Machu Pichu. Delante de uno de estos telones, dispone una mula para que su estampa animal sea registrada. En el fondo, el objeto del trabajo de Adriana es la economía: primero, la economía de Córdoba, en la colonia; después, la economía de los cartoneros, en la actual coyuntura, en la misma ciudad. Es decir, desde la mula al caballo como vectores de Pasado y Presente. Lo cual, conecta con un dato imperceptible: es en Córdoba, que se publica Cuadernos de Pasado y Presente. Otra edición que fuera clave en la historia de la izquierda argentina y latinoamericana. Por eso adquiere otro sentido lo que la misma Adriana declara: “estos jirones que quedan del pasado son valiosos en su dimensión de lo ausente, efecto de omisiones y censuras”.

Pues bien: en la misma época en que participamos en algunas de las tomas de terreno a que hace alusión Viviana Bravo en su publicación CAMPAMENTOS (ver Espacios de arte 8), adquiríamos en la Librería Universitaria ejemplares de Cuadernos de Pasado y Presente.

Lo anterior solo apunta a conectar cuestiones que no son del todo visibles en la reconstrucción del valor de las plataformas editoriales. Así como en Córdoba existen dos fuentes de edición suficientemente oficializadas por una fuerte institucionalidad, es preciso hacer una comparación distintiva con lo que ocurre en Concepción (Chile), en que las tres iniciativas editoriales existentes provienen de iniciativas institucionales flexibles, por no decir, de institucionalidad débil (Plus, Animita, Overlock), cuya fortaleza reside en la movilidad y variedad de recursos y estrategias conectivas. Pero de un modo análogo, fortalecen la edificación de escena local. Siempre llegamos a los Fenicios. El asunto clave está en determinar con qué ropa se visten los artistas cuando toman la decisión de sustituir los espacios de arte que hacen (la) falta. La respuesta es simple: con la ropa de los editores de campo.

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