JEFATURA Y GABINETE.

Las palabras “jefatura” y “gabinete” han sido señaladas como conductoras de alegoría frente a la defección metodológica que ha acarreado la distinción entre novela de bajo fondo y novela de doble fondo. Por su estructura, el discurso histórico de la novela es una construcción imaginaria en que el acontecimiento mismo es reconocido como una existencia lingüística externa que proviene de un campo literario ya sometido a laboriosas operaciones de cultivo.

De jefatura real se habla en el espacio escolar, como cuando se dice “jefatura de curso”, o, mejor aún, “jefatura de la unidad técnico-pedagógica”. En cambio, “gabinete” involucra un uso más restringido, pero no por ello menos erudito. En este caso rechazaré tanto la connotación del servicio de registro civil como la de gabinete ministerial, si bien, en esta segunda acepción los términos de los contratos resultan acordes con el cuoteo político en las cargas culturales de rigor. La estructura narrativa de la impostura es elaborada en el crisol de las ficciones, mediante mitos y epopeyas de bolsillo que se vuelven signo y prueba de lo real. Razón por la cual, lo que haré será vincular la palabra “gabinete” a su modelo de referencia en “El gabinete de un aficionado”, de Georges Perec, con el propósito de suspender las ensoñaciones coyunturales que aparecen hoy día subordinadas al manejo de fondos nocionales reservados.

En cambio, la palabra jefatura se sostiene en los números especiales de la Revista de Educación destinados a las tácticas de dominio en el campo del aula. Lo cual significa una sola cosa: que desde una noción desfigurada de gabinete se aprobará la crítica política de la noción de jefatura de curso.

En este terreno de sobre exposición lexical, la jefatura pone en suspenso el modelo de trato que me prodiga el jefe de gabinete cuando me hace ingresar a su despacho. Desde su ventana se podían apreciar, indistintamente, las nuevas torres recientemente levantadas por PAZFROIMOVIC y las ruinas aledañas en la calle Camilo Henríquez. Esta visión resumía la figura de su propia política ministerial: apoyo a las industrias del espectáculo y manejo crítico de zonas de enunciación tugurizadas.

El hombre en cuestión, tendrá que rebajar el carácter de su función  para sindicar -a punta de nescafé y galletas oblea- su nueva condición de profesor jefe y encargado de departamento, cuyo rol es llamar la atención a quienes  no están dispuestos a ajustarse a reglamento. Lo que no le dije fue que yo sabía que se metían los concursos por la raja y que contrataban a puros ineptos,  hijos o sobrinos de funcionarios del gobierno. Era el caso de la tipa que ponía en suspenso mi trabajo autoral por mi crítica de la política de encierro nocional de su servicio. Como también lo era el de aquel desinformado periodista que las hacía de relacionador público, pero que luego confundía los nombres de las revistas internacionales de arte y terminaba promovido gracias al cumplimiento de complejas lealtades tribales. Todo eso, y mucho más,  daba lugar a  operaciones de nepotismo menor, destinadas a mantener la fidelidad de las huestes, cuando no le asignaban directamente tareas de información; es decir, de delación blanda.  En este relato, el asesor de la ministerial confianza en los recursos no declarados por la ficción especulativa de la directora de presupuesto, había logrado convertirse en especialista de la ocupación  de  vacíos de trabajo que él mismo -en secreto- había contribuido a diluir el contenido.

En la ficción de que me ocupo, la figura del curador es tan solo la de un inexperto agente de manejo, sobre cuyas vicisitudes orgánicas se concentra el drama de las iniciativas independientes, cuando deben ser reducidas a política sectorial por un aparato de garantización gubernamental. Más aún, cuando en dicho sector, la devolución de favores domésticos termina por poner en entredicho la factibilidad de proyectos que sostienen la ficción de la producción de ciudadanía, dada la dimensión de las deudas que deben ser saldadas con el erario de cultura, sobre todo,  en la fase terminal de administración del año 2009, en que se debe asegurar todavía algunas lealtades propias de quienes, desde fuera de los ministerios frágiles, organizan las huestes para la próxima campaña electoral.

A fin de cuentas, el jefe de gabinete exponía la verdadera fortaleza de su posición,  dando suficientes elementos para reconstruir el lugar de donde provenía su jurisdicción. Mi gran propuesta narrativa consistía en determinar que la fuente de su poder no era la autoridad directa que le pagaba el salario, en términos ministeriales, sino que dicha autoridad le era delegada por chorreo partidario y doble garantización de (un) Otro, que no era miembro del gobierno, pero que satisfacía los rasgos descriptivos del  operador fáctico superior, para cuyos negocios el espacio administrativo de un ministerio de segundo orden era más que nada una plataforma sustituta para la habilitación de  otras operaciones de control político, referencialmente  más rentables.

Así planteadas las cosas, disponemos de una trama básica para una novela de la delegación ministerial. Aunque el drama, en todas estas tentativas en  que personajes de diversa consideración y consistencia invierten sus pasivos ya subordinados, es que para grandes acuerdos en otras zonas de administración resulta imprescindible entablar sistemas de vigilancia de la gestión ordinaria en zonas depreciadas, para las cuales se recurre a un servicio de empleo acorde con dicha depreciación.

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