EL SECRETARIO DEL PRINCIPE (2).

Insulza estuvo exilado en México. Arrate, en Rotterdam. Ahí está toda la diferencia. Mi distinción entre secretario y secretariado es ¡total! En Holanda no se aprendía a como mantenerse en el poder, a como diera lugar. La mejor inversión del socialismo chileno fue irse a México, porque pudo desplegar el verdadero sentido del arrivage.

Un amigo mío que los padeció en esas circunstancias me señalaba que la mayoría logró hacer una maestría en priísmo consecuente. Insulza fue doctor de primera: summa cum laude. Eso es encomiable. La gran pregunta de la estética priísta es: “¿cómo voy ahí?”. La gran razón de Estado, objeto de las “ciencias políticas”, fue condensada como la Razón Funcionaria, que en su producto más destilado dio origen a la Razón del Aparato (filial), entre citas de Adorno y Laclau, para desplazar a los que se tomaban demasiado en serio la enseñanza de Touraine.

Cuando hablo de la Razón del Aparato no me refiero a la razón bolchevique en su vertiente policial -¿hubo otra, me pregunto?-, sino a la expresión más elaborada de la ciencia española de la escolástica decadente. No nos equivoquemos: Insulza nunca fue marxista, en términos diagramáticos, sino un gran escolástico-práctico. Tenía de donde. En la UP ya había algunos maestros de tomismo-leninismo. Ni que hubiera sido alumno del padre Lira. Así fue como comprendió que la  frase acerca de las víctimas mudas poseía un fundamento teológico. Las víctimas no tienen derecho a hablar, porque son víctimas. Esa es la base de su poder de enunciación: solo un habilitado para ello puede fijar el lugar de la enunciación, como delegado de la voz silenciada de la víctima. Para qué va a hablar, si me tiene a mí, pareciera ser el argumento del propio Insulza. De acuerdo a lo cual, él solo, sería algo así como una vicaría entera en la Transición Interminable, habiéndole usurpado el poder de la delegación representativa: ser la voz de los que no tienen voz.

La anterior ha sido la frase clave del “período especial chileno”, que se trasladó a la era de la Transición y se plasmó en programa de manejo de la suspensión y desplazamiento de la noción misma de manejo. Por eso, Insulza dijo: “yo soy la Voz (de ahora)”. Es decir: “yo soy la Razón (misma) de la Gobernabilidad Delegada. Y la Transición no ha sido más que eso: una gran operación de delegación representativa. De ello hay quienes hicieron carrera.

La voluntad chilensis de poder, en el terreno de la sustitución concertacional, exige la presencia simbólica del Verbo Encarnado que escribe los términos de la función. Por eso, Insulza es un secretariado en sí mismo; pero no es Príncipe. Ya no lo fue. Esperó demasiado. De manera implícita, le pidió permiso a Lagos. Y Lagos no se lo otorgó. De ahí que a Insulza no le queda otra que arriesgarlo todo en una operación de usurpación de marca mayor, que le permita esta vez, poner la Voz de tal manera que lo decapite, al Príncipe. Lo que paradojalmente significa abandonar la enseñanza priísta y pasar a adquirir la estatura de un Príncipe por sí mismo.

¿Tendrá el valor?

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