La Reconversión Interminable

Edgardo Neira, artista penquista, me escribe a menudo para comentar situaciones de la escena local. Total, éramos amigos del barrio Carrera con Pelantaro. Vimos, por ejemplo, los mismos accidentes de la esquina de Pelantaro con Maipú, que era llamada “la esquina de la muerte”. Y ahora me escribe para hacerme el relato de una conversación que había tenido con una alumna mechona,(muy madura), que le decía que era de Lota y que jamás se iría de ahí; ni siquiera a Conce. Claro, Neira hace clases en la escuela de arte de la Universidad de Concepción. Entonces, a propósito de un texto que yo había escrito sobre la “reconversión” de Lota, él le fue a preguntar a su alumna aquello que uno jamás debe preguntar: por la situación de miseria y los resultados de la “reconversión”. Tema regional muy sensible.

 

 

Y de inmediato, la alumna en cuestión le aclaró que la gran mayoría de los “reconversos” se hicieron peluqueros. Así que Lota está llena de peluqueros. Hay casos en que se puede encontrar hasta cinco por manzana. El resto se dedica a la gasfitería. Pero como no les gusta salir del lugar o si salen, deben ocultar muy bien que son lotinos porque el penquista, sobre todo las “dueñas de casa”, los tiene estigmatizados. Así que la paradoja señala que tienen que buscar pega ahí mismo; o sea, en las casas de los peluqueros.

Haciéndose el gil, Edgardo Neira hace como que se recuerda que yo escribí sobre un trabajo de Balmes. Era “Lota El Silencio”. Se lo sabe de memoria. Lo lee para sacarme en cara, tiempo después, algunas aseveraciones. Típico penquista. Pero le gusta que hable de las lámparas de carburo. Aunque eso provenía de las historias de la objetualidad minera, cuando las lámparas de carburo se convirtieron en objetos de anticuario y comenzaron a adornar las casas santiaguinas. Eso fue terrible para mi, que asistí a la última marcha minera, heroica, en mayo de 1960, antes del gran terremoto. Pero lo terrible fue cuando años después, mi familia se trasladó a santiago y pude constatar que esos emblemas de la condición minera adornaban las casas de la gente progre. O sea que allí tuve mi primera experiencia del “aprés-coup”, que es corte totalmente analítico. Aunque no estaba en condiciones de incorporarlo a mi experiencia política, porque el dolor de la proximidad lo impedía. Lo cual me hace pensar que solo se hace política cuando ha sido desterrado el dolor. De lo contrario, solo hay consolación interminable. Esa era la gran diferencia de nuestra enseñanza orgánica tardía: política o consolación. Porque no hay política de la consolación, sino subordinación simbólica al modelo marial chileno.

Lo que Neira quería instalar como hipótesis, era que si las lámparas de carburo una vez que dejaron de ser usadas en la mina pasaron a ser objetos de anticuario, entonces que las tijeras y las peinetas también experimentarías esta reconversión, en un tiempo más cercano que lo estipulado. Antes de esperar mi respuesta ante semejante posibilidad, me envió un segundo correo en el que me informa que los que él ahora denomina “neo-peluqueros lotinos” pudieron ser muchos más, pero que la ergonomía se los impidió. Es decir, que los barreteros, volteadores y otras especialidades mineras, con las manos crecidas como tenazas, no pudieron hacer pasar los dedos por las arandelas de las tijeras. La hipótesis de Neira es que aquellos que tenían los dedos grandes fueron los que derivaron hacia la formación sustitutiva en gasfitería.

Pero Neira siempre me escribe para contarme historias de infancia. La gasfitería y los dedos grandes lo hacen recordar el mural de la Estación de Concepción. Allí esperaba junto a su padre, el tren, para ir a la playa. Entonces, cada vez, éste le contaba una historia distinta, como si fuera un comic. Pero siempre se detenía en el realismo de las manos monumentales del minero que empujaba un carro de carbón. En el relato de su padre, toda ficción se derrumbaba frente a esas manos monumentales. Por mi parte, mucho más tarde vine a descubrir que el gesto de ese minero coincidía con el isotipo de Editorial Labor, que aparecía en el Manual del Técnico Mecánico, que era uno de los pocos libros que tenía mi padre en el estante, junto al grabado de Nemesio Antúnez, “Almorzando en Quinchamali”.

 


 

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