ARGEL (4).

Kader Attia, en octubre del 2009, en el Centro de Creación Contemporánea de Tours, inauguró la instalación Kasbah, que nos transporta sobre techos de calamina oxidada que evocan las rudimentarias construcciones de la nueva arquitectura vernacular habilitada en los centros y periferias de las ciudades que ya conocemos demasiado por sus crisis de completud. Lo que se instaló en la historia planetaria de los barrios como un modelo de conviviabilidad, sirve para designar su contrario; es decir, aquella configuración que acoge la violencia de la producción de exclusión como política de construcción de la ciudad. Nada de eso puede ser tomado como una falla del sistema, sino como una condición de pervivencia de la inseguridad. El control de poblaciones se verifica hoy día como producción de inseguridad y gestión represiva del espacio público.

En su instalación de Tours, Kader Attia combina la materialidad de los desechos con la exhibición de fotografías de la ciudad de Ghardaia. Ese es un gran guiño que adquiere la dimensión de una advertencia: el minimalismo de hoy posee antecedentes no deseados en aquellas edificaciones, a partir de las cuáles los arquitectos occidentales sostienen sus representaciones. Pero en una habitación contigua, y en contra de dicha recuperación, Kader Attia establece otro diálogo, no menos inquietante, mediante el esparcimiento de granos de couscous, cuyos trazos en el suelo hacen surgir las formas simples de la arquitectura mozabita de la misma ciudad, en la que se había inspirado Le Corbusier en los años 30. Es cosa de ver una foto de la mezquita de Sidi Brahim, en El Ateuff, para entender lo que estoy diciendo.

Al momento de salir para Argelia, se inaugura en el Museo Nacional de Bellas Artes la exposición de Gordon Matta Clark. Gabriela Rangel, co-curadora de ésta, me señala la necesidad de escribir a Kader Attia, pero al momento de mi arribo a Argel,  se encuentra exponiendo en México con nuestro común amigo Javier Téllez. Entre ambos, hay algo que se instala: la pasión común de trabajar sobre los límites de las representaciones corporales, en los momentos de des/institucionalización de los espacios de concentración de los cuerpos; es decir, la arquitectura vernacular producidas por los excluidos y las prácticas de reversión de las subjetividades en los espacios de producción de manejo de la enfermedad mental. Sin embargo, Kader Attia no deja de insistir en que visite el Espace Noun, donde debiera encontrar la perla bibliográfica que consigna el viaje de Le Corbusier a Ghardaia.

Dos meses atrás, el propio Kader Attia había dirigido en Tours el coloquio Kasbah, que sería retransmitido por la webradio de France Culture, con la participación de Marie-Ange Brayer, Regis Durand y Jean-Hubert Martin, entre otros. Estos intercambios sobre los signos de la reapropiación cultural articulan diversos estratos reflexivos; a saber, histórico, político, social y arquitectónico.

La pregunta formulada por el dossier de prensa de la exposición es el siguiente: ¿de qué manera poblaciones desposeídas de su historia cultural pueden reapropiárselas e inventar nuevas formas y nuevos valores en la periferia del mundo occidental?

Ciertamente, cuando Kader Attia me indicaba la dirección del Espace Noun estaba recurriendo a la excusa de Le Corbusier para instalar la preeminencia de la pureza de las formas, como parodia anticipada de una modernidad compleja que produce la exclusión política de un contingente social cuyas esperanzas serán cristalizadas en la guerra de Independencia, que terminará en 1962.

Diez años después, Matta-Clark estará en Santiago y ya habrá firmado la carta para promover una contra-bienal de Sao Paulo. El era un artista anti-establishment: contra el padre, contra la Ley, contra el gobierno de los EEUU. Solo en el 2009 ha sido posible realizar una exposición de Gordon en Santiago, bajo la excusa de que –de algún modo- se ha repatriado su nombre. Solo ha sido posible, cuando el padre ha ganado la partida, cuando la Ley revierte la Justicia, cuando la política del gobierno de los EEUU declara el modus operandi de lo tolerable. Es decir, solo ha sido posible exponer a Gordon en condiciones de desmontaje global, de desmantelamiento de la crítica política en el contexto de una política de ciudad para la que su obra solo rinde como insumo  académico post-modernizante en la formación de arquitectos. En el mismo año 1971-72, el padre realiza unas pinturas radicales sobre arpillera, barro, paja y cal. Otro caso para abultar la deuda que la pintura erudita sostiene respecto de las expresiones vernaculares propias del campesinado pobre en la fase de la inmediata pre-reforma agraria. Para garantizar su discurso plástico, se sometió a la política ilustrativa del brigadismo moral.

Mientras en Santiago se inaugura la exposición de Gordon y regreso de Argel, en Buenos Aires Andrés Duprat me hace visionar una de las últimas versiones del segundo largometraje de Mauricio Cohn y Gastón Duprat, El hombre de al lado, del cual él mismo es guionista. La acción tiene lugar en la casa diseñada por Le Corbusier (1948) para el doctor Pedro Domingo Curutchet, en la ciudad de La Plata (Argentina). Para Le Corbusier este proyecto representaba un factor de peso para la eventual puesta en marcha de un hipotético plan urbano para Buenos Aires, que desde 1938 venía desarrollando con la colaboración de arquitectos argentinos. En 1936, durante la dictadura de Getulio Vargas, en Brasil, aceptó trabajar como consejero en el diseño del edificio del ministerio de educación en Rio de Janeiro. En ese mismo año, se asoció a la empresa colonialista italiana, ofreciéndole a Giuseppe Bottai, entonces gobernador de Addis-Abeba, una plan de urbanización para la ciudad. Durante la ocupación de París por los nazis, se fue a Vichy donde llegó a formar parte de una comisión que estudiaba planes de vivienda y trató de convencer al gobierno de sus planes urbanísticos. Pero sus fracasos al respecto le permitieron luego de la Liberación evadir cualquier acusación de colaboracionismo y aun llegar a presidir una agrupación de arquitectos surgida de la Resistencia.

Todo lo que he sostenido en el párrafo anterior, proviene del libro de Juan José Sebreli, Las aventuras de la vanguardia. El arte moderno contra la modernidad, que fue editado en Buenos Aires por Sudamericana en el 2000, quien no trepida en afirmar en la página 269 que “con frecuencia, si raspamos entre los franceses a un resistente del 45 surgirá debajo un colaboracionista del 40”.

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