La Performance Chilena

El asunto se puso muy complicado. No es posible realizar en Chile festival de performance alguno. Las artes visuales han sido sobrepasadas. Ante la performance televisual diaria que nos ofrece el Ministro Vidal, no hay nada que resista. El ha logrado con su rictus convertirse en la metáfora corporal del país. Estamos frente a la imagen de un personaje incontinente cuyos labios no pueden retener la verborrea destinada a encubrir hasta lo más inverosímil. Grave atentado a la credibilidad de Palacio. El rictus denota la fisonomía de un individuo que ya no puede más con su reflujo. Esto tiene que ver, sin duda, con la manera de cómo digiere aquello de lo que se entera. Es decir, estamos ante un sujeto que padece de graves trastornos de asimilación de conocimiento, si hacemos un paralelo entre alimentación y acceso a la información. El problema del Ministro Vidal estaría directamente relacionado con la elaboración de Inteligencia. Su performance denota la incapacidad para interpretar las señales que le proporciona la realidad. Algunos analistas cercanos al Palacio sostienen que allí se adolece de una grave dificultad para adelantar escenarios de prevención de riesgos políticos, dejando a la ciudadanía en estado de absoluta indefensión.

El Ministro Vidal, instalado en la testera del Vocero, se expone diariamente a los recolectores de voz, para depositar una materia discursiva cuya consistencia es sobredeterminada por el rictus que he mencionado. Esa es la primera imagen que tenemos a diario de la práctica de vocería: un rostro dibujado por la decepción de constatar la incompetencia del funcionariato, erigiéndose al mismo tiempo en modelo de cumplimiento.

Sin lugar a dudas, el trabajo del Vocero es de una gran exposición, por cuanto ejecuta el rol del escultor de lengua que repite como farsa, la trágica retórica punitiva del inspector de patio que se ve obligado a concebir a los ciudadanos como un grupo de escolares en falta permanente. Es aquí donde el Ministro Vidal queda transparentado como un carente de cuerpo para hacerse portador del mandato a la medida del cargo. Justamente, porque su modo de expresión ri(c)tual anticipa la recepción de su discurso.

Un ejemplo absolutamente paradigmático lo podemos encontrar en la frase canónica “los funcionarios públicos están para hacer las cosas bien y el que no las hace bien, se va”, reproducida en La Tercera del jueves 17 de abril. ¡Pobres funcionarios! No podemos sino ser solidarios con quienes cuya función está forjada en el maltrato ejemplarizante. Las asociaciones de funcionarios de la administración pública debieran recurrir a la justicia para interponer recursos de protección ante semejante estrategia de manejo de las relaciones laborales, sobre todo después de que El Mercurio del mismo día 17 de abril reproduce esta otra intervención: “El gobierno decide quien es el responsable”. ¡Esto es fantástico! La figura del rito anticipado por el Ministro Vidal lo sitúa como la expresión de un autoritarismo de pacotilla que produce un sentimiento de desconfianza ciudadana acerca de la probidad de los propios encargados de producir la fisonomía de quienes nos gobiernan. En este terreno, es la percepción colectiva sobre la dignidad del cargo que se ve afectada.

Ahora bien: si la producción corporal del Ministro Vidal fija el rango de la “performance chilena”, el caso de la inauguración del Hospital de Curepto afecta, en cambio, las condiciones de la propia representación (de la) política chilena. Es decir, pasamos de las artes performáticas a las artes de la representación imaginaria. Y en este deslizamiento, hemos alcanzado como “escena de representación”, el grado más sofisticado de realización. O sea, después de esto, ni las artes visuales ni las artes escénicas pueden hacer lo que se espera de ellas, porque la producción palaciega ha superado toda expectativa.

Definitivamente, se debe clausurar la Galería Gabriela Mistral y el Centro Cultural Matucana 100 después de esto. Lo único que queda por hacer es destinar el Centro Cultural Palacio La Moneda a reproducir montajes de inauguraciones, porque ese edificio reproduce en su propia constitución la puesta en escena del trato de los funcionarios con la ciudadanía. Recordemos que fue inaugurado sin siquiera haber tenido “marcha blanca”. O sea, hasta el día de hoy vive para el blanqueo de no se sabe qué.

Mi sugerencia es que se instale en el hall una testera con una reproducción del Ministro Vidal exhibiendo su rictus distintivo, como uno de los emblemas que definen el tipo de relación entre la Voz del Gobierno y la gobernación sobre los “sin voz”. Aquí ha habido una grave situación que ya se ha prolongado en demasía. Todos recordarán que durante la dictadura se escuchaba en todos los tonos que la Iglesia era la voz de los sin voz. Pero nuestra clase política realizó un desplazamiento imaginario colosal, al despojar a la Iglesia de un rol que las circunstancias dramáticas del período militar le habían permitido atribuirse. Lo cual supone, por cierto, que los sin voz de antes, bajo las nuevas circunstancias de la transición interminable, aceptaran sin más asumir el rol de los sin voz de ahora. Pero esta hipótesis vocal funciona gracias al despojo definitivo del poder de las vocerías ciudadanas. Sin embargo, todo parece indicar que los ciudadanos de ahora no consideran que el modelo de Vocería del Ministro Vidal, que ya vendría a ser un caso extremo de disolución del mito pentecostal, pueda seguir funcionando como representación de la gobernabilidad de todos los días.

Lo que resta por saber es hasta que momento, los reales Mandantes del Palacio, van a delimitar las responsabilidades preformativas del Ministro Vidal, en la medida que se levanta como sostenedor de una tautología cómica que no puede ser tomada como síntoma de un desalojo, sino de un desmantelamiento autocumplido.

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