Venecia: envío de doble propósito

En este mundo en que tan pocos buscan lo incondicionado, no hay actividad más fascinante que revisar las cosas de los medios en el fin de semana. Después de apartar todos los folletos insertos de casas comerciales y recorrerlos sin excepción, se puede entrar en materia. Por ejemplo, en lo inmediato, de la relectura del cuerpo C de El Mercurio del día viernes, donde viene la información sobre Bravo en Venecia, se puede obtener recursos impensados para analizar la cadena de valor de estos relatos.

El Mercurio ha comentado de modo pertinente la mención de un minuto y algo de la presidenta en su mensaje de mayo. Sin embargo, fiel a su carácter, el decano reproduce el gesto de la propia presidenta para referirse a Venecia. En relación a los quince por veintinueve centímetros de columnas sobre Bravo, le destina cinco por catorce a la obra de Mónica Bengoa. Al menos, en la proporción aérea le destina mucho más centimetraje a Mónica Bengoa que la propia presidenta lo hizo con cultura, a condición de entender el articulo de Maureen Lennon como un mensaje presidencial. En todo caso, si no es presidencial, al menos resulta proverbial del peso que le otorga a la reproducción del mito de Bravo.

Veamos: la presencia de Claudio Bravo no es en la Bienal, sino en un evento “colateral”. O sea, es de esos eventos que le hacen daño a la bienal y que, paradojalmente ha sido gestionado por la Embajada de Chile en Italia. Lo que quiere decir que la propia embajada desautoriza el envío oficial chileno promovido por la DIRAC. Lo que no se dice es que para ser tolerado como daño colateral de la Bienal de Venecia, esa exposición debía contar con la autorización de quienes se ocupan de la representación artística chilena. De ahí que en términos estrictos, hay dos envíos a Venecia: uno, de la embajada, con Bravo a la cabeza; otro, de Dirac, con Mónica Bengoa.

El relato mercurial enfatiza en el rol de la galería por sobre la acción de Dirac. Lo cual es injusto porque fue Dirac la que tuvo que autorizar la presencia del daño colateral. ¿Dónde está el daño? En la cifra de cuatro millones que vendió en la noche de la inauguración.

¿Por qué es un daño a la imagen-país artística? Porque se privilegia el monto por sobre las cuestiones formales que hacen que Mónica Bengoa está en la Bienal. Hasta el mismo Bravo lo dice: varios creadores no muestran sus obras en el pabellón oficial del evento, junto a la vanguardia o a la juventud. Como si los que están fuera de la bienal, pero en Venecia, aceptaran su condición de retaguardia del arte contemporáneo.

Hay que invertir los términos del análisis y concluir que esta doble presencia es buena para la visibilidad del arte chileno. En verdad, a fin de cuentas, todo el envío está avalado por la Dirac. ¡Que manera de sacarnos el pillo! Pero así es: el envío de Dirac es de doble propósito. Por esta razón, era dable esperar que en el cuerpo C el relato de Venecia fuese más equitativo. No se puede esperar tanto. La mención a Mónica Bengoa, si bien está destacada en negrita, apenas cumple con un propósito de periodismo burocrático que busca no ser acusado de omisión.

La injusticia de rigor se extiende hasta la fotografía, en la que aparece junto a Ana María Stagno y Claudio Bravo, el curador y poeta Antonio Arévalo, que se ha conquistado un importante lugar en la colocación del arte chileno emergente en la península itálica. En sentido estricto, Arévalo debía estar en una foto junto a Mónica Bengoa. Pero así son las cosas. De todos modos, lo repito, es bueno para la visibilidad del arte chileno que la tradición y la innovación están en la bienal, aunque la primera está prescrita como daño colateral de la segunda.

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