CUREPTO

Curepto es el significante unificador de la representación chilena de la política. Simulación subordinada, ortopedia cultural de quienes adolecen de lo que he denominado falta-de-arribo.

Recordemos el caso: la exposición “Diego y Frida” en el CCPLM. No hay valor: en el diario Clarín de Buenos Aires se consigna la visita que la presidenta Cristina Kirchner y el presidente Felipe Calderón realizaron al lugar en que se restaura la obra realizada por David Alfaro Siqueiros y un equipo de artistas argentinos, entre los que se contaba Antonio Berni, Lino E. Spilimbergo y Juan Carlos Castagnino. Me refiero a “Ejercicio Plástico”, la obra realizada en 1933 en el sótano de la finca “Don Torcuato”, en Los Granados, propiedad de Natalio Botana, director y propietario del diario Crítica.

No sigamos. En Buenos Aires se presenta una obra recuperada, clave en las relaciones de arte y política en la coyuntura de la pre-segunda guerra, emblema de la pintura mural mexicana; en Santiago, solo tenemos recurso a una operación mediática que explota “el caso Frida/Diego”, en una exposición “temática”. Esa es toda la diferencia. En el primer lugar se recupera la historia, mientras en el segundo solo se ilustra la sujeción de la historia a una intriga conyugal, trabajada como farándula de segundo grado.

La diferencia anotada no viene más que a señalar la gran diferencia entre la historia y su representación subordinada. Es terrible pensar que hasta la figura de localización de los acontecimientos ceremoniales nos deja en un mal pie. Mientras en Buenos Aires, el tinglado de la recuperación de la obra de Siqueiros se ubica en la propia Casa Rosada, en Santiago solo da para que la ceremonia de sujeción tenga lugar en un centro cultural no más, pero que lleva el nombre del palacio presidencial.

Curepto, como sombra que anticipa su concepto, siempre define el carácter de la representación de la realidad.

Lo que la exposición del CCPLM nos ofrece, al menos, la posibilidad de repensar el efecto del muralismo mexicano en la escena plástica chilena; pero de los años cuarenta. No es posible esperar que una exposición como ésta pueda construir un efecto, hoy en día; como fue el caso del otro mural, de Jorge González Camarena, en la Pinacoteca de la Universidad de Concepción, realizado en 1963; es decir, en la misma época de la exposición, en Santiago, “De Cézanne a Miró”.

Curiosa proximidad que en el CCPLM ni se pueden enterar, ya que si bien la pintura del mural mexicano de 1963 corresponde a una donacion del Estado mexicano como contribución a la reconstrucción de la ciudad de Concepción, asolada por el terremoto de 1960, la exposición “De Cézanne a Miró” significó un terremoto en sí mismo, en el terreno de la representación que el público chileno se hacía del arte. Aunque siempre he sostenido que, si bien ésta fue una exposición significativa en términos mediáticos y de público, hubo otra, una década antes, que no fue exitosa ni en lo uno ni en lo otro, suponemos, aunque fue decisiva para los artistas en cuyas obras se afirmaba el combate contra los efectos del muralismo, por un lado, y contra los (d)efectos del impresionismo post-cézanniano regresivo de la Facultad de ese entonces.

Me refiero a la exposición francesa “De Manet a nuestros días”, que tuvo lugar en el Museo de Bellas Artes, en 1950. A mi juicio, ésta fue más decisiva para los artistas, mientras que “De Cézanne a Miró” fue decisiva para el público. Es decir, hubo efectos diferenciados. Pero sin lugar a dudas, no se le ha otorgado a la exposición francesa el lugar que se requiere, en los medios, aunque en el terreno crítico esté suficientemente reconocida. En tal sentido, no se pueden comparar. Cada una respondió a unas demandas específicas, en tiempos diversos.

Si hubiera que hablar de Diego Rivera en Chile, habría que remitirse a la visita que realizó en 1953, cuando vino al Congreso Continental de Cultura organizado por Pablo Neruda, después de su triunfal regreso del periplo que había iniciado con la fuga a través de la cordillera, para escapar de la Ley Maldita. ¿En el CCPLM sabrán lo que era la Ley Maldita? Todo indicaría que eso es efectivo, si se piensa que esta exposición reproduce esa especie de des/comunización de la figura de Rivera, a través de esta pequeña feria de objetos anecdéticos y algunas buenas pinturas de caballete. No hay que olvidar que en la inauguración de ese congreso, en el Teatro Caupolicán, Neruda leyó el discurso “A la paz por la poesía”. Tampoco se debe olvidar que es David Alfaro Siqueiros quien ilustra junto con Diego Rivera, en 1950, “Canto General”.

Para contrarrestar la banalización de las relaciones entre arte y política que promueve el CCPLM, valga señalar que acaba de ser publicada en México, bajo los auspicios del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM, la extraordinaria tesis doctoral de Renato González Mello, titulada “La Máquina de Pintar”, y cuyo subtítulo señala “Rivera, Orozco y la invención de un lenguaje. Emblemas, trofeos y cadáveres”. Este es el tipo de documentos que debe ingresar al CEDOC -el centro de documentación de artes visuales que funciona como “conciencia crítica” del CCPLM-, para paliar el bochorno de la producción de confusión empeñada y proporcionar a los investigadores y público en general, la posibilidad de explorar con rigor la construcción del lenguaje que caracterizó a la pintura mural mexicana de la primera mitad del siglo XX.

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