La Arrogancia del Funcionarato

Transantiago se ha convertido en una metáfora de la inepta arrogancia del funcionariato. Ya no puede ser percibido como un caso extremo, sino más bien designa un modelo de comportamiento habitual en el trato entre funcionarios públicos y ciudadanía. En este sentido, en lo que me corresponde, para lo que a artes visuales se refiere, todas las relaciones están determinadas por el modelo de la transantiaguización de las prácticas.

Lo primero que se constata es la existencia de funcionarios dispuestos a vender varias a veces a su madre con tal de encubrir los procedimientos de gestión de sus servicios. Lo segundo, directamente ligado a lo anterior, es la fragmentación de la información. Ya no existe información de calidad destinada a involucrar a la ciudadanía, sino estrategias de “comunicaciones” destinadas a desviar la atención sobre las áreas problemáticas. Los ciudadanos son un problema. Lo tercero consiste en el establecimiento de pactos de silencio destinados a blindar a las autoridades medianas de los servicios. Con estos tres elementos descriptivos podemos armar un panorama de la ineptitud, pero que es vivida por el funcionariato como una condición de ser. De este modo, las autoridades medianas ya no son interlocutores, porque han perdido vocería. No saben sino repetir una pauta de autodefensa de los privilegios administrativos que sustenta.

En este marco, el funcionariato mediano es un tipo de función caracterizado por un maltrato delegado de la autoridad superior. Se es autoridad en la medida que se puede sostener una estrategia de maltrato como sistema de gestión. Sin embargo, si hay maltrato es porque el sistema se ha ido construyendo gracias a la complicidad de los propios funcionarios. De tal modo que agrupados en asociaciones de facto obedecen a poderes paralelos que terminan por obstruir el funcionamiento de sus propios servicios. La obstrucción es el verdadero trabajo de gobierno. De este modo, mal podrían, las iniciativas ciudadanas, tener algún grado de expresión.

Sin embargo, no todo está perdido. Existen sujetos en el interior del aparato que saben cómo superar con iniciativa y resolución el fatalismo asociado a la subordinación del maltrato. Esto es solo posible a partir del desarrollo de una lucha interna contra el estabilismo y el amarre de iniciativas. De ahí que estos sujetos deban demostrar una gran capacidad de navegación, puesto que deben defenderse del maltrato de la autoridad, pero al mismo tiempo hacerse imprescindibles.

Porque finalmente, es tal la dependencia psíquica del funcionariato mediano que éste termina siendo un lastre para sus propias autoridades. Es el costo que ésta paga por el autoritarismo blando que ejerce a punta de amenazas de sumarios administrativos. De ahí que los sujetos autónomos que todavía quedan en la administración, tienen un margen de maniobra cada vez mayor; tal es la envergadura de la paranoia interna, en la que se pierde un tiempo enorme en diseñar movidas internas para desarmar las micro-obstrucciones de grupos de colegas celosos. En este campo la eficiencia es penada porque puede ser la demostración de que las cosas pueden, efectivamente, ser realizadas.

Lo más grave, sin embargo, tiene lugar en el momento en que los sujetos recalifican las arbitrariedades normales de una dirección en constante peligro de ser barrida. Basta con ser diligente en la lectura de los proyectos, de los programas, y pensar que la posición de uno se debe a una demanda de calidad que viene de fuera de la oficina.

Se destinan recursos para responder a un inmediatismo desesperado por la amenaza de pérdida de la influencia y de la confianza debida. Lo cual, no hace sino fortalecer las leyes no escritas de protección tribal, de modo que un funcionario mediano desplazado de un servicio bien puede tener cabida en otro, por simple reacomodo de las alianzas de sus protectores. Ya no existe política de un servicio, sino de grupos decisorios transversales que a nivel del aparato implementan su propia política de sobrevivencia.

Solo que se trata de un tipo de sobrevivencia que, al cabo de un tiempo, se autoconsume y termina por paralizar al organismo. La corrupción no tiene que ver solo con los desvíos de dineros, sino con el montaje de un modelo de trabajo que hace de la obstrucción, una meta en el control y vigilancia de poblaciones.

 

 

 

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