Ritos Académicos y Etica de la Transmisión

He sostenido que en el incidente que tuvo lugar a propósito de la actividad de graduación de unos alumnos, permite trabajar la cuestión de los límites de las prácticas de arte. Resulta risible que las prácticas más infractoras a nivel discursivo, deban pedir permiso a la Intendencia para poder ser ejecutadas. Hablo de intendencia en sentido amplio. Ustedes entenderán a qué me refiero.

Hay obras que suponen la infracción como condición de existencia. Es lo que se denomina en la jerga crítica “la poética del pequeño desborde”. Rápidamente, la intransigencia es formateada, sobre todo cuando el registro de ésta pasa a circular como un valor seguro en los espacios de legitimación del museo, de las editoriales y del mercado de galerías. Se infracta para rentabilizar las obras en un ejercicio que consiste en ponerse ilusoriamente “fuera de”, aunque sin embargo la “puesta fuera” sea la condición necesaria destinada a circular bajo nuevas condiciones por espacios institucionalmente garantizados. Para rentabilizar el borde no hay que pasarse en exceso de la raya, sino más bien, apenas traspasar el límite, para que desde la superficie de partida se entienda que ha habido rebasamiento y pueda constituirse una especie de memoria de la perturbación. Porque aquello que se invierte en el espacio de circulación es el registro de esa memoria, negociado por las exigencias del género.

Tenemos el ejemplo de los empleados municipales de Kassel que borran los signos de Lotty Rosenfeldt. El objetivo ha sido cumplido: de lo que se trataba era de registrar el que dichos signos están allí para ser “obliterados” por la institución política, de modo que quedara bien claro que, a fin de cuentas, el arte contemporáneo produce signos que perturban. La institución de arte requiere que dicha confirmación provenga desde otro lugar. Lo que no se ha pensado es que una obra realizada en condiciones de restricción en el Chile de la dictadura, no pueda ser re-escenificada treinta años después en el seno de una sociedad democrática extremadamente vigilada. Es probable que lo que haya estado en juego haya sido la validez de la re-escenificación, como fetiche de un pasado convertido en mercancía. Con lo cual se demuestra que bajo una dictadura, el arte ocupaba los resquicios y las fisuras en las que la permisividad del propio sistema estaba puesta en juego, en la medida que esas infracciones poseían una rentabilidad política inmediatamente reconocible y transformable en imágenes ya esperadas por la editorialidad puesta en juego.

Lo de Kassel no ha sido la primera vez que Rosenfeldt tiene problemas con la policía. Al parecer, su intervención no puede ser acogida hoy más que como efecto de borradura, para el que la obra ya contempla en su diagrama el arribo de las fuerzas represivas. Sin su presencia el trabajo no está completo. En Linz (Austria), hace ya varios años, Rosenfeldt realizó una acción callejera que fue impedida por la policía. El curador de la muestra le planteó la pregunta de porqué no le había avisado con anterioridad, para haber tenido el tiempo de pedir permiso a quien correspondiera. El punto es de importancia: la acción debía ser registrada como infracción.

En Kassel, en cambio, el incidente involucró la ineptitud calculada de la producción de la documenta 12, que no avisó oportunamente a los empleados municipales. Todos sabemos que hay avisos que no se dan oportunamente, justamente, para rentabilizar el desborde de los límites como espacios de fricción simbólica.

En el caso de la actividad de graduación de una escuela de teatro, la fricción simbólica se debe a la lógica de la transmisión de enseñanza. El teatro se construye en la visibilidad de su puesta. En cambio, en un examen de artes visuales, todo ocurre en un recinto de escuela, no en un teatro. Cuando una escuela posee sala de exhibición, esta forma parte de su procedimiento de transmisión, en que el examen de grado es concebido como un acto terminal de producción académica. En el caso de este incidente, el lugar del teatro es significativo, porque al estar fuera del recinto plantea problemas de jurisdicción en que prima la lógica del Teatro UC por sobre la lógica de la escuela.

Sin embargo, hay universidades en que los exámenes son concebidos como “exposiciones”, porque requieren asumir públicamente ese carácter en función de su política de matrículas. De este modo, cada universidad elabora sus protocolos de titulación y fija a sus autoridades un marco de referencia.

Sin embargo, existen los casos en que los docentes convierten los exámenes de grado en espacios de expansión de su propia obra. No en cuanto a que los estudiantes reproduzcan las obras del profesor, bajo su influencia directa, sino a una operación mas sofisticada que consiste en preparar los exámenes, montando procesos de trabajo que pongan en cuestión la propia naturaleza de la enseñanza de la escuela. Esto ha sido tan recurrente que ha llegado a convertirse en una “academia de exámenes de grado infractores”, concebidos para satisfacer a unos docentes que ofrecían a sus estudiantes facilidades de colocación post-escuela a cambio de constituirse en su fuerza social específica. Lo que se pone en juego en este tipo de prácticas es una ética de la enseñanza.

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