LECTURAS ENCADENADAS (2).

Roberto Ampuero, en su carta a la Presidenta señala: “Quien conoció el exilio no puede aplaudir a quien exilia y vitupera a los cubanos en diáspora”. No se tiene certeza alguna de que la Presidenta responda. Su viaje a Cuba y la negativa a reunirse con la Oposición no ha logrado borrar el bochorno que significó el atolondramiento de la Cancillería chilena cuando ocurrió el intento de golpe de Estado contra Chávez, donde el gobierno de Chile se apresuró a sostener a los golpistas, sacrificando a un embajador. Después de reestablecida la situación, las autoridades se lavaron olímpicamente las manos. En el caso de Cuba, no es posible permitirse atolondramiento alguno, aún cuando se sostiene que dentro de lo posible habrá consultas acerca de la situación de los Frentistas y del apoyo otorgado por el gobierno cubano a las tentativas insurreccionales durante la dictadura.

No se debiera, en este viaje, solo preguntar por los Frentistas comprometidos en causas judiciales a raíz  del asesinato de Jaime Guzmán, sino montar un laboratorio  de trabajo sobre la historia de quienes en virtud de un análisis determinado de la situación política chilena, enviaron a la muerte a centenares de militantes. CUBA fue la retaguardia para una estrategia de reclutamiento que le imprimió al exilio chileno un carácter cuyos efectos no han sido abordados. Por eso la necesidad dellaboratorio que menciono, para analizar procesos de  desplazamiento familiar y de delegación de la patria potestad mientras los padres acudían a las escuelas de entrenamiento militar para regresar al “frente interno” a combatir una guerra perdida.

La revolución ejerce una “potestad” orgánica en los diseños de vida de los combatientes, cuyos estragos subjetivos deben ser abordados como un capítulo ineludible en la reconstrucción de los estragos de una historia que reproduce como farsa el modelo de las trágicas insurrecciones de los años sesenta. Lo que está en veremos, en el horizonte de este problema, es el de la conversión en responsabilidad penal de aquellas responsabilidades políticas asumidas en el marco de una retórica heroica destinada a cubrir daños de interpretación. Ya lo he planteado en otras ocasiones.

La carta de Ampuero posee un destinatario suplementario, que no es la Presidenta, sino los exilados que aparecieron mencionados en la edición del domingo anterior, de tal modo que la frase inicial que he trascrito se muta en “quien residió en el exilio en un país totalitario debe ejercer la critica del totalitarismo”, de lo contrario se hace cómplice de dicho régimen. Sin embargo, de eso, en la izquierda chilena, “no se habla” en público, porque existe un acuerdo tácito y cómplice de no hablar, para no comprometer las memorias partidarias, que tendrían demasiado que dar cuentas, incluyendo la disipación del mito acerca del millón de dólares que Kadhafi habría entregado a un pequeño partido, creyendo que financiaba una organización insurreccional de peso. Lo cual introduce un segundo elemento crucial para comprender la historia de sobrevivencia de la izquierda, bajo la dictadura. Hago referencia a la construcción de un discurso apegado a los formularios de solicitud de financiamiento de las grandes fundaciones, que por lo demás, sectorizaban sus fondos editando temas nuevos de mayor rentabilidad analítica en la distribución efectiva de los cargos por venir.

En los años de plomo, caminaba junto a un contacto por el medio del parque Américo Vespucio, mientras me explicaba que los compañeros de una determinada tendencia no había remitido a la Dirección del partido unos fondos que habían conseguido en el extranjero. El pertenecía a aquellos grupos que no habían estado en el exterior, o si lo habían hecho, solo había asistido a seminarios a países limítrofes nada más. Manteniendo en alto la frente, como si escrutara el destino de nuestros esfuerzos en la imposibilidad de mantener una compartimentación adecuada, manifestaba su amargura frente a la nueva situación. Mientras ellos habían corrido todos los peligros para rearticular el edificio de la organización, me decía, algunos exilados eminentes similares a los que encuentro mencionados en las páginas de El Mercurio, habían podido levantar  un capital financiero y simbólico en el exterior, aprovechando el acceso a los nuevos gobiernos socialistas (francés y español). De ahí que el deslizamiento hacia las tesis del eurocomunismo habían estado directamente ligadas a intensos y acelerados procesos de desmarxistización de organizaciones que pudieron disponer de fondos para desarrollar una tipo de “producción de regreso” destinado  a ocupar el estrecho margen de expresión pública que la dictadura permitía.

La derrota a la organización partidaria no se la había inflingido Pinochet, sino los propios compañeros al cambiar el giro al negocio, al pasar de “lo proletario” a “lo presupuestario”. A mi contacto solo le quedaba un argumento, cuyo recuerdo  hasta el día de hoy es motivo de una gran emoción entre algunos veteranos derrotados en esas luchas distributivas: “Ellos no van a realizar una política de reactivación del movimiento obrero y popular, en el sentido del pueblo”. En esa época se forja del famoso predicamento de “ser la voz de los que tienen voz”, la “voz del pueblo” pasó a ser la (nueva) Voz de América; es decir, la voz FUNDACIONAL de CIEPLAN/FLACSO, como significante activo del despojo y la sustracción de enunciación, para fundamentar las hablas de reemplazo de los nuevos destacamentos de inversión discursiva renovable.

Sabiendo que de todos modos era una política de riesgo significativo, apostaron a convertir “movimiento obrero y popular” en una metáfora vacía, en torno a la cual podían especular todos los encubrimientos utópicos posibles.  Ese fue el momento en que la “decibilidad” de la izquierda se desplazó hacia la financiabilidad de las enunciaciones.

El “decir” estaba entonces determinado por lo que la fundación deseaba “escuchar”, introduciendo unos modelos de subordinación narrativa sobre los que se consigna la pragmática de los grupos de cientistas sociales que definieron los términos de la “decibilidad” de la Oposición hasta el arribo de las primeras oleadas de dirigentes históricos que, con marraqueta bajo el brazo, acudían a su segunda cita con la Historia.

Los sociólogos y economistas que armaron el encubrimiento narrativo tuvieron que dejar libre el paso a los constructores de alianza y se conformaron con puestos medianamente superiores en los futuros gobiernos. Para eso, había que tener alguno (gobierno, digo), a como diera lugar.

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