LA ULTIMA COLUMNA.

Recibí, como siempre, por anticipado, el texto  de crítica  de Mario Fonseca que se publica en La Revista del Sábado de El Mercurio.  Pero esta vez he recibido lo que él mismo titula como La última columna.  Y corresponde, en efecto, a su última columna.  Sin embargo, las razones de su término no pueden atribuirse a razones económicas. Si se hace un cálculo de lo que efectivamente le cuesta a El Mercurio sostener esta columna, es probable que no se considere un aspecto suplementario de su presencia, que en definitiva, permite que el diario obtenga un rango de credibilidad analítica en la comunidad artística. De modo que lo que la empresa ahorra, aparentemente por un lado, lo pierde por otro. Sin embargo, uno nunca sabe cómo funciona  la lógica del manejo de recursos humanos en una empresa editorial. Lo cierto es que ese tipo de escritura ya no cumple con las expectativas del medio. Es así de simple. Solo queda lamentar el término de la columna. Si bien, queda claro que la escritura de Fonseca prevalece y que solo cambia de soporte, porque resulta necesaria su presencia en un formato online para seguir colocando problemas.

La última columna coloca un problema fundamental, que compromete la exportabilidad del arte chileno. Empleo esta palabra que proviene del léxico de las oficinas de cancillería para designar el  alcance estratégico de una preocupación por colocar el arte chileno en el circuito. Lo grave de esto es que se termina confundiendo la colocación del arte con la “imagen-país”.  Justamente, para impedir el reduccionismo en la colocación del arte y para respetar las propias lógicas de su circulación, no hay que vincularlo con operaciones de promoción de marca. El arte no es una marca, EL ARTE MARCA.

La gravedad de lo señalado por Fonseca en su última columna, que en verdad se titula  Como el vino, delata la incompetencia de algunas políticas públicas en este terreno.

¿Qué es lo que sostiene Fonseca?  Lo cito en extenso: “Hace varios años, a comienzos de los ’90, el director de un destacado concurso mundial de vinos comentó en Santiago que había pedido que le sirvieran en su hotel un vino chileno que venía de probar en Europa y, para su sorpresa, a pesar de portar la misma etiqueta, el vino era bastante inferior. La explicación a medias que le dieron fue que como el consumidor local no sabía mucho de vinos, las mejores partidas se destinaban al incipiente mercado internacional. El especialista señaló entonces que ningún país podía aspirar a tener un lugar relevante en el contexto vitivinícola mundial si su propia nación no se convertía en consumidora calificada de vinos. Chile ha avanzado simultáneamente en ambos aspectos, con los resultados positivos que todos conocemos.

En materia de arte contemporáneo, en cambio, existe una manifiesta dislocación entre la calidad de la producción, sustancial y competitiva internacionalmente, y los conocimientos del consumidor local, muy limitados cuando no inexistentes”.

Lo que sostiene Fonseca lo debiera leer el comité político de La Moneda, porque es una metáfora que describe una situación de la más alta gravedad. Sustituyamos las palabras y las funciones. La construcción de la presencia chilena en la próxima Bienal de Venecia, por parte de la DIRAC, es un muy buen ejemplo de lo que han hecho los mejores exportadores de vino señalados por Fonseca. En esa línea, lo que está haciendo la Ministra de Cultura con la Trienal de Chile corresponde a la segunda parte del argumento de Fonseca. La Trienal de Chile está demostrando en su modelo de producción efectiva, que las decisiones de conducción corresponden a aquellas que se implementan en una escena poco calificada.  Más grave aún: el modelo de gestión involucrado produce descalificación de la escena interna de arte, cuando en el mismo instante, la DIRAC produce las mejores condiciones para colocar al arte chileno en el circuito exterior real.

Esta situación anticipada por Fonseca es lo que el comité político de La Moneda debiera calificar, anticipando el advenimiento de una crisis de representación que puede tener efectos impensables. La hipótesis de la exportabilidad del arte chileno, que ha sido montada como una ficción estratégica por los servicios de Cancillería, no es acompañada en el terreno interno por una ficción de semejante consistencia, de parte de las autoridades de Cultura, que han  habilitado el peor equipo de conducción y de asesoría que se haya implementado en un proyecto de tanta relevancia para la escena plástica.  Resulta inconcebible que la autoridad permanezca ciega y sorda ante las múltiples advertencias que ha recibido por parte de la comunidad, sobre esta incompetencia política y administrativa.  Para que la política de colocación de Cancillería tenga eficacia, es necesario que la política interna de desarrollo de las escenas locales,  siendo este uno de los objetivos que justifica la realización de una Trienal, sea abordada  de una manera análoga. No hay  política exterior eficaz sin una ficción interna consistente.

Para terminar, se hace absolutamente necesario afirmar la actividad crítica independiente  de Mario Fonseca a través de un soporte online. Pero junto a ello, resulta imperativo que produzca una edición de las columnas más significativas publicadas en estos siete años de colaboración  en Revista del Sábado.  El criterio editorial debiera ser aquel por medio del cual su escritura haya intervenido en el fortalecimiento de una escena interna calificada. Porque lo que importa es, en términos estrictos, calificar la escena. Es decir, hacerla factible como una ficción de colocación que conduzca el deseo de autorepresentación del arte chileno.

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